A quien nos lee,
si quieres apoyar nuestro trabajo te invitamos a suscribirte a la edición impresa.

SUSCRÍBETE

¿Es la revocación del mandato de los gobernantes y representantes una forma de profundización democrática? La respuesta no es sencilla. Sabemos que en los inicios del gobierno representativo —el antepasado de la actual democracia liberal— a finales del siglo XVIII, sus fundadores rechazaron por igual los populares mandatos imperativos (las instrucciones vinculantes que los electores daban a sus representantes) y la revocación del mandato. La idea, como señala Bernard Manin, es que en esa forma de gobierno los representantes disfrutan de una independencia parcial. Como fue concebida era incompatible con las prácticas que impiden a los representantes ser independientes. El hecho es que “ninguno de los gobiernos representativos establecidos desde finales del siglo XVIII ha autorizado mandatos imperativos o ha hecho vinculantes las instrucciones de los electores a los representantes. Ninguno de ellos ha aplicado de forma duradera la revocación permanente de representantes tampoco”.1 La revocación del mandato, en los escasos lugares donde existe, generalmente se restringe al ámbito local, como en Estados Unidos y Suiza. La única ocasión en que este recurso fue utilizado a nivel nacional en este último país fue en 1862 para disolver un parlamento liberal que deseaba terminar con la segregación territorial de los judíos. La revocación sirvió para darle autoridad política al antisemitismo.

Ilustración: Belén García Monroy

El pedigrí jacobino y radical de la revocación del mandato es impecable. Durante la Revolución francesa, en el cenit del Terror, un segmento de los descamisados intentó que el mandato de los gobernantes electos pudiera ser revocado en cualquier momento por asambleas electorales locales. La Constitución de 1793, que nunca entró en vigor, contenía una disposición de esa naturaleza. Un siglo después, la Comuna de París (1871) estableció la revocación del mandato de los miembros de su Consejo. A Karl Marx ese precedente le entusiasmó porque le pareció una invención “importante y prometedora”. Como escribió ese mismo año en La guerra civil en Francia: “En lugar de decidir cada tres o seis años qué miembro de la clase dominante debe ‘representar’ y pisotear a la gente en el Parlamento, el sufragio universal debe servirle a la gente constituida en comunas de la misma forma que el sufragio universal le sirve a cualquier otro empleador en busca de trabajadores, inspectores y contadores para su negocio. Y es cosa bien sabida que las empresas, como los individuos, cuando se trata de negocios de verdad, usualmente saben cómo poner a cada quien en su sitio y, si cometen un error, son capaces de enmendarlo rápidamente”.

A pesar de lo efímero de la Comuna —y sus dispositivos institucionales— la revocación del mandato quedó en la imaginación como una forma radical de democracia. Debido a ello es que a lo largo de más de doscientos años se han propuesto, y ocasionalmente implementado, mecanismos que permiten que los gobernados ejerzan control efectivo sobre los representantes. A diferencia de las instrucciones vinculantes, la revocación del mandato deja a los gobernantes la libertad de acción necesaria para hacer frente a situaciones impredecibles. “La revocación permanente del mandato garantiza la congruencia entre las preferencias del electorado y las decisiones de quienes detentan el poder, puesto que los votantes pueden castigar inmediatamente y despedir a los representantes por haber tomado decisiones con las que están en desacuerdo”.2 El hecho es que el gobierno representativo no tomó ese camino: las democracias bien establecidas han sido muy reacias a seguirlo. La revocación del mandato no se naturalizó en la democracia liberal porque fuera impráctico, sino más bien por razones de principio, aristocráticas, si se quiere. Eso lo sabía muy bien Marx. El escepticismo sobre esta práctica está bien arraigado. Los resultados de los experimentos ocasionales a lo largo de más de doscientos años no parecen haberlo disipado en lo absoluto. No es difícil entender por qué: su potencial de manipulación desde arriba en democracias incipientes se despliega ante nuestros propios ojos.

 

José Antonio Aguilar Rivera
Investigador del CIDE y autor de La geometría y el mito. Un ensayo sobre la libertad y el liberalismo en México, 1821-1970 y Cartas mexicanas de Alexis de Tocqueville, entre otros títulos


1 Manin, B. The Principles of Representative Government, Cambridge University Press, Cambridge, 1997, pp 165-67. Mis cursivas.

2 Ibid.

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.