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José Saramago

Historia del cerco de Lisboa

Seix Barral

Barcelona, 1990

315 pp.

En la Historia del cerco de Lisboa”, el historiador anónimo ha escrito unas líneas maniobrando la pluma con respeto hacia todos los indicios del pasado: “allí se acomodaron las contrarias partes del cabo de una disputa verbal que duró todo este día de San Pedro, y a la mañana siguiente, que es el treinta de junio, irán los representantes de los cruzados, concordes ahora, a informar el rey de que sí señor, lo auxiliarán en la conquista de Lisboa”. Así remata el episodio posterior al discurso que el rey Alfonso Henríquez dirige a las huestes cristianas para persuadirlas de bajar al Tejo y librar la guerra final contra el moro. Pero el minucioso lector de pruebas que es Raymundo Silva invierte la Lógica de la historia con un no que suena como un disparo enmedio de una fiesta: “no, señor, no lo auxiliarán”. De este modo inicia la otra Historia del cerco de Lisboa”, tan llena de voluntad por captar lo indecible que llena los olvidos y espacios y tiempos blancos de la memoria histórica con el arrojo y el atrevimiento de la imaginación literaria.

¿Para qué puede servir esa enmienda si no es para imaginar lo que hubiera pasado si en lugar de un hecho ocurriera otro? Imaginar la historia como una serie de posibilidades apenas enunciadas pero nunca cumplidas, o a la luz de sus omisiones, es una tentación demasiado cercana al espíritu ambulante de la novela. ¿Es posible excavar y encontrar las señales y los indicios más ciertos a partir de los cuales pueda reconstruirse un curso y una Lógica de la historia nunca contada?: la que sucede sin elocuencia y sin embargo también forma parte de un gran mecanismo que corre paralelo a los Grandes Hechos: despertar, enjuagarse el cuerpo, llamar a oración y saciar la sed, desear a una mujer junto al río, dormir.

Sí y no: ¿de modo que los cruzados rehusaron ganarse en una empresa tan poco retribuible como la reconquista de Lisboa? Muy bien, y entonces qué. Disolviendo la materia hisórica en la sustancia literaria, Saramago demuestra que la ficción no contradice a la historia, pero además que la ficción no se contradice a sí misma.

La Historia del cerco de Lisboa es pues el pretexto para escribir otra “historia del cerco de Lisboa”, y ambas constituyen el sustrato más profundo de una tercera Historia del cerco de Lisboa, ésta que leemos a grandes intérvalos de perplejidad, incluso de oscuridad: poco o casi nada sabemos de la primera, mucho más de la segunda.

Tenemos entonces a un antepasado que consigna la vida cuando ha dejado de ser vida, es decir, cuando ha quedado a mercer de lo real y ser vuelve glosa.

En boca de Raymundo Silva esa es la historia: algo que no admite correcciones ni enmiendas. Luego tenemos ese gran acto demiúrgico que es la rebelión contra los libros de los que no conocemos sus tanteos y vacilaciones. El historiador se asienta sobre un fondo de roca, el novelista camina por calles resbalosas. El clima es seco para la época de la historia; en la época de la novela siempre llueve. Donde alguna vez estaba una de las torres que defendían a una de las cinco puertas que guardaban Lisboa, en un punto del trazo de la vieja muralla, entre lo que era la ciudad mora y la aldea cristiana con seguridad vive Raymundo Silva y desde ahí mira caer la lluvia y entre la lluvia concibe su falso testimonio.

El procedimiento de Saramago es ese que algunos teóricos han llamado la puerta en abismo, un sistema de cajas chinas en el que una gran figura narrativa contiene a otra menor que a su vez puede contener a tangas figuras como sea posible. Con una escritura reminiscente, hiperbólica, que sabe respirar, Saramago emprende un viaje que lleva a todas partes aunque en el fondo ocurra en un solo lugar, el mismo desde donde Raymundo Silva pregunta: ¿es posible la reescritura? Más que vasto y monumental, ese lugar es tan pequeño como una mesa o un escritorio.

El viaje como tentativa de recuperar el pasado y explorar los paisajes desconocidos de la historia es uno de los grandes temas de Saramago. Raymundo Silva está clavado a su silla y desde ahí escribe sobre las cosas y personas a quienes el historiador omitiría por selección o capricho. El novelista quiere saber en qué medida la historia dependió de imperceptibles e ínfimos sucesos.

Qusiera ver el gesto del rey Alfonso cuando dirigió su discurso a los cruzados, si las naves zarparon al amanecer o al atardecer, el color de los estandártes, si los soldados tenían hambre o visitaban a menudo las tiendas de prostitutas, si había perros entre los moros, cuál fue el destino de los muertos y el de los héroes anónimos, todos los detalles. La precisión estilística y casi de filigrana es otro de los grandes atributos de Saramago. Pero la tarea de recuperación carecería de sentido si le faltara la mirada que se vuelve hacia el pasado como única forma de entender el presente.

Este propósito queda confirmado por la semejanza entre Raymundo Silva y uno de los personajes de la otra “Historia del cerco de Lisboa”. El cerco militar tiene mucho del asedio amoroso. Raymundo Silva y María Sara tienen su correspondencia en Mogueime y Ouroana, el sargento cristiano y la concubina del caballero Enrique. Saramago- o Raymundo Silva- escribe: “Claro que estamos en guerra, y es guerra de sitio, cada uno de nosotros cerca al otro y es cercado por él, queremos echar abajo los muros del otro y continuar con los nuestros, el amor será que no haya más barreras, el amor es el fin del cerco”. Y ese final ocurre cuando las mentiras de la historia se emparejan con las verdades de la ficción. Entonces todo converge en la sombra, y el tiempo fluye otra vez.