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Mañana de verano: camino la avenida Legaria rumbo a Tacuba. Ni la peste negra pararía a esta ciudad: gente va y viene como siempre, pero con tapabocas. Se me acerca un hombre que trae el tapabocas como Gabino Barreda “traiba” el paño “al cuello enredao”. Se sujeta con las manos el pantalón, me mira con dudas, pide monedas. No traigo. Es la verdad. Me dice: “Gracias”. A punto y seguido hace de un anodino suceso citadino un teorema. Esto es, dice “gracias” y añade: “Perdón, pero ya ve que andamos en esto de sobrevivir”. No olvidé la frase por el resto de la caminata.

No hay misterio: las calles son para eso, para sobrevivir, pero ¿para qué remarcarlo de esa manera? “Salir a la calle” es ir en busca de la supervivencia; millones de capitalinos salen a diario en busca de “jale”, del pan de cada día o “a ver qué sale”, legal o ilegal. Pero la frase de aquel hombre enlaza tres componentes que me intrigan: “perdón”, “ya ve que andamos en esto” y “sobrevivir”. “Perdón”, creo, deriva de la sempiterna calidad de humildad, decoro y dignidad que por siglos ha tenido la mendicidad en México o en Lisboa. Pero siento que la expresión que oí busca ir en contra del viejo oficio de mendigo; esto es, con su manera de disculparse el hombre quiso decir: “No hago esto por oficio, es algo que me veo obligado a hacer hoy”. Porque lo de “ya ve que andamos en esto” denota inmediatez (aquí y ahora solamente) y contexto (en estos tiempos que van corriendo o, mejor, en estos malos tiempos que van corriendo). Quizá antes de la pandemia de covid-19 al señor de Legaria no se le hubiera ocurrido añadir “ya ve que andamos en esto”. O quizá sí… ¿Cuándo no anda en esto de sobrevivir la gran mayoría de los transeúntes de estas calles?

Ya ven, ando en esto de rumiar lo que oí, voy con la oración en mente por Legaria y por la México-Tacuba, donde todo habla de eso: de sobrevivir, pidiendo limosna o con puestos de tacos, tortas, estuches de celulares, tapabocas, jugos… lo que sea.  Las aceras repletas de vendedores ambulantes terminan después de la estación metro Cuitláhuac. A partir de ahí, las aceras están limpias de ambulantes, estoy en la colonia Popotla: proletaria, digna, linda. Sigo rumbo al viejo Colegio Militar. Me detengo en el sitio que hasta hace muy poco era conocido como Plaza del Árbol de la Noche Triste, ahora renombrado, según reza un letrero recién colocado, “Árbol de la Noche Victoriosa. Quautli in Yohualli Paquiliztli, nican ochoca. Árbol de la Noche Feliz, Aquí Lloró. CPM. Consejo Nacional del Pueblo Mexicano”.

Ilustraciones: Ricardo Figueroa

No hay puestos, poca gente, al centro de la plaza descansan los restos de un árbol al que, sin deberla ni temerla, le ha caído el peso bruto de la historia. Al lado, sin embargo, descubro un joven árbol que ha reverdecido con el verano lluvioso de la ciudad. Todavía a fines del siglo XIX, José María Velasco pintó el Árbol de la Noche Triste aún con ramas verdes y atrás de él la vieja iglesia de San Esteban (destruida a principios del siglo XX); hoy son tétricos los restos del viejo ahuehuete, en cuyo tronco, dice la leyenda, lloró Hernán Cortés el primero de julio de 1520, cuando su estratégica huida de México-Tenochtitlán (por la calzada de Tacuba) fue sorprendida por un ataque mexica que mermó sus tropas y su espíritu. Ese árbol es hoy poco más que escombros ahumados, quemados, ahuecados por el centro; es un cadáver vegetal y un espantajo casi carnal, con la extensión de sus tentáculos petrificada por la historia y la muerte. Una momia vegetal en la colonia Popotla.

