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José  Joaquín Blanco

Un chavo bien helado

Editorial ERA

México, 1990

No es casual que para los años ochenta se utilice un símbolo que crea la sensación de oscuridad, encierro e incertidumbre: el túnel. En la crisis, los ojos se desorbitan en la noche, se tantea en el espacio no delimitado de una cueva subterránea, nada se ve si no es con la memoria de los signos, sólo se escucha el silencio del griterío y los cuerpos desaparecen de nuestra vista como precipitándose. La actividad por excelencia dentro del túnel es la del rozar para sondear, tratar de preveer los límites con una mano extendida que es, por sí misma, la única experiencia del abismo. En las penumbras del túnel se incrementan nuestros invisibles, nuestros fantasmas y nuestras ensoñaciones. Aun participando de la noche, somos víctimas de lo no visto, de sus engaños sólo conjurables con el ejercicio de la memoria luminosa de lo previo. Pero el túnel también es conducto y pasadizo, como la crisis misma. El momento de las crónicas periodísticas de José Joaquín Blanco (ese tanteo coyuntural que quiere ir más allá de su mano extendida) se piensa como único, la crisis cultural sin precedentes que transforma el pasado de los setentas en vitalismo gozoso por el riesgo y al futuro en un oscurecimiento sin fin.

Nombrar a los ochentas como crisis es nuevamente un endiosamiento de nuestro lugar en el tiempo: nos quisiéramos proyectar más allá de las catástrofes. La crisis es la normalidad de lo excepcional, perpetuación de lo transitorio, catastrofismo sin providencialismo. El contorno de la crisis, a diferencia de lo ilimitado del túnel, es la inevitabilidad que, sin responsable alguno, posterga los sueños y devasta selectivamente. La crisis, como forma de pensar el propio momento, es la Transición que precede a los Ultimos Días, es el reinado de la Bestia, incertidumbre que a los hombres nace vivir acontecimientos presentados como decisivos para los hombres futuros. El presente de la crisis es vivir como si la muerte estuviera con nosotros a cada instante. Al nombrar al túnel como crisis el autor encuentra los fantasmas de la Transición: terror frente a la decadencia, anhelo de renovación, escepticismo en lo excepcional. Sin dejar de ser todo ello una ficción, el túnel nos circunda y fascina.

Plantear a los ochentas como la era en la que los setentas se perdieron en el tedio es inventar una decadencia para invocar la renovación. Como la Revolución Mexicana, el 68 fue reducido por sus actores a la ceremonia, fijados en el formol de las liturgias cívicas. Quizás ingenuamente, los setentas se nos presentan, para quienes no los vivimos, delirantes en la búsqueda fracasada por encontrar en los pliegues de la contracultura al buen salvaje de la modernidad Lo que sucedió no es que hayan ganado Adam Smith, Calvino o John Locke sino sólo Narciso. El individualismo, caro a la contracultura, ganó como valor en una espera por la novedad que acabó por aburrirnos a todos.

Lo que no sucedió y nos fue prometido o al menos enunciado por los setentas, tuvo finalmente más efecto en nuestras expectativas que lo que sucedió. En el rechazo al presente, los setentas pretendieron inventar los nuevos tiempos. En la crítica a la nación como ranchote mojigato, se trató de reencontrar la modernidad del vanguardismo y la contracultura: le exigieron demasiado a su tiempo de dioses. Si los setentas trataron de extirpar el mal sin lograrlo (el carácter aldeano de las costumbres, los gustos, las creencias), los ochentas sólo trivializaron su drama, pero en ello no hay decadencia y tampoco esperanza.

