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Rubem Fonseca:

Grandes emociones y pensamientos imperfectos.

Ediciones Cal y Arena,

1990, 305 pp.

EL personaje que es el narrador de Grandes emociones y pensamientos imperfectos habla de sí mismo con naturalidad y da a conocer lo que es propio: debilidades, zonas veladas, facilidad para seducir y complacer orgásmicamente, falta de temor que es casi indiferencia existencialista, amplia cultura, inteligencia, capacidad asociativa. El personaje nos informa de todo menos de su nombre. Podría ser el Operador de la Continental o Sam Spade o Phillip Marlowe o la reencarnación de cualquier antihéroe cuya gabardina lo precave del supremo anonimato de la desnudez, pero entre el narrador de la excelente novela de Rubem Fonseca, el arquetipo, el detective privado de Los Angeles o San Francisco, se interpone un vasto conocimiento cultural, el tratamiento mitológico de la mitología y, sobre todo, se interpone el ascenso del thriller al género internacional por excelencia, omnipresente, revelador, que al hacer del crimen un componente esencial de lo moderno y de lo posmoderno, se acerca a las imágenes esenciales de una sociedad.

Rubem Fonseca llega al thriller muy al tanto de su repertorio de seres en el límite, y de situaciones con el encanto de la pesadilla Lógica. En este sentido, en Grandes emociones todo ha sido leído y todo se ha visto: la mujer que es perseguida le confía un paquete, huye y es asesinada brutalmente; la conspiración que oculta una conjura; los personajes respetables que son el parapeto del hampa; el criminal bajo cuyo impulso devastador se oculta la fragilidad y el secreto melancólico; los personajes secundarios que merecían para ellos mismos una novela, los heraldos de la picaresca más bien inocua como José, el hermano del narrador, el televangelista casi calcado de Jimmy Swaggart o Jim Bakker, que explota la fe y acaba santificándose ante sus propios ojos o Aureo de Negromonte, el travesti que prepara su número de las Minas del Rey Salomón, y es tan indefenso como un monumento Kitsch, o Gurian, el judío ruso que ahoga en whiskey su sabiduría desencantada, o Verónika, la alemana eficiente que lo sabe todo, y aparte de eso no sabe nada.

Fonseca lanza su repertorio sabiéndolo trillado, muy al tanto de lo que le antecede, el universo prácticamente infinito del thriller y de la revisión cultural del thriller. De un modo u otro, en la novela de Fonseca hay «citas» de Dashiell Hammet, John Huston, Raymond Chandler, Robert Siodmak, Henry Hathaway, John Le Carré, Orson Welles, Graham Greene, Giorgio de Chirico (el paisajista de la plaza desierta de los asesinatos), el cine expresionista, Wim Wenders (el de Hammet y El amigo americano, no el de Las alas del deseo) y, además, la constancia de esa moda que no deja de serlo: el crimen organizado como el antídoto contra la anarquía social.

Fonseca despliega con excelencia el lugar común, y lo contrarresta y nulifica con la obsesión literaria. El thriller es la síntesis de la imaginación contemporánea (el equilibrio entre el Marqués de Sade y el Cártel de Medellín), pero el culto por los clásicos de la disidencia en el socialismo real, es el otro campo de lo prohibido que se vuelve lo permitido, de lo perseguido que, con claridad póstuma, nos rebela el sentido y la grandeza de una época. El narrador de Grandes emociones es un director de cine cuya primera película, La Cuerra Santa, versión de Los Sertones de Euclides Da Cunha, encauzó su deseo de una épica sordina, del panorama donde la matanza y el heroísmo son variables de la misma fatigada desilusión. Un productor alemán le hace un ofrecimiento: que adapte y dirija Caballería roja, la serie de relatos de Isaac Bábel, el gran escritor ruso y soviético, que participó en la guerra contra los polacos, declaró su amor por el silencio y fue victima de las purgas stalinistas muriendo en 1941 en un campo de concentración, en circunstancias desconocidas. Para el narrador, Bábel es el perfeccionista, el héroe consciente, el héroe a pesar suyo, el escritor que educa al lector para que sepa ver. Y la vida, el sufrimiento, la enorme astucia estética de Bábel integran otra de las vertientes de la novela, en una búsqueda a lo Henry James de la lección del maestro, cuya economía verbal se acrecienta al describir el combate, la crueldad, la dignidad ante la muerte, la indignidad de las batallas.