Cerca del árbol hay un pequeño centro cultural recién rejuvenecido, a juzgar por lo que se lee en los murales que visten sus paredes —leo que fueron pintados por el tlacuilo Rafael Trujano Rojas, en la “sexta veintena cocimiento de frijoles” (es decir: junio) del “año 8 pedernal” (es decir: 2020)—. Los murales del centro cultural narran los acontecimientos de aquella noche ora triste, ora victoriosa; aparecen aguerridos y morenos mexicas “poniéndoles en su madre” a los españoles, no a otros indígenas, lo cual pretende ser, en vivos colores, la “historia oficial” al revés, porque al revés es verdadera. En realidad, el mural es muy oficial, no sólo porque, seguro, la historia oficial —la del actual gobierno de la ciudad y del país, que se asume Grand Master de historia patria— puso esas paredes a disposición del tlacuilo Trujano Rojas, sino porque el mural hace algo muy de la larga trayectoria de la historia oficial de México, la de la conciencia histórica que se enseña en las escuelas, es decir, hace algo así como un 5 de Mayo (1862) del primero de julio (1520): erige solemne sitio a una victoria, aunque se hayan perdido las guerras y todo en 1520 o en 1862. Las ruinas de un árbol devienen en decreto: los mexicanos de hoy son la continuación directa de los mexicas que fueron sitiados en México-Tenochtitlán y, finalmente, masacrados no sólo por trescientos o cuatrocientos españoles, sino por cientos de miles de indígenas aliados con Cortés. Se deduce que a esta Plaza del Árbol de la Noche Victoriosa no están invitados los indígenas de Texcoco o de Tlaxcala, que fueron los que en verdad hicieron llorar a los mexicas o lloraron con Cortés.

Como las noches de cualquier guerra, estoy seguro de que aquella noche de 1520 fue triste, pero el árbol más que evocar tristeza, evoca desconsuelo, angustia, martirio. Las lágrimas de Cortés ni añadirían ni restarían languidez a las reliquias del viejo ahuehuete. Un cadáver es un cadáver, una momia es una momia, ésa es la identidad del viejo ahuehuete expuesto ahí con la impudicia de la muerte, con la desnudez inmerecida para cualquier animal o vegetal. No cesa la tortura del añejo y derruido tronco; de alguna manera, es macabro. Yo, transeúnte en estos lares, me desentiendo de lo “triste” o “victorioso” y añado lo que oí hace ya muchas calles: “Pues ya ve que andamos en esto de sobrevivir”, y pienso no en Cortés o en los mexicas o en México, sino en el ahuehuete, en la naturaleza, ésa que gasta el joven árbol de la plaza, la del verde en la ciudad que cada verano grita que revive y que está de muerte.

De la plaza del “Árbol de la Noche de Andamos en Esto de Sobrevivir” sale la calle Instituto de Higiene, porque cerca de ahí el largo reinado de Porfirio Díaz estableció un instituto de investigación higiénica, en el cual se hicieron importantes descubrimientos sobre el tifo y otras enfermedades que aquejaban a la ciudad. Originalmente, el instituto fue construido en las afueras de la ciudad, entre México y Tacuba, precisamente por su condición de laboratorio biológico. Ahora todo es parte de la ciudad, de la proletaria y bella colonia Popotla. Camino por esa calle rumbo a la avenida Mariano Escobedo (el general del 5 de Mayo).