En los abismos del túnel, Jose Joaquín Blanco encuentra a José José (la repetición es erótica y mitológica por excelencia) en cuya voz se concreta el cambio de códigos amorosos en México. Se desvanece la bohemia cicatriz de Agustín Lara sensibilizado por una aventurera y aparece la fascinación por el goce del «que fue de todo y sin medida» y que toma las relaciones fugaces con un dolor moderno que redime. De José José a Juan Gabriel se abre paso no sólo la cama y el sexo directo en las letras, sino las imágenes andróginas (Lolita de la Colina y el propio Juan Gabriel), los sexismos vociferantes de la D’Alessio y Paquita la del Barrio, las solas felices, y el narcisismo «hispanizado» de Luis Miguel y Emmanuel, figuras que bien podrían ser las de un junior precoz que combina la administración de empresas con la veneración al sexo y que parece decirnos: «lo bueno de la lucha de clases es que la vamos ganando». Pero sin duda, como modelo de lo que los setentas representaron en los ochentas, la historia no fue lineal: el avance de las letras «liberadas» no desplazó al sentimentalismo a la Lara (cacofonía musical). Juan Gabriel, el actual ídolo de las rockolas y del cinismo intelectualizado frente a los «media», continúa con el «boy-meets-girl-boy-looses-girl», lo cursi de lo sencillo, la sensibilidad de lo que de provinciana ha recobrado la ciudad de México después del terremoto. En los ochentas conviven esos dos tipos de códigos amorosos como posfeminismo: el cortejo en ruinas, el miedo al ridículo, cierto gusto por lo cursi, «se me olvidó otra vez que sólo yo te quise». Entre los fantasmas del túnel ahí están las omisiones de los setentas. El actual desapego amoroso no es más que la respuesta al fracaso de los «deber ser» inventados por la «liberación sexual» de la clase media urbana. Se planean las características de las relaciones amorosas, se acuerda, se pacta sobre la infidelidad, el sexo, los celos, los tiempos compartidos, y se prefiere, a fin de cuentas, el encuentro accidental, el que no haga daño al Narciso triunfante, el que no comprometa su seguridad solitaria. El SIDA es como la crisis: pretexto para denunciar que el relajamiento no fue transgresión ni mucho menos nos liberó del discurso de la sexualidad. Por eso no es necesariamente real que en los ochentas la contradicción sesentayochera entre amor y guerra se haya resuelto a favor de la última. El amor adoptó nuevamente los signos bélicos: el encuentro misilístico a larga distancia, el teclado de la computadora que puede lanzar cohetes y conectarte a una red de amantes, la pornografía de la Tormenta del Desierto, tan desapegada como cualquier foto de «Chicas y Chistes». La novedad de los setentas, cualquiera que haya sido su alcance real, se trivializó en la cama casual, no pudo salirse del mercado, mucho menos humanizarlo. En los ochentas el buen salvaje del amor libre se acabó, es cierto, pero, ¿deberíamos sentir desilusión por ello o cantar con Daniela Romo: «hoy me siento sola, entre tanta gente me podría ahogar»?

Las ensoñaciones forman parte también del túnel de José Joaquín Blanco: la paradoja de que México, para salir de la crisis, debe dejar de serlo, por lo menos en lo económico. Si en la percepción sesentayochera, la desigualdad era el gran monstruo, en los ochentas no sólo se le tolera sino que se le ve con simpatía democrática. Los desequilibrios que provocaba el tener una economía sin integrarse a nivel nacional, hoy son factores ventajosos a la hora de pensar en la incorporación de México a la aldea global a base de segmentos secundario-exportadores. El país se debate entre las fuerzas que pugnan por el restablecimiento del pacto corporativo (recuperar lo perdido con los mismos procedimientos) y los que ven en el empequeñecimiento del Estado la vía para modernizarlo. La lucha por la igualdad en décadas pasadas se convirtió en lucha por la libertad: los iguales se agrupaban para demandar conquistas para hoy, tan cotidianas como un puente peatonal, y tolerancia a costumbres morales y estilos distintos. El individuo es nombrado ciudadano y Narciso encuentra en la permanente efervescencia su espacio de manifestación. No es sólo la lucha libre la que nos da el efecto de esta trivialización del acto de participar, también lo son las elecciones partidas en dos (no sólo es Cárdenas sino Ortega, Lula y otros, los que pasan a formar parte de los «candidatos ya merito») y el relajo de tener un presente sin futuro y saber que «aquí todos somos bien buena onda». En el futuro sólo existe una «salida»: ser satélite de una potencia en declive (que no en derrumbe) y la democracia como sistema de reglas sin contenido único; las dos formas de la globalización. Es por ello que el centro del debate en la política de los ochentas fue de carácter moral y no de proyectos realmente divergentes, como cuando existían los comunistas y los cristeros. En lo cultural, la trivialización es la forma de globalizar. En el túnel, el perro frente al fonógrafo de la RCA no está pelando porque tiene un walk-man que se lo impide. La voz del amo es motivo de bostezos, el milagro regresa convertido en Melate, al mexicano feo lo embellecen Hugo Sánchez, las exposiciones en Nueva York y Neri Vela, nada realmente importa: esos serán los noventas. Después de todo, el tedio de un chavo bien helado es preferible a la angustia del fin de la guerrilla urbana. Esto es sólo un túnel, no una crisis. No hay salidas, pero en un túnel tampoco puede retrocederse. Que la mano extendida que inventa lo no visto sea nuestra diversión en los próximos años. Así sea.