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Alfredo López Austin:

Los mitos del tlacuache.

Caminos de la mitología

mesoamericana.

Alianza Editorial Mexicana

México, 1990.

En la mayor parte de los estudios sobre la antigua mitología mesoamericana tenemos siempre la impresión de hallarnos ante una «lengua muerta», o ante un conjunto de simbologías que forman parte de un pasado necesariamente sepultado por la conquista. En otros, el «imperialismo mexihca» domina totalmente la escena; y se llega al absurdo de interpretar, por ejemplo, la religión de la cultura de la Venta (primer milenio antes de Cristo en el sur de Veracruz) solamente en función de lo que sabemos acerca de la religión de los aztecas en el siglo XVI. Con un cierto criterio purista, muchos estudiosos han descartado las pistas que pudiera haber en la tradición oral de los grupos indios contemporáneos. Pero lo que principalmente ha predominado en los últimos años es una gran abundancia de estudios sobre casos particulares: motivos, mitos, atavíos y atributos de los dioses; casi siempre en referencia a las fuentes del siglo XVI o a los estudios clásicos de algunos europeos en el siglo pasado. Es en este contexto que llama la atención el último libro de Alfredo López Austin, un ensayo sorprendente por varias razones.

Primeramente, López Austin reconstruye y resume -usando una cantidad impresionante de información- las temáticas principales de la mitología mesoamericana. Para ello, el punto de referencia lo constituyen las aventuras del tlacuache, ese animalito sagaz, terror de los gallineros, que conjuga una serie de virtudes que lo han hecho personaje privilegiado de leyendas y consejas a lo largo de todo el continente. Por el autor nos enteramos que el opossum, tacuacín, zarigüeya, filandro, zorro mochilero, o como le queramos llamar, es un didélfido marsupial del cual sólo en México existen cinco géneros de una docena extendida en todo el continente, subdivididos en muchas especies. Su capacidad de resistencia, debida entre otras cosas a que el marsupial «se hace el tlacuache» fingiéndose muerto, le ha dado rasgos de inmortalidad que de alguna manera refuerza por ser especialmente inmune a la acción humana y una de las pocas especies de mamíferos que todavía no se hallan en peligro de extinción. Son especialmente prolíficos y atrevidos, y sobreviven junto al hombre en condiciones ventajosas. Atacan gallineros, trojes y sementeras, y con sus hábiles manos perforan los huevos de aves de corral y roban el aguamiel de los magueyales. Aparte de la bolsa abdominal, o marsupio, que usan para proteger a sus crías, las tlacuachas poseen dos úteros y dos vaginas y los machos hacen uso, por lo mismo, de un pene bifurcado y de una rara colocación de los testículos. Con una apariencia de rata gigantesca, por su rabo pelado, el tlacuache es un viejísimo habitante de las simbologías mesoamericanas.

El mito más conocido y extendido de sus proezas, con una diversidad de variantes en México y Centroamérica, es el que se refiere a sus andanzas cómo un Prometeo americano. El relato nos remite a un tiempo en que la humanidad carecía de fuego, que era monopolizado por seres celestes o por habitantes del inframundo. Estos poseían el fuego, la fiesta, el mezcal y el tabaco, que consumían en frecuentes libaciones. El tlacuache, comisionado o por su propia cuenta, llega con artimañas y atrevimiento hasta la propia fogata de los dioses o demonios, y roba el calor y la luz dentro de una brasa encendida. En algunas versiones lo lleva en su cola ardiendo (motivo que explica el origen de tener la cola pelada) y en otras lo esconde en su bolsa marsupial. Como viejo benefactor, sopla los últimos rescoldos de la brasa, resucita al fuego y reparte el tesoro entre los hombres. Como héroe civilizador, se le asocia al advenimiento de la luz solar. Esta hazaña le vale, en algunas versiones prehispánicas y en otras modernas, el ser perseguido y descuartizado. Pero el tlacuache termina recomponiéndose, uniendo sus partes y resucitando. Según una versión de los triques de Oaxaca, el tlacuache bailó montado en la espalda de su nuera el día de la boda de su hijo; por eso los testículos se le movieron de lugar y los conserva en una extraña posición respecto al pene. En muchos cuentos se enfrenta al jaguar, como la famosa pareja de Tío Conejo y Tío Coyote, y lo vence pues la astucia vence a la crueldad. Para colmo, el mito del robo del fuego ha confluido con la tradición cristiana y en algunas versiones el tlacuache lo hurta para calentar a José, a la Virgen y al Niño, que padecen frío.