Quedan pocas construcciones del siglo XIX en la calle Instituto de Higiene. La vieja iglesia de San Esteban (siglo XVI) fue sustituida a principios del siglo XX por la insípida estructura de la Parroquia del Pronto Socorro. (La única estructura del siglo XVIII que he encontrado por estos rumbos está en la esquina de las calles Felipe Carrillo Puerto y Golfo de Aden, casa conocida como La Perulera, construida por una adinerada familia peruana como casa de campo. La última vez que pasé por ahí la casa estaba semirreconstruida y abandonada por las corruptelas oficiales. Lástima, es un lindísimo ejemplo de la arquitectura barroca moviéndose al neoclásico. Para encontrar por ahí vestigios más antiguos hay que caminar por Legaria hacia el Panteón Francés, construido en parte sobre las huertas de lo que fuera el convento carmelita de San Joaquín —fines del siglo XVII, principios del XVIII—, cuya iglesia aún está ahí, apretujada entre el barrio proletario y el panteón). Lo que abunda en la calle Instituto de Higiene son casas pequeñas, de uno y dos pisos, vivienda proletaria de entre 1930 y 1950. Ahora también existen nuevos edificios de modestos apartamentos construidos sobre solares de viejas casas. La calle es linda, tranquila, tanto que podría ser fácilmente “hipsterizada” como las calles de la Condesa y de la Roma, si no fuera porque la barbarie plebeya de Tacuba está tan cerca, con su vieja iglesia y su bullicio popular en torno al metro, todo lo cual hace ingentrificables las calles de por aquí.

Al salir de Mariano Escobedo y Marina Nacional noto tres vías de ferrocarril que de repente se hacen una: el Ferrocarril Central de Cuernavaca que corría a través de toda la ciudad desde aquí hasta el extremo sur de la urbe. Por ahí me encamino, por la improvisada calle de Ferrocarril Central de Cuernavaca, porque no es una calle, es una vía que se hizo calle, que devino en parque.

Hace poco los restos de la monovía del Ferrocarril Central de Cuernavaca fueron convertidos en un parque lineal, como en Nueva York el High Line gentrificó las viejas vías elevadas del New York Central Railroad, en Manhattan, o como en el Barrio de Sants, en Barcelona, las vías y cocheras de ferrocarriles y metro viraron en un parque elevado muy similar al High Line (Jardins de la Rambla de Sants). El parque Ferrocarril Central de Cuernavaca aprovechó la larga, delgada, línea de propiedad urbana que cruza la ciudad y recorre varios Méxicos de ayer, hoy y mañana. Es un proyecto muy interesante. Caminarlo es hacer una biopsia del tejido urbano y, también, del uso que va ganando un espacio público que atraviesa diferentes capas sociales. El parque va de Popotla al principio de la lujosa avenida Palmas, principio de las Lomas de Chapultepec, el suburbio de lujo del México posrevolucionario.

Contra lo que con frecuencia se sostiene, el régimen de Porfirio Díaz no vendió la patria a compañías ferrocarrileras estadunidenses. Les donó terrenos —que las compañías tuvieron que cartografiar y alistar—, las subsidió de una y mil maneras. Luego las compró todas, las hizo nacionales y todos los terrenos aledaños a las vías se convirtieron en zonas federales. Con el crecimiento físico y demográfico de la ciudad, cualquier terreno aledaño a vías fue apropiado por asentamientos irregulares de migrantes a la ciudad. En esas líneas de terrenos federales, a uno y otro lado de las vías, se levantaron casas improvisadas, de cartón, de lámina, luego de tabique o adobe o cemento. Por décadas esta línea que corre de Popotla a Palmas estaba repleta de vivienda informal, sin servicios, sin ley. Era prime estate para recién llegados a la ciudad, tan cerca de la zona industrial sobre la calle Miguel de Cervantes Saavedra y del lujoso rumbo de Polanco.

La caminata sobre el parque lineal no dura más de una hora, pero es en verdad una radiografía del tejido, histórico y actual, de la ciudad. Comienza en Popotla y sigue por las populares colonias Granada y Pensil. En estas zonas, los viejos asentamientos irregulares han sido regularizados y hoy miran al parque de la vía. La vieja improvisación de construcciones en constante cambio y expansión ha devenido en una calle de casas de un piso o dos cuyos niños hacen del parque su front yard. Andar el parque es agradable, un carril para bicicletas, otro para peatones, la vía siempre presente, pero como una ruina: nadie espera el paso del tren. A cada tanto, en reducidos pero bien aprovechados ensanches del terreno aledaño a la vía, aparecen canchas de futbol rápido o de básquet, parques infantiles, gimnasios populares al aire libre. En Popotla y la Granada los barrios miran al parque, hay gente sentada en los portales de sus casas, niños jugando entre las vías. En la colonia Granada, el parque se llena de grafitis en los muros que rodean las canchas de futbol o entre las curvas diseñadas para hacer piruetas con las patinetas; algunas canchas de básquetbol han perdido sus aros.

Para mí, caminar el parque lineal entre Popotla y la Granada es como leer un ensayo sobre el funcionamiento de la ciudad-ley, la ciudad-Estado, la ciudad-fábrica, la ciudad-pueblo. Sin necesidad de conocer los pormenores, a cada paso puedo leer la historia que va contando el parque: gente del campo o de provincias que llegó a la ciudad en 1930 o 1950 en la procura de mejor vida y tomó por asalto los terrenos federales aledaños a la vía del tren, no por ser vía, sino por ser una alargada waste land donde fincar casa. Seguro, ésos que llegaban a la ciudad ya conocían a un amigo, a un pariente que se había asentado en las vías del Ferrocarril Central de Cuernavaca. Las primeras viviendas deben haber sido muy precarias, de material efímero; quizá los primeros pobladores fueron sacados a la fuerza, pero cuando la línea de Popotla a Miguel de Cervantes se llenó de pobladores, ¿quién iba a sacarlos? Seguro extraían agua de donde podían, y tiraban las aguas negras y desperdicios a las vías. Muy probablemente los niños aprendían las horas en que pasaba el tren y sabían qué hacer cuando venía. Conforme uno camina el parque acata que hubo aquí organización, movilización, presión de los que aquí acamparon para que el dueño real de sus terrenos, el gobierno federal, los regularizara, les diera servicios. Imagino que hubo luchas, líderes buenos y líderes corruptos, pero que a la mayoría no les pareció lo peor hacerse clientela de políticos locales o nacionales con tal de recibir material de construcción, títulos de sus terrenos, agua, gas… Y así paso a paso surgió un largo barrio que da a una vía, como si lo que hubiera habido no era una vía, un tren, que se fue llenando de paracaidistas. No sé, todo me dice que muchos niños y jóvenes pasan horas en este parque, pero no los veo, uno creería que la pandemia, la suspensión de clases… pero esta mañana de verano hay poca gente aquí.

De repente, todo cambia cuando me acerco a la zona cercana a las calles de extensión Molière y Miguel de Cervantes Saavedra. El parque lineal es el mismo, pero aquí las nuevas construcciones no miran al parque, el parque es su callejón trasero, el parque no cuenta la historia de la gente que se asentó entre sus durmientes, sino que sencillamente atestigua lo que ha pasado a su alrededor; es como un parque popular con la boca abierta.

En la década de 1940, la zona norte —después de Ejército Nacional en Polanco y entre Molière, Mariano Escobedo y Marina Nacional, por el corredor Miguel de Cervantes Saavedra— fue pensada como una de las pocas zonas industriales realmente planificadas en tiempos de la ciudad funcionalista, con sus zonas habitacionales, sus ejes de circulación, sus zonas industriales. Hablo de esas cosas que se hacían cuando se creía que la ciudad era pensable y controlable en papel. Aquí creció una zona de gran industria, lista para ser parte integral de la ciudad, por su centralidad, por su perfecta planificación, sus calles, ferrocarriles y servicios. Así, sobre Miguel de Cervantes Saavedra se construyeron fábricas enormes: Bayer, General Motors, Firestone, Colgate, las espaldas del Hospital de la Beneficencia Española, la Cervecería Modelo o la fábrica de chocolates Larín. Hoy quedan el viejo edificio de la Bayer, una muestra de austera y eficiente arquitectura funcionalista, y la Cervecería Modelo —que por un lado da al corazón de la Pensil, por otro al “Nuevo Polanco”—. Este inmenso corredor industrial estaba a menos de una hora de caminata del centro de la ciudad, pero como todas las ciudades industriales, México a partir de la década de 1980 comenzó el proceso de desindustrialización de la mancha urbana. Las grandes compañías se mudaron a la frontera o a China; algunas mantienen sus corporativos en Miguel de Cervantes porque lo que el parque lineal atestigua es una nueva ciudad del capital en lo que era la colonia Granada pegada a una zona industrial.