El hilo conductor entre la atmósfera delirante y persecutoria del thriller y la evocación del mundo de Bábel, es la historia erótica y emotiva del protagonista, un hombre destinado a la seducción, que atrae y complace fatalmente, que no necesita de nadie y que, casi extraído de la serie de Ripley de Patricia Highsmith, no concede, no muestra ternura, no capitula, no se rinde al hambre y las amenazas de muerte, no muestra gratitud, no se estaciona en sentimiento alguno, no le importa ser o parecer desagradable, y sólo se concede el lujo de la ternura irónica. Sin la tensión entre el thriller y el culto literario, el personaje sería anacrónico por entero, alguien que se pregunta sin cesar por el sentido de la vida en el contexto del carnaval, o del Muro de Berlín, o del sótano en donde evoca su amor por los seres vivos y su fascinación por las tarántulas. Pero Fonseca no cree en los momentos muertos, y la novela es un vaivén frenético de Río a Berlín y de París a Río. del ocultamiento de las esmeraldas al rumor del hallazgo de la novela perdida de Bábel, del sexo como dique contra la fatiga al sexo como abolición provisional de la soledad. Y el narrador ni siquiera dispone del reposo del sueño porque en éste, en el «mundo arcaico de grandes emociones y pensamientos imperfectos», le está vedada la imagen, tal y como lo reitera al precisar lo que soñó, escenas sin rostros, matanzas sin perfiles, exterminios sin el asidero de los rasgos. Y el sueño se opone a las obviedades del crimen y a las sacralidades de la lectura de Bábel.

¿Cómo volver memorables a personajes y atmósferas tan derivadas de la galería de arquetipos y estereotipos, de las escenas previsibles de ese semimundo de carnavales, departamentos caóticos, hombres que acechan con sonrisas exterminadoras a lo Johnny Udo-Richard Widmark, sabios talmúdicos que perfeccionan su agonía, aeropuertos como reducciones del universo, redescubrimiento del pavor ante las inspecciones del poststalinismo, soviéticos que defeccionan, tycoons con cultura literaria, travestis como de Hubert Selby? Fonseca, a quien debemos libros de la calidad de El caso Morel, El cobrador, El gran arte y Pasado negro, resuelve el falso dilema a través de su posmodernista lectura múltiple de la realidad, de la fantasía codificada por la industria cultural, del thriller que es la novela de caballería en un orden presidido por la especulación, el control de las trasnacionales y el lavado de dinero, del sueño como la catarsis lírica, del acto sexual en donde resucita sin cesar el animal de dos espaldas. Ya no somos inocentes, es el recado entre líneas, este asesino obra impulsado por la codicia y la ignorancia, pero sobredeterminado por las convenciones del cine negro; esta mujer se entrega guiada por la excitación pero guía su itinerario postcoitum por rutas que marcaron Henry Miller, Lina Wertmüller o las voces de María Bethania, Elis Regina y Gail Costa. Somos también, además de ese amasijo de vísceras y apetencias, el caldo fáustico donde se revuelven los personajes del cine y la política y el deshielo y la literatura y la memoria de los procesos de Moscú y el trasfondo delincuencial de las escuelas de samba. Ya nadie ve el mundo como en el primer día, los colores tienen que ver con Fra Angélico, en las pesadillas influyen Buñuel o Jung, en el recuerdo del ejército soviético intervienen Bábel y Eisenstein, y un farsante religioso se nos hace transparente a la luz de la actuación de Burt Lancaster en Elmer Gantry.

El narrador no cree en la ironía, pero no hace falta. Tiene a su disposición la ironía del conocimiento. El mundo es ya también una provincia cultural, y el conocimiento de la violencia nos viene de la violencia misma, de los medios electrónicos, de la literatura. El personaje de Grandes emociones nada aprende al final, porque las emociones y las experiencias matizan el desencanto pero no lo cambian en lo fundamental. Rubem Fonseca pertenece a esa minoría creciente de la literatura latinoamericana que ha dejado de creer en la novela intimista, la novela épica o la novela negra, para adoptar el único género donde la violencia es el espejo donde cobran su debida dimensión los hechos y, sobre todo, las mitologías. Estamos ya tan lejos del naturalismo y del realismo como del nouvean roman. Y de este género amalgamado es muestra muy válida Grandes emociones y pensamientos imperfectos.

Por lo demás, me parece magnífica la traducción, o más bien, la versión de Hermann Bellinghausen. Con cuidado y gusto, Bellinghausen vertió al español y al mexicano el brío y la intensidad de Grandes emociones.