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Günter Grass

Alemania: una unificación

insensata

Aguilar/El País

México, 1991

164 pp.

EL libro Alemania: una unificación insensata es una antología de textos de Günter Grass fechados entre 1960 y 1990. Llama la atención que de los diecinueve, sólo cinco se hayan escrito después de la caída del muro de Berlín y ninguno después de la unificación. Me refiero a El reparto de las cargas, discurso pronunciado por Günter Grass el 18 de diciembre de 1989 en el Congreso del Partido Social Demócrata, Excesivo sentimiento, escaso conocimiento, la entrevista con el semanario Der Spiegel del 20 de diciembre del mismo año, Breve discurso de un compañero sin patria, discurso pronunciado el 1 de febrero de 1990, La plaza de los engañados y el Informe de Altdöbern, ambos escritos en julio de 1990. En realidad se trata de ensayos, textos y fragmentos de los libros publicados en alemán: Deutscher Lastenausgleich y Ein Schnäppchen namens DDR.

En este libro reaparecen los restos de un antiguo litigio: la historia y la existencia de Alemania. Günter Grass, acaso el mejor novelista alemán después de la Segunda Guerra y uno de los polemistas más agresivos, se convierte en el aguafiestas de una gran ceremonia nacional. No obstante, más que un libro sobre la unificación, este volumen describe el itinerario de Grass por el territorio de la historia actual de Alemania.

En los años veinte el filósofo Max Scheler dedicó todo un libro para explicar la antipatía invencible que despertaban los alemanes fuera de su patria. Hay exageración -nos dice Scheler- en la manera alemana de trabajar. Tal exageración se manifiesta en este hecho: los alemanes, que no conocen más placer que el del trabajo, trabajan más de la cuenta para llenar el tiempo. Otras naciones saben aprovechar el ocio y experimentan el placer inmediato de vivir, que es ajeno a los alemanes. El resultado de todo ello -viene a decir Max Scheler- es la anormalidad del ritmo de trabajo germánico el cual de ningún modo corresponde ni a la necesidad ni al valor de sus productos. Hay exageración en la manera alemana de pensar. Tal exageración se manifiesta en otro hecho: los alemanes, que no conocen más forma de pensamiento que la radical, habitan en esa zona donde todo se pierde o todo se gana.

Hay en Grass un rechazo tan radical a la unificación alemana que me resulta sospechosamente alemán. Porque la paradoja de los alemanes no es otra que la de sorprenderse ante su propia visión relojera de la vida, que consiste en llegar siempre puntuales al lugar donde Dios nunca los llamó, y en faltar siempre y, claro está, puntualmente al sitio donde Dios los sigue esperando. No me refiero a las contradicciones de Grass a lo largo de treinta años, ellas nos demuestran que el novelista está vivo, sino a ese tono contundente, wagneriano, trágico. En el Informe de Altdöbern Grass escribe: «… me senté por la mañana al borde de la mina y dibujaba allí donde se termina – simplemente se termina, de pronto, como si hubiera sido mordida por un devorador sobrehumano- la carretera hacia Pritzen (que ya tampoco existe), el yermo allí yacente se me transformó en imagen de la República Democrática Alemana, no sólo de la del pasado, arruinada por una economía negada, no, sino también de la futura que va a ser anexada próximamente de un plumazo; pues un contrato estatal indigno lanza ya sus sombras sobre el país y las gentes y, una vez en vigor, no sólo prolongará la barbarie vivida hasta ahora sino que le añadirá un regusto occidental».

Cuando Günter Grass escribe sobre política alemana, lo hace casi siempre con una avasalladora sensación de culpa que no ha cambiado en los últimos treinta años. Nacido en la ciudad de Danzig el año de 1927 y miembro de la etnia de los Kaschuben, a fuego cruzado entre alemanes y polacos, Grass sabe lo que significa ser marginal en esta historia. Ninguna región de Europa Central ha sido -y es- tan explosiva como este corredor germano, polaco y soviético, que llevó a la Segunda Guerra Mundial y ahora es el sitio de la rebelión de Lituania. Buena parte de los libros de Grass, y muy especialmente la Trilogía de Danzig: El tambor de hojalata, Gato y ratón y Años de perro, fueron violentas pedradas contra los vidrios relucientes del edificio del Milagro Alemán después de la guerra. Este edificio era la Alemania de Konrad Adenauer, la del trabajo implacable, ramplón y sordo. Esa Alemania que cerró sus puertas y ventanas al pasado, sin querer siquiera contemplar la marcha de Europa. La cólera intelectual de Günter Grass tiró piedras contra los vidrios de ese edificio para obligar a la República Federal de Alemania a abrir sus ventanas o, en último caso, para hacer que el viento de la memoria penetrara por sus huecos.