El enorme espacio urbano que dejó libre la desindustrialización no sufrió las de Detroit: fue urbanizado por Carlos Slim, el hombre más rico de México a partir de 1990, y uno de los más ricos del mundo. Como me cuenta el abogado y urbanista Antonio Azuela, algún alto o mediano funcionario del gobierno de la ciudad reclasificó el uso de estos terrenos industriales y permitió que fueran habitación, servicios, oficinas y con cualquier altura, sin importar la saturación vial o la falta de agua. Ni al gobierno de la ciudad ni a ninguno de los desarrolladores del proyecto Slim se les ocurrió incluir un parque público en tan vastos terrenos —los únicos espacios verdes importantes entre el Deportivo Plan Sexenal o el viejo Colegio Militar (en Popotla) y las Lomas de Sotelo, en la frontera con el Estado de México, son inaccesibles para el común de los chilangos (Club Mundet, Club Israelita y el principio del inmenso Campo Militar Núm. 1). El delgado y largo parque lineal que camino es el único parque de por ahí.

El Ferrocarril Central de Cuernavaca atravesaba la enorme zona industrial —incluso hoy son visibles los cambios de vía que permitían cargar vagones en las fábricas de harina o de coches—, y hoy cruza Ciudad Slim como un callado río popular que viene del manantial de Popotla y que alrededor de Cervantes Saavedra se ve apabullado por rascacielos que gastan los más cursis estilos de arquitectura de vanguardia —uno de ellos, que va a dar al parque lineal, imita en cristales el edificio Flatiron de Nueva York—. Como siempre sucede en las megalópolis, nada de esto fue un cambio espontáneo; fue producto de mucho intercambio de dineros, especulación y corrupción, así como de un nuevo gobierno de la ciudad —fue en épocas del gobierno citadino de izquierdas de A. M. López Obrador que se reclasificó el uso de suelo—. Y así creció en una década Ciudad Slim en el corazón de la urbe. Cuando voy por el parque y cruzo lo que fuera el río San Joaquín —hoy una vía rápida: Circuito Interior-Río San Joaquín—, el parque se vuelve una especie de tragaluz trasero de inmensos edificios de apartamentos lujosos, de oficinas corporativas (Silicon Valley meets Paris’ La Défense).

Por varias cuadras después de Río San Joaquín, Ciudad Slim sólo existe del lado sur del parque; del lado norte reina aún la populosa colonia Granada. De hecho, toda esta zona alrededor de Ferrocarril Central de Cuernavaca ha sido vendida como “Nuevo Polanco”, pero no es un nuevo Polanco; apropia una vieja zona industrial y la hace más que otro Polanco —de casas viejas y edificios de no más de cuatro pisos—, un apretado batiburrillo de elefantes-edificios con distancias entre ellos de ciudad medieval, que no obstante ser elefantes se detienen abruptamente ante la hormiga formada por las colonias Granada y Pensil. ¿Por qué? Es claro que cuando el parque toca lo que era la zona industrial, ambos lados del parque están repletos de nuevos edificios, pero no antes; la Pensil, la Granada no resisten, sencillamente paran en seco. Es probable que en unos años Ciudad Slim se coma la Granada y la Pensil, pero creo que la radiación barrial y popular que emiten Tacuba, Legaria, Popotla, Granada y Pensil sea inaguantable como para invadir aquello; mejor es dejar una zona de frontera ahí, como en Chicago, perfectamente delimitada por una vía rápida (el Circuito Interior).

