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Octavio Paz: Pequeña crónica de grandes días. Fondo de Cultura Económica, México, 1990, 114 pp.

Leyendo Pequeña crónica de grandes días me encontré, nuevamente, con el discurso de Paz en Francfort llamado “El diálogo y el ruido”. Recordé el escándalo que produjo su divulgación en México, a tal punto que en una manifestación de izquierda fue quemada una efigie del propio Paz. Recordé también, desde luego, que yo mismo había escrito un texto más o menos airado comentando ese discurso, pero no pude recordar lo que había pergeñado. Volví a leer el discurso de Francfort para escribir esta nota y, al cabo de su lectura me encontré un tanto perplejo, preguntándome, sin respuesta, cuál podía haber sido el motivo de la irritación que Paz produjo entonces.

No guardaba copia de mi propio texto, publicado en el muy prehistórico año de 1984, así que conseguí una copia para releerme. Descubrí, mientras lo hacía, varias cosas sorprendentes.

La primera: que el detonador de la protesta de 1984 no había sido tanto el discurso de Paz, como su difusión beligerante, restringida al pasaje centroamericano de su discurso, hecha por la televisión privada. “El diálogo y el ruido” no fue conocido completo en México sino varias semanas después, cuando lo que entonces se llamó el “linchamiento” de Paz había pasado. En mi opinión, Paz pagó entonces una factura que no era completamente suya, ya que incluía el rechazo público de diversos círculos a las posiciones políticas de Televisa.

La segunda sorpresa fue que esperaba encontrar en mi texto una postura más fuerte contra lo dicho por Paz en relación a Centroamérica. Mi posición era fuerte, pero estaba cuidadosamente matizada, creo, y me parece que era atendible. Paz escribió en su discurso de Francfort sobre la situación centroamericana.

Los actos del régimen sandinista muestran su voluntad de instalar en Nicaragua una dictadura burocráticamilitar según el modelo de La Habana. (…)

La pacificación de la zona no podrá consumarse efectivamente sino hasta que le sea posible al pueblo de Nicaragua expresar su opinión en elecciones de verdad libres en las que participen todos los partidos. Esas elecciones permitirían la constitución de un gobierno nacional. (…)

El Salvador, en plena guerra civil, ha celebrado elecciones. (…) Las elecciones de El Salvador han sido una condenación de la doble violencia que aflige a esas naciones: las de las bandas de la ultraderecha y las de los guerrilleros de extrema izquierda. Ya no es posible decir que este país no está preparado para la democracia.

Critiqué en estos párrafos lo que me parece que sigue siendo una de las debilidades de los ensayos históricos y sociales de este enorme escritor: la tendencia a omitir datos que desafían o matizan la hipnótica transparencia de sus juicios. 

A su exigencia de que hubiera elecciones “verdaderamente libres” en Nicaragua, yo contrapuse el hecho de que el gobierno nicaragüense de aquellos años había sido electo en las urnas, en comicios garantizados y observados internacionalmente. Si es verdad que el partido opositor más interesante se había negado a participar en las elecciones, también lo era que éstas se habían celebrado en medio de la guerra promovida desde el exterior y con todos los derechos ciudadanos restituidos -los derechos de huelga, amparo, expresión y libertad de prensa, que las leyes de excepción, impuestas por el gobierno, habían suprimido para hacer frente a la guerra-. Contendieron en esas elecciones siete partidos, y el Frente Sandinista ganó por el 66% de los votos, hechos y cifras que eran entonces impensables en el mundo socialista.

A la profesión de fe que hizo Paz en la ejemplaridad de las elecciones salvadoreñas, opuse los testimonios directos de Timoty Garton Ash -hoy, por cierto, el más inspirado y penetrante analista occidental de los cambios de la Europa del Este- sobre la fabricación estadunidense de esas elecciones y su desfachatada invención, por los congresistas norteamericanos asistentes, como un triunfo de la más perfecta democracia occidental. Escribió Ash: “¿Cómo puede citarse la copiosa votación como prueba concluyente de la voluntad democrática, cuando el voto fue coercitivo y la coerción obviamente respaldada por el miedo a multas o las muy familiares represalias de las fuerzas de seguridad?” (Back yard,) en The New York Review of Books, 22 de noviembre de 1984.

A la vista de los hechos posteriores, parece claro que varias de las previsiones centroamericanas de Paz no se han cumplido. Las elecciones nicaragüenses, que Paz descalificó, anunciaron mejor el porvenir que las elecciones salvadoreñas, a las que otorgó su confianza. El gobierno sandinista no se enfiló a construir una dictadura burocrático-militar, sino a nuevas elecciones, en las que aceptó democráticamente su derrota, para convertirse en la primera revolución triunfante del siglo XX que cede el poder en las urnas. Las ejemplares elecciones de El Salvador, por su parte, no pusieron fin a la guerra, ni fueron la solución política esperada. Por último, las tristes noticias de violencia, huelgas y represión que nos llegan en estos días de Nicaragua, nos indican que no bastará la llegada de la democracia a esa querida república, para establecer de una vez por todas la paz y la estabilidad. 

La tercera sorpresa de mi artículo, fue con el tema que provocó bien a bien el pasaje airado de mi respuesta. A propósito de un párrafo donde Paz deploraba que Occidente hubiera dejado de ser un ejemplo atractivo para otros pueblos, reproché su “eurocentrismo colonizado” en un tono de espantasuegras tercermundista que hoy sería incapaz de suscribir. Paz había dicho en su discurso de Francfort: “Las grandes naciones democráticas de Occidente han dejado de ser el modelo y la inspiración de las élites y las minorías de otros pueblos”.

