Me dan miedo los elevadores. El golpe de las puertas cuando cierran me produce un temor antiguo, ingobernable. El encierro me hace sudar y perder el control aun si me siento feliz un momento antes de entrar al elevador -o si he dicho una excitante mentira, o si acabo de tener un encuentro erótico que Ovidio incluiría en su catálogo El arte de amar-. El miedo físico acompaña a otros temores: la reclusión emocional, la certeza de estar encerrado en una historia que ya no cambiará jamás. El temor a quedar preso en el pasado, un miedo simple y profundo a la memoria.
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