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En el invierno de 1630, unos aldeanos, súbditos del duque de Mantua, atraparon a un grupo de soldados que volvían a su tierra, licenciados del ejército imperial. Según el relato de Romolo Quazza, tras despellejarlos vivos, los asaron y se los comieron. Y desde luego sería por hambre, pero no sólo por hambre. La guerra de sucesión del ducado de Mantua fue uno de los muchos escenarios de la Guerra de los Treinta Años, una pieza en el implacable ajedrez del conde-duque de Olivares, Richelieu, Wallenstein, Fernando II. Los ejércitos de unos y otros pasaron arrasando el territorio una y otra vez, después llegó la peste: de los 30 000 habitantes que había en la ciudad al inicio de la guerra quedaron sólo 9000. Los soldados murieron también por miles, dos terceras partes por la epidemia.

Ilustración: Estelí Meza

En los gabinetes de Madrid, París, Viena, aquello era una guerra o se veía como una guerra: ordenada, con su racionalidad, su sentido; se trataba de linajes, alianzas, jurisdicciones. Para los campesinos de media Europa era sólo una interminable catástrofe. Los relatos de los principados alemanes son iguales a los de la península itálica. En los primeros capítulos del Simplicius Simplicissimus, Grimmelshausen evoca una escena de su infancia, el paso de un cuerpo de ejército por su pueblo: asesinatos, torturas, violaciones, robos; a nadie le importaba realmente si eran de los unos o de los otros, y hubiera dado lo mismo que fuese una partida de bandidos. Por allí pasaron sucesivamente croatas, franceses, escoceses, húngaros, suecos, cosacos, finlandeses. Con el tiempo, la guerra es sólo un vasto sistema de extorsión, y las grandes epidemias hacen presa de sociedades en que se han roto los más elementales vínculos de confianza.

El diario de Maurus Friesenegger registra la experiencia de Baviera: la peste de 1627, el saqueo del ejército sueco en 1631, la destrucción de Ratisbona, Frisinga, Augsburgo. Los soldados estaban a veces tan hambrientos como los campesinos; pasaban meses sin cobrar su paga. Permitir a las tropas el saqueo de los territorios ocupados era con frecuencia la única manera de financiar una guerra que había agotado los recursos de todos —la depredación era en el fondo un modo de vida. Y junto con la violencia aparecían las enfermedades. En el sur de Alemania, después de la guerra, llegó una nueva epidemia de tifo, la “fiebre húngara”: tres cuartas partes de las muertes de esos años fueron consecuencia de la enfermedad, hasta dos millones de muertos. Todo el ecosistema había sido alterado con las cosechas destruidas, los incendios, años de tierras arrasadas. Las epidemias se extendían sin freno: “No había medicinas ni sosiego ni pan ni camas ni paja ni hornos ni leña…”.

Al cabo de veinte años de guerra los ejércitos eran muchas veces bandas de desesperados que llevaban además una horda de acompañantes: artesanos arruinados, cientos de mujeres, niños, vagabundos, dedicados a vivir del país, colocados más allá de toda moral. Las autoridades no tenían capacidad para proteger a la población, los pueblos pagaban a los jefes para que sus tropas pasaran de largo. En muchas partes la guerra rompió la continuidad dinástica, el orden de la costumbre desapareció, sustituido por la fuerza. No había nada sagrado: la autoridad pasaba a gente que no tenía ni raíces ni estatus que diesen legitimidad a sus pretensiones.

El nuevo orden fue resultado de treinta años de guerra y de las epidemias. Las enfermedades diezmaron a una población que no tenía modo de protegerse: la peste iba por los caminos junto con las tropas, los refugiados, los bandidos. La sociedad toda había quedado destruida en buena parte de Europa. Y sobre esa nada se impuso la Paz de Westfalia y una nueva forma de autoridad mucho más inflexible, ambiciosa, radical: el Estado moderno.

 

Fernando Escalante Gonzalbo
Profesor en El Colegio de México. Sus libros más recientes: Si persisten las molestias y Así empezó todo. Orígenes del neoliberalismo

 

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