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Un cuate dijo la víspera:

– Yo voy a oír a Los Lobos. A Dylan lo oiré como quien va a una clase de civismo.

Para muchos, un poco esa era la idea. Llegarles a Los Lobos en la plenitud de su carrera (música viva pues), y del trovador sesentero rescatar lo que de él quedara; quién le manda venir 20 años después, cuando ya nadie lo espera. Siquiera hubiera traído a los Travelling Wilburys.

Así andaban los pronósticos. Las cosas no ocurrieron exactamente así. Sin muchos anuncios ni bombo, pero puntuales, Los Lobos angelinos echaron a rodar su rockabilly veloz… and a time to dance, cuando apenas nos habíamos sentado a varios kilómetros de distancia y lo único deveras discernible eran los tapacrudas mosca de César Rosas, si acaso su lira inversa, y la molicie cantadora de David Hidalgo -su voz sedosa a pesar del mal sonido, un Palacio de los Deportes devenido rockódromo este año de Libre Comercio e integración norteamericana- . Louie Pérez le tupía a la batería con prisa y pericia dignas de causas peores; todo parecía indicar que Conrad Lozano se sentía a gusto barajando el bajo, pero no bastaba Let’s say good night para estar seguro. Los Lobos espulgaron de su repertorio lo que se les pegó la gana a paso aguerrido, veloz. Steve Berlin les hacía teclados y saxes con ese estilo pastoso que hurtó de The Blasters para embarcarse en la aventura lobuna y dejar con un palmo de narices a los esforzados Alvin Brothers; este gringo apostó bien sus fichas: hoy nadie duda que Los Lobos sean una banda central en el descompuesto y tecnificado mundo del pop. 

Tres guitarras, como Dios manda, haciendo lo que ya nadie: música a secas, con esa mezcla de norteño, cajún y rhythm and blues que trae el sello de la casa. Calentando la de suyo cálida noche, Los Lobos avanzaron hacia una Anselma espesa, semi-punk, y el acordeón de Hidalgo ganó esa loquera tipo Pogues que delata reventón. Entonces César Rosas agarró su Don’t worry baby por la cola del requinto zurdo, el puro placer de hacerse oír. A teatro semilleno, música repleta. Sacó Hidalgo su fiddle huasteco y Los Lobos se pudieron reventar el son Las amarillas: «volaron las amarillas/ calandrias de los nopales/ya no cantarán alegres/ los pájaros/cadernales.

Pero qué contentos estábamos con este cartel de primera digno de mejores ciudades. Agarra Rosas y anuncia, muy convencional, que tocará algo de su nuevo Ci-Dí, El-Pí, Caset, The Néighborhood. Qué amables: Jenny’s got a pony, so Jenny can ride y el Down on the Riverbed que tanta finura permiten corroborar.

El flujo migratorio propio de estas tocadas caras nos jaló casi sin querer hacia abajo por encima de alambradas arrasadas, con mejoría notable en el sonido y menor distancia entre el escenario y los ojos. Otra vez el fiddle, de Hidalgo para Emily -take me cross the water home, en esta onda casera, familiar, tercermundista, que se traen Los Lobos, y a ver que se arrimen los chamacos al banquete cargado de rocanrol. Los chicos de la seguridad agitaron tubos y walkie-talkies para contener a los cientos de braceros que pasaban a ocupar lugares cuyo boleto no correspondía, pero ni quien los pelara. I walk alone, I can’t walk with you.

Previsiblemente, terminaron con La Bamba llevada a un espesor irracional, para que bailaran las güeritas de primera fila. La danza angelical de Los Lobos dio de sí, quién quiere más. Tocada suficiente; aunque el cacofónico rockódromo de la Magdalena Mixhuca no hiciera justicia a las deleitosas cuerdas lobunas, permitió Will the Wolf Survive y un cóver sensacional de Y volver, volver, volver, a tus brazos otra vez para que usted no chille. ¿Cómo iba eso de «queremos rock»? Como si algo pudiera quedar intacto después del Georgia Slop. Música maciza: ora sí que ya ni la burla perdonan.

Lo siguiente fue un intermedio para salir a mear. Difícil, porque las presiones sociales arreciaban; por fuera y por dentro había un fuerte y típico olor a portazo. Dos pobres briagos salieron a patadas rumbo al apañe o la calle. Debo reconocer que no estaba entre mis intenciones ganar las primeras filas, pero el flujo migratorio siguió un cauce natural después del flujo mingitorio, de manera que pese a los afanes del grupo organizador, en pocos minutos yo y mis cuates estábamos hasta abajo, como no queriendo vandalear pero igual. Ya mejor ubicados, casi al pie del escenario, al abuelito Dylan le dimos permiso de comenzar.