Astuto pero humilde, el tlacuache había sido virtualmente olvidado por los estudiosos. Grandes dioses, deidades consagradas, referencias obligadas y fuentes autorizadas nos remitían siempre al esplendor de las religiones prehispánicas. Pero un «esplendor» que muchos imaginábamos acartonado por las visiones museográficas y los grandes espectáculos de luz y sonido. Pero de pronto López Austin, con la tenacidad y astucia de su personaje, nos descorre un velo inesperado: todo el esplendor de las grandes religiones se basa en la rusticidad multifacética de los grupos humanos que hacen posible su reproducción y supervivencia. Toda la fastuosidad de las grandes festividades no se explica sin el lento transcurrir de la vida cotidiana y del culto heredado por las pequeñas comunidades y el transcurrir de la vida campesina. Entre muchas otras cosas, el autor nos demuestra, por ejemplo, que uno de los principales dioses -Quetzalcóatl- se halla asociado a la pequeña zarigüeya; y al darle vida de nuevo al personaje, López Austin logra una gran síntesis.

Este libro erudito, «pequeño ensayo» como lo llama su autor, condensa en sus poco más de 500 páginas todo lo que es necesario saber sobre la mitología prehispánica y actual de Mesoamérica. El libro está además muy hábilmente estructurado, pues, como en los mejores cuentos orientales, nos lleva de la mano por variadas historias entrelazadas; por un laberinto de aposentos intercomunicados entre sí, por veintiocho capítulos en donde se alterna un relato emocionante -una trama policiaca tras las pistas que va dejando el marsupial- , con una serie de reflexiones científicas que marcan un nuevo hito en la investigación mesoamericanista. El libro es el producto lúdico de una larga y seria experiencia y nos demuestra que la ciencia no está para nada reñida con la amenidad. Gran conocedor del náhuatl del siglo XVI, nahuatlato insigne, López Austin no se conforma con las trilladas referencias a los textos aztecas (de los que es uno de los más brillantes traductores) y siempre está correlacionando sus pistas con los datos que proporcionan otras culturas y regiones: Los mitos del tlacuache es también un recorrido apasionado por los mitos de los pueblos indios de México, Guatemala, El Salvador y Honduras. Pero el cuerpo de la mitología no tiene la resistencia del tlacuache. López Austin lo sabe y por ello no recurre al bisturí estructuralista o al frío «análisis científico»; imita más bien la otra virtud atribuida al tacuacín: la de revivir a los animales después de haber sido desmembrados. Porque estamos ante una de las poquísimas reconstrucciones en donde la mitología antigua, entrelazada con el torrente de la actual, adquiere vida y movimiento, ollin ihuan yoliztli.

Creo que hay otros aportes importantes para el futuro desarrollo del conocimiento de Mesoamérica, con esa visión de la totalidad de las ciencias sociales que impregna a este trabajo. Una es la concepción dialéctica del complejo cultural mesoamericano. como un continuo de carácter histórico. «La religión y el mito» -nos recuerda el autor- «son parte del lenguaje común de la Babel mesoamericana». Y aunque no lo menciona, la investigación lingüística de una región en donde convivieron dos centenares de lenguas, de cinco troncos diferentes, ha llegado casi a las mismas conclusiones: hay un ethos semejante y una gran cantidad de «calcos» y estructuras profundas comunes, a pesar de la diversidad de los lenguajes naturales en su «superficie»: no por nada en el momento de la conquista Mesoamérica tenía ya más de tres mil años de rutinas compartidas y de tendencias civilizatorias afines. Esto se refleja por supuesto en los muchos rasgos similares de las mitologías que todavía perviven, desde las sierras de Chihuahua y Nayarit hasta las selvas del sureste, pues para López Austin la tradición religiosa mesoamericana es un producto histórico, que se comporta más como un sujeto vivo que como un objeto muerto. El cristianismo confluirá en el siglo XVI no sólo destruyendo este complejo cultural, sino también enriqueciéndolo y sincretizándose con él en las múltiples facetas de la religiosidad popular: ese Quetzalcóatl -Guadalupe que ha movido montañas y reaparecido tenaz por todos los poros de la sociedad mexicana. Y aquí hay también un parecido entre la mitología, la resistencia india, las simbologías populares y las proezas del rabipelado.

El texto recurre también a otras tradiciones religiosas, las de la India, Mesopotamia y Grecia. El mito como proceso de continuidad, es analizado con las referencias de la tradición budista (los diálogos entre el sabio Nagasena y el rey griego Menandro), el mito como un río cambiante cuyas aguas siguen un sólo cauce pero nunca son las mismas. El movimiento aparece a todo lo largo del texto y la visión mesoamericana del universo se resume en un dibujo de la circunferencia del mundo, sus cinco árboles, sus niveles superiores e inferiores y su movimiento giratorio, que López Austin descubre en el glifo azteca de ilhuitl (fiesta) y que nos muestra un sin fin de figuras helicoidales y representaciones cerámicas del tlacuache ancestral. Una de las partes más bellas del libro se refiere al otro tiempo y al otro espacio, que conviven y se rozan con los nuestros: los ritos de paso, los diferentes niveles del universo, los sueños chamánicos, las aventuras de los cazadores perdidos, la irrupción de otros «soles» o edades en el nuestro; el «universo paralelo» de la física cuántica sintetizado en los relatos esotéricos. El dramático fin y la resurrección de los dioses se recompone como el desmembrado cuerpo del tlacuache, el de Itzamná o el de Coyolxauhqui.

Los dioses son innumerables; ocupan sus lugares en el cielo y en el inframundo; se debaten dentro de los troncos de los árboles cósmicos […], salen a expandirse con el tiempo para insuflar lo existente, y quedan concentrados, escondidos, guardianes, en los «lugares difíciles», en los «encantos» […], están dormidos en su ser de piedra por los siglos en que el Sol reinante ordene su inmovilidad. De noche quieren convertirse en jaguares; pero la policía del sol, las estrellas, los flechan para reducirlos nuevamente a su quietud, para que esperen. Están en todas partes: en los manantiales, en los cursos de agua, en los de viento. Son nubes, dueños de cántaros que se vierten y del fuego de los relámpagos. Empujan por dentro, hacia el cielo, los jugos de la caña del maíz. Han sido patrones de reinos y de ciudades, y lo son de los pueblos, de las comunidades y de las familias […], sus chispas se guardan en las plantas, en los animales, hasta en los jarros y metates que el hombre ha fabricado. El hombre también tiene fuegos divinos.

El tlacuache también simboliza la sabiduría y la existencia. Dicen los mazatecos de la alta cuenca del Papaloapan que en un tiempo anterior los animales discutieron sobre la forma que debía tener el río. Muchos opinaban que tendría que ir por un cauce recto que permitiera la pesca; indecisos, buscaron al viejo sabio. Recorrieron cantina tras cantina, hasta encontrar al tlacuache en un tendajón, en donde se emborrachaba alegremente con sus amigos, a quienes embelesaba con los rasgueos de su jarana. Consultado por los animales, el viejo respondió que era menester que el río tuviera curvas y algunos remolinos para que todos los animales, en su diversidad, pudieran pescar y aprovechar las aguas. Todos aplaudieron, y el río adquirió su forma definitiva.

Al descubrirnos todos los meandros de la mitología mesoamericana, López Austin ha hecho la labor del tlacuache: permitirá que de ahora en adelante muchos investigadores sigan pescando en estas fuentes inagotables, que algunos creían ya desecadas por la repetición, y nos demuestra que la creatividad y la astucia son condiciones indispensables de la ciencia.