El parque lineal va a caer al centro de Ciudad Slim, precisamente entre dos de sus más emblemáticos edificios, dos museos: el Museo Jumex y el Museo Soumaya. Antes que expandirse más hacia la Granada o la Pensil, Ciudad Slim tiene otro eje claro: de este centro de los dos museos y el apretujón de rascacielos, hacia la avenida Legaria por la colonia Irrigación. Ahí se construye hoy la nueva e inmensa fortaleza de la embajada de Estados Unidos en México, y luego la Casa de Moneda (otra fortaleza). Es decir: la embajada abandona el viejo eje de clase, poder e historia —el Paseo de la Reforma— y se muda a Ciudad Slim, para ser parte de ella como hoy lo es la Apple Store frente a los dos museos centrales.

El Museo Soumaya semeja una ameba hecha de células-espejos —que cuando paso por ahí se van cayendo, mal construido el museo—. Es el museo que Carlos Slim construyó para honrar la memoria de su esposa (Soumaya) y para albergar la colección más variopinta y “nuevarrica” del arte “Dasgehörtmirweilichesmirleistenkann” (“míoporquemelopuedopagar”): pintura religiosa colonial, tapices, colmillos de elefantes tallados en China, pintura naturalista del XIX, Rodins… El Museo Jumex es una arquitectura interesante: semeja una vieja fábrica y alberga la colección de arte ultra y posmoderno propiedad de la Compañía Jumex (de jugos de fruta).

El parque lineal Ferrocarril Central de Cuernavaca —que se nutre, como un río de un manantial, de Popotla, del viejo barrio de Tacuba, de la Plaza del Árbol de la Noche Triste o Victoriosa— viene a caer a Ciudad Slim como si el parque entero fuera el viejo puente sobre el río Drina de la estupenda novela de Ivo Andri´c (Un puente sobre el Drina, 1945). La historia, la miseria y la tragedia tocan al parque, pero no se quedan ahí, siguen.

Entre la arquitectura de Ciudad Slim, nada invita a parar la caminata. Quizá la arquitectura del Museo Soumaya sea más guapa de vieja que ahora de joven —se me figura una Lady Polanco que se paseó por Bilbao y Dubái y quiso ser la más hípster del barrio—. Por lo pronto, todo está ahí para una nueva Jerusalén del estilo, del poder y del dinero: Apple Store, museos de colecciones privadas, corporativos, rascacielos, embajada estadunidense. Ah, y frente a los dos museos hay un acuario subterráneo construido en lo que fuera un pequeño puesto de mariscos, El Chimbombo —originalmente localizado en los terrenos federales aledaños a las vías y que después, como el expendio de birria La Polar en la colonia San Rafael, viró en un amplio restaurante popular—. Ahora el cruce es un acuario para ver, no para comer parado, camarones, ostiones, abulón y huachinango.

Cuando andando por el parque lineal cruzo entre los dos museos, la gente hace cola para entrar al acuario, los oficinistas, choferes y sirvientas van saliendo a comer. Las aceras de ambos lados de Cervantes Saavedra, como en la México-Tacuba, ya están llenas de puestos de tortas, tacos, mariscos, frutas, chicharrones, ropa… Y es que, ya se ve, la ciudad anda siempre en esto de sobrevivir… y de especular y crear efímeras Jerusalenes del capital y del estilo. Hágase lo que se haga, y si una tragedia ecológica no decide otra cosa, la megalópolis manda: antes de que Ciudad Slim se acabe de comer Tacuba, descubrirá que sus calles ya han sido tomadas, como las viejas vías del Ferrocarril Central de Cuernavaca, por plebeyos de toda ralea como si anduvieran entonando el lema de la ciudad: “Perdón, pero ya ve que andamos en esto de sobrevivir”.

 

Mauricio Tenorio Trillo
Profesor de Historia en la Universidad de Chicago. Su libro más reciente es Clio’s Laws: On History and Language.

 

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