Fuera luces. El flujo arreció. Yo iba tranquilo, con expectativas limitadas como ahora se estila, pero entonces descubrí que veintitantos años de seguir al Dylan mal que bien genera una fuerza. Vino a mi mente esa expresión tan desprestigiada (con justa razón): vibra. La pelotera trituró sillas y barandales; en medio de la confusión una mano rompió una larga temporada de ericez, puso en mis propios labios un toquecito y me animó, «ándale», a jalarle. Ni lo busqué, ni la uña era mía, pero cómo de que no. La vibra, mi buen. Entonces apareció don Bob vestido de merolico o bufón, saco rojo a cuadros y corbata de moño, como si The Basement Tapes se hubiera detenido en el tiempo, y su voz pastosa arremetió una antigualla:

You say you love me

And you’re thinking of me

But you know you could be wrong.

A partir de ahí Dylan, Pedro por su casa, nos regaló 30 años de canción, en compañía de un eficientísimo cuarteto natural que sonaba a Under the Red Sky (su último disco), pero si lo deseaba el señor, retachaban a los 60 o los 70 sin demasiado aspaviento. La gente, excitada como suele ponerse en circunstancias así, bailaba; algunos intentaron, fallidamente, seguir las letras clásicas; con Dylan no se puede. A su voz encerrada, minnesotta, se agrega su incontrolable tendencia a no regresar. nunca ha tocado dos veces igual una misma canción; ni sus músicos saben cómo será la siguiente. Y luego, para reconocer las letras. En eso tiene razón Paul Bowles, quien en reciente entrevista despotricó del rock, y en particular del famoso Bob Dylan: «no le entiendo nada, para mi canta en chino». Para todos canta en chino, pero los nacidos después de 1940 conocen ese chino, o se lo imaginan. Su voz, su dicción, son la no-voz, la interdicción del rocanrol. ¿Quién no lo ha cantado o tarareado o citado como si fuera poesía de verdad? Aunque sea poesía de mentiras, le pertenece como el máximo trovador de la nueva Edad Media posindustrial que con él nos ha tocado vivir.

Dijo la chavita:

– Nunca había visto tanto treintón prendido. Sólo en cierto modo tenla razón. También había cuarentones, cincuentones, veinteañeros y hasta adolescentes, que a los pies de Dylan nos resolvíamos en una única, continua generación, que en el artista arriba encaramado va de Wiggle Wiggle a Blowin in the Wind o viceversa.

Siempre ha sido un tipo impredecible, caprichoso, capaz de quedarle mal a su público o pasar por mamón. Hay tocadas que ni mira a la concurrencia. Pero esa noche, su última en México, salió de buen talante y nos ofreció su canción más personal, El sueño de Bob Dylan, compuesta por un adolescente triste como un viejo (así son los adolescentes románticos): el Dylan que fue en 1961 nos regresó intacto: How many a year has passed and gonel And many a gamble has been lost and won/ And many a road taken by many a friend/ And each one I’ve never seen again.

Uno tiene su corazón, remendado si se quiere pero batiente. Y me dije: nomás falta que ahora cante Love minus Zero/ No Limit. La vibra estaba presente: inmediatamente después se despeñó justo hacia allá: My love she speaks like silence/ Without ideals or violence. Como siempre que puede, Dylan escapó del cielo eléctrico al dúo acústico y combatió el olvido babeando en su armónica protésica como al principio de sus tiempos, Mister Tambourine Man. Tan cerca estábamos del chaparrín merolico, que pudimos ver a chorros la baba de Bob, su sonrisa de mago a quien le salen todos los trucos y suertes a lo largo de una noche afortunada.

Asumo la cursilería de mi generación. Al dotarnos de All Along the Watchtower y Like a Rolling Stone, Bob Dylan nos salvó de morir sin presenciarlo. Nunca antes sentí en una clase de civismo tanta inspiración en boca del profesor. Las canas y las arrugas y la saliva y la palidez de este hombre que cambia de músicos como de ideología y religión, nada pueden contra sus ganas de durar. Allí el secreto: a fuerza de no repetirse ha sido siempre el mismo, y uno lo agradece con y sin rubor. Tres días antes, su presidente (nuestro, todavía no) había dado por concluida una guerra más, y todavía nos viene este tarugo con que la respuesta está en el viento. El rockódromo de la Magdalena se pobló de cerillos y encendedores encendidos, yes ‘n’ how many deaths will it take till he knows that too many people have died?

El zapatero Zimmerman, inventor de la «canción de protesta», la vibra y otras antiguallas, nos atornilló casi dos horas de rola continua. Se entusiasmó, aventó su sombrerito y demostró que algunas personas, como el vino, cada año que pasa se poner mejor. Lo demás es viento idiota. La maravilla es que todavía sepamos respirar.