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Peter Green

Alexander to Actium: The Hellenistic Age

Thames and Hundron

London, 1991

Como todo estudiante sabe, Alejandro Magno murió joven e inesperadamente. No tenía herederos y cuando se le preguntó quién debería hacerse cargo de su imperio contestó jadeando: «Sto kratisto», que significa «íEl más fuerte!» Y añadió, con cierta amargura quizá, que sus amigos celebraran largos juegos funerarios en su memoria. Los historiadores olvidan a veces que ellos también fueron estudiantes y dudan de las palabras de un moribundo. Pero «Sto kratisto» tiene el repique de la epopeya, surge directamente de la atolondrada y absoluta independencia del carácter de Alejandro. Es una forma heroica y apropiada de expresarse, el equivalente verbal de cortar el Nudo Gordiano. Pero viene después, en la segunda frase, la reflexión que fue perfectamente captada Los «Juegos Funerarios» duraron cerca de trescientos años.

Es el periodo que llamamos helénico. El profesor Peter Green ya había escrito sobre Alejandro en una obra anterior, y trata ahora, en un solo volumen, de aquellos largos años con toda la amplitud posible. Lo intenta y puede decirse que lo consigue al ofrecernos una especie de visión general de una escena que llega a ampliarse de tal manera que será imposible para el lector común mantenerla en foco, aunque, por supuesto, los eruditos, con la masa de información que poseen, tendrán más éxito. Se atreve a utilizar un método del que los historiadores desconfían, el método narrativo. Pero ni él mismo tiene demasiada confianza en la «polifonía», como la llama, al escribir al mismo tiempo sobre un grupo numeroso de reinos e imperios. Por lo tanto nos presenta lo que me atrevo a llamar un magnífico «software». Incluye 44 páginas de cronología en cuatro columnas paralelas que apoyan su intento de «polifonía». Añade 8 páginas de genealogías, 167 de notas, 20 de bibliografía y 40 de índice. El lector, por común que sea, no tendrá motivo alguno de queja.

Ciertamente sucedieron muchísimas cosas durante esos tres siglos, la mayor parte cosas desagradables. Lo único que mantuvo unido al imperio fue la propia personalidad. fuera de serie, de Alejandro; con su muerte la geografía (que en cierta forma había conquistado) se asentó nuevamente y los varios reinos empezaron a derivar hacia rumbos diferentes. Pocos vínculos quedaron entre ellos excepto cierto uso del griego «koine» entre las clases profesionales y administrativas.

Sin embargo, vale la pena recordar que el periodo helénico abarcó más de diez generaciones. Hubo pausas locales en el mundo de confusión, ejércitos enemigos, súbditos rebeldes. Y hasta el Fellahin del valle del Nilo se dio maña para molestar en una o dos ocasiones a los tolomeos de Macedonia que lo gobernaban con indiferencia. Por supuesto, hacia finales del periodo la gente debe haber pensado de Alejandro Magno lo que ahora pensamos nosotros: un hombre convertido en un dios que desapareció en la historia de la antigüedad.

De las páginas de esta obra, surgen no sólo la narración directa, sino otras secciones que podríamos llamar «capítulos par temas», en los que el autor se muestra más reflexivo y pueden captarse en ellos la sustancia e incluso el bosquejo de su trabajo anterior. Como era de esperarse, es magistral cuando habla en general sobre magia y supersticiones. Se siente a sus anchas en la escena literaria y es muy entretenido cuando se ocupa de la tremenda riña entre Calímaco y su expupilo Apolonio de Rodas. Nos guía con autoridad por la escena pastoral aunque se olvida un tanto de la Arcadia tal vez influido aún por aquellos remotos días en que todos la buscábamos para descubrir que debió tratarse de otro lugar con el mismo nombre. Sus estándares de juicio son altos, no menos, de hecho, que las obras maestras del periodo clásico aunque sí parece aceptar que una segunda clase tiene algún derecho a existir.

En el larguísimo desorden político y militar de esos trescientos años se detecta una disminución gradual, una pérdida no tanto de la inocencia, como del estímulo y la emoción sencilla, infantil. La era clásica tuvo más oscuridad que dudas, más fe que cinismo, más movimiento que propósito. Sobre todo el «oikoumene», el mundo griego que, a diferencia del mundo bárbaro, había compartido un sentido de singularidad: dioses, tierra, cielo, hombre, hasta su enemigo. Durante los siglos helénicos esta singularidad desapareció.

Y lo que surge, paso a paso, íson los romanos! A medida que de las columnas cronológicas del profesor Green desaparece la información sobre el imperio desmembrado de Alejandro, aparecen, cada vez con mayor frecuencia, las obras y los hechos de los romanos llenando la columna que había quedado en blanco. La pregunta que no se hace en este volumen, pero que espero se haga, no se refiere en absoluto a los griegos. La pregunta es «¿por qué los romanos?». Y frente a ella fueron inferiores en casi todo a los reinos pequeños y entremezclados de Occidente.

Fueron y siguieron siendo pedestres sin remedio. Cierto que la geografía tuvo algo que ver en el proceso histórico. El imperio de Alejandro era terrestre de corazón, era el imperio de la parasanga, de la jornada diaria. El mar estaba más lejos. Pero Roma tenía al mar a la puerta de su casa, aunque lo temía y odiaba su inmensidad. Y mientras las costumbres griegas desaparecían en todos esos rincones dispersos, bastó un par de guerreros para que los cartagineses le enseñaran a Roma que el mar no era una barrera sino un camino. A su manera pedestre y taimada los romanos aceptaron la lección y emprendieron aquel camino sólo hasta que se convirtieron en los amos del mundo conocido que lo rodeaba.

Sin embargo, la pregunta sigue en pie. «¿Por qué los romanos?». Cuando el profesor Green nos devela la realidad de la vida diaria helénica en toda su bajeza, su inmundicia y su preocupación por el día de hoy, lo «banáusico» diría él, no puedo dejar de pensar que está echando una larga mirada oblicua sobre los romanos que, sea lo que fuere, sólo tuvieron superstición en lugar de la religión y leyes en lugar de filosofía. ¿Contestará la pregunta en su próximo libro? El que ahora comento es extenso y exigirá una pausa. Se supone que fue Calímaco el autor del más arbitrario apotegma en literatura: «Mega biblion, mega kakon», «Un libro grande es cosa mala». Hasta el lector más general se daría cuenta de que el profesor Green echó por tierra la mentira de Calímaco demostrando que un mega biblion puede ser un magnum opus. A veces el latín parece entera y misteriosamente apropiado.

Tomado del Guardian Weekly,

febrero 3, 1991.

Traducción de Mercedes Quijano