El psicoanalista Alexander Mitscherlich, director del Instituto Sigmund Freud de Frankfurt y quien resucitó el psicoanálisis en la República Federal a principios de los sesentas, explicaba el afán laborioso de los alemanes. Según Mitscherlich, el pueblo alemán había sido incapaz de ejercer el duelo, y en lugar de sumirse en la melancolía se dedicó a trabajar incansablemente. Nada que pudiera agitar las aguas mansas de la memoria Nada que pudiera encender recuerdos atroces en los ciudadanos. En el fondo, el trabajo era prueba de que no todos fueron asesinos y de que tenían derecho a la esperanza. En esos años los escritores se dedicaron a recordar lo que había sucedido, su tarea fue la de restituir la memoria, esencia al final- de toda literatura. Heinrich Böll, Hans Magnus Enzensberger y Günter Grass, entre otros, pusieron todo su empeño en destruir la amnesia voluntaria de los alemanes. «Construir o dinamitar, si soy sincero no sé qué hacer», dice un personaje de Billar a las nueve y media, la novela de Heinrich Böll escrita durante la reconstrucción de Alemania.

Grass es el escritor con la imaginación más desaforada. El idioma alemán recobró en sus páginas una existencia dramática y rutilante; detrás de esa lengua había una conciencia clara y enérgica, plena de arrepentimiento. Gracias a ello los lectores alemanes pudieron leer en su propio° lenguaje a uno de los grandes novelistas europeos, y esta es otra de las circunstancias que llevaron los libros de Grass hasta los jóvenes franceses y estadunidenses. Las novelas de Grass parecían ser una mezcla de confusión y luto. Y eso, luto y confusión, era lo que flotaba por las ciudades alemanas a principios de los años sesentas. Nadie de esa generación que haya leído Años de perro pudo olvidar la fábula del amor y del odio, la hermandad de la sangre de nazis y judíos. Walter Matern, el militante nacionalsocialista, Eduard Amsel el judío, gemelos enemigos en una historia grotesca que se parece demasiado al Deutsches Requiem de Borges. Günter Grass es una parte de la tradición literaria alemana, pero no pertenece a la de la modernidad, como la de los vieneses Robert Musil o Hermann Broch, sino a la del expresionismo. La trilogía de Danzig empieza donde termina Berlín Alexanderplatz de Alfred Doblin. Creo que el secreto de Grass radica en el precario equilibrio que existe entre su imaginación anarquista y su refinada inteligencia literaria.

A sí como los escritores restituyeron el pasado, un político alemán inició la lucha por el recuerdo y con su política de reconciliación se adelantó a su época y allanó un camino imposible. En Alemania: una unificación insensata Grass ha narrado las estaciones de la Ostpolitik de Willi Brandt, uno de los momentos en que Alemania dejó de ser una provincia arrinconada por la culpa y se convirtió en una nación. La estrategia social- demócrata- Dos Estados y una Nación- encontró en el Partido Demócrata Liberal el terreno fértil para iniciar una coalición inusitada que ponía fin a veinte años de hegemonía demócrata cristiana. El año de 1969 Grass participó directamente en la campaña política de la socialdemocracia, recorrió treinta mil kilómetros, acudió a más de sesenta distritos electorales y pronunció discursos a favor de Willi Brandt, ex-alcalde de Berlín Occidental, a quien Konrad Adenauer había difamado públicamente al afirmar que era hijo natural de una lavandera de Hamburgo, alguien tan despreciable que ocultaba su verdadero nombre: Herbert Frahm.

Con la lectura de Alemania: una unificación insensata, recordé aquella tarde de diciembre de 1970, cuando la tía Gerda me dijo que si me daba cuenta de que un traidor había vendido a Alemania. Le contesté que no sabía de quién hablaba y ella me respondió como si yo fuese un militante de la socialdemocracia alemana: «Me refiero al exsoldado del ejército noruego Willi Brandt, quien luchó contra nuestras tropas y mató soldados alemanes, el que ahora se arrodilla ante los polacos y quiere el diálogo con los soviéticos». Le respondí que no se había arrodillado ante los polacos sino ante el monumento a los judíos asesinados en el Ghetto de Varsovia. Y, por meterme en lo que no me importa, la tía Gerda no me sirvió el sabrosísimo pastel que había preparado, una especialidad prusiana, y me dejó solo en las calles nevadas de Colonia. Esa era- más o menos- la atmósfera de principios de los años setenta en la República Federal de Alemania.

«No confíe usted en un alemán que le diga -decía Egon Bahr, uno de los políticos más inteligentes del equipo de Brandt- que la cuestión nacional ha muerto, porque o miente o es un imbécil». Y tuvo razón. El ritmo vertiginoso de la Ostpolitik recuerda al de la unificación del año pasado. El 17 de mayo de 1972 se firmaron los tratados con la Unión Soviética y Polonia, el 3 de junio entró en vigor el acuerdo de las cuatro potencias sobre Berlín Occidental y el convenio con la RDA se ratificó en mayo de 1973. Se reconoció la soberanía de la RDA, las fronteras entre las dos Alemanias y la independencia y autonomía de los dos países. Otras de las paradojas: Brandt se derrumbó -literalmente- cuando el servicio de Inteligencia Federal descubrió en su secretario particular -Günter Guillaume- a un espía y oficial del ejército de la Alemania Democrática.

Mis discrepancias con Günter Grass se sitúan en el terreno de las convicciones. Por heroicas que sin duda hayan sido, no puedo ver en las enormes manifestaciones de Leipzig y Berlín Oriental la expresión de un movimiento revolucionario sino la de un desmoronamiento: el del Estado socialista. Quiero decir, sin Gorbachov, Honecker nunca hubiera soltado el poder. Llama la atención que en los cuatro o cinco textos escritos por Grass durante o después del derrumbe de los países socialistas, el nombre de Gorbachov aparezca -si no me equivoco- una sola vez. Porque sin Mijail Gorbachov no existiría esta unificación que el autor se empeña en ver como insensata. La idea de la cultura herderiana- que Grass defiende a lo largo del libro- me parece poco consistente. Esa cultura o civilización alemana es hoy también, mal que nos pese, la de la Volkswagen, la Mercedes Benz, la Krupp y la Simens.

En Berlín, noviembre de 1990, el novelista Gÿorgy Konrad decía que el capitalismo era el precio que los países socialistas habían pagado por la democracia. No veo cómo hubiera nacido la Confederación alemana que desea Grass, a no ser la de una Confederación de intelectuales; algo del irremediable provincianismo alemán se trasluce en lo que Grass admira de la RDA: el renacimiento de la época Biedermaier, un panegírico de la pequeña burguesía alemana en sus peores momentos. Helmult Kohl es, sin duda, un político muy limitado, pero supo aprovechar el poderío económico y desmontar todos los temores. Reconoció las fronteras con Polonia, seguramente venciendo la oposición de muchos políticos duros de su partido, pagar enormes sumas de dinero -Grass calcula que entre 150 y 250 mil millones de dólares- y lograr lo que Adenauer, Brandt, Strauss y Schmidt nunca soñaron.

Günter Grass ha señalado los peligros que acechan a la Alemania unificada, todos son ciertos, pero también es cierto que la moneda está en el aire, y que las elecciones de octubre no fueron la expresión de una revolución socialista pacífica sino la de una conservadora voluntad popular. Como sea, las ideas políticas de Grass no son sino lo que Irving Howe definió como la política de la incertidumbre: una política que jamás salvará al mundo, pero sin la cual el mundo nunca valdrá la pena de ser salvado.