La verdadera debilidad de su visión no estaba en mi argumento fannoniano, sino en su escepticismo, en su desengaño, que le impedían ver la realidad. Porque Paz reprochaba la inanición de las democracias occidentales, justamente en los años en que las instituciones políticas y el dinamismo económico europeo vivían su mejor momento del siglo: estaban a punto de ganar la guerra fría y volvían a ser el modelo de civilización deseable para muchos pueblos de la tierra.

El texto central de Pequeña crónica de grandes días no es el discurso de Francfort, sino los seis breves ensayos que Paz escribió para dar cuenta de las nuevas perspectivas del mundo, luego del “desmoronamiento” del imperio soviético. El tipo de omisiones que señalé en el caso centroamericano, han tenido también su efecto antiprofético en la muy larga reflexión acumulada de Paz sobre el mundo socialista. Los seis ensayos breves llamados “Pequeña crónica de grandes días”, son, en efecto, una pequeña joya de síntesis histórica, diagnóstico de la escena internacional y análisis intelectual. Son también muestra de la vitalidad y la juventud de una inteligencia. Son, finalmente, un acto de honradez o, como el propio Paz lo llama, un rasgo de “fidelidad” a sí mismo.

La visión conocida hasta ahora de Paz sobre el bloque soviético como una opresión sin fisuras, pudo decirnos poco, al fin de cuentas, sobre la verdadera transformación que maduraba en sus entrañas y que vimos precipitarse en las revoluciones de terciopelo de fines de los ochentas. Paz previó el derrumbe de ese imperio por vía de la conflagración, no de la reforma, según él mismo nos dice en el prólogo. No fue un equívoco menor, aunque Paz tampoco haya sido el único en no acertar. De hecho, nadie percibió lo inminente. Esta simple y sorprendente realidad debería hacernos dudar de casi todo lo que hemos pensado, a favor o en contra del socialismo real en las últimas décadas.

¿Por qué un fracaso tan ostensible de tantos escritores y especialistas para acercarse a lo que en verdad estaba pasando?

Quizá porque el socialismo real ha sido una zona de la fe, más que de la historia del siglo XX; una zona de la superstición y las convicciones, más que de los hechos y el estudio de la llana diversidad de lo real. Combatiéndola o defendiéndola durante más de la mitad del siglo, convertimos esa parte específica de la historia humana en una suprahistoria. Y no pudimos mirar ni entender en ella sino lo que se acomodaba a nuestros juicios previos sobre el destino del hombre en la tierra. No pudimos levantar de nuestros ojos el velo de la utopía -o de la antiutopía- para mirar simplemente la historia. Yo celebro en este texto de Paz que haya empezado a restituir su dimensión histórica -frágil, humana, imperfecta, como él mismo dice- a los países del bloque soviético, empezando por la URSS, y que los hechos hayan levantado el velo que nos impedía ver con claridad lo que en realidad siempre estuvo ahí: una historia compleja y densa, de pueblos concretos, más que una opresión demoniaca que amenazó con sus horrores la mismísima historia del hombre.

Hay, me parece, una explicación adicional en el caso de la previsión incorrecta de Paz sobre el futuro del socialismo real. El Octavio Paz de hoy es un escritor más genuinamente esperanzado que el del prehistórico año de 1984. Me parece que los acontecimientos recientes han levantado de su mirada sobre el siglo XX la lápida de escepticismo y horror que su cruzada contra el socialismo real le había impuesto, y hoy cree que nuestra historia puede tener un desenlace si no feliz, al menos razonable. Los demonios aguardan en todas partes del camino, pero el camino no conduce por necesidad al infierno.

Llegado a este punto, creo que no he dicho todas las cosas que quería decir sobre lo mucho que admiro, leo y comparto en Octavio Paz. Creo que ha dominado mis palabras el hábito de discutir con él. Lo lamento, pero no me extraña. Desde hace muchos años he leído a Paz discutiendo con él, tratando de no dejarme llevar por la seducción mayor de su prosa, tratando de poner en ese torrente hechos y ángulos capaces de interrumpirlo y devolverlo al reino, menos simétrico y deslumbrante, de la precaria historia real. Es en esa tensión donde me he beneficiado, como todos, de la obra de Paz, donde me he peleado al menos una vez injustamente con él, donde se ha convertido para mí en algo más que un autor, en una sombra crítica, en un interlocutor activo y estimulante, familiar y sorpresivo, antiguo y adolescente.

Más allá de los errores específicos que alguien pueda detectar en su obra, hay que decir que Paz ha acertado a lo largo de estos años en varias de las cuestiones fundamentales de nuestra vida política e intelectual, y que todos somos, o al menos yo, sus deudores por ello.

En primerísimo lugar, Paz acertó hace mucho tiempo en anticipar la demanda de pluralidad y democracia que hoy es, por fortuna, el centro de la vida pública del país.

En segundo lugar, acertó en su exigencia de no contemporizar con las monstruosidades políticas de los países del socialismo real, ni con sus coartadas intelectuales.

En tercer lugar, acertó en señalar las rigideces teóricas y las complicidades prácticas de las izquierdas latinoamericanas con el paradigma autoritario socialista y con las diversas ilusiones sangrientas de las vías armadas a la revolución.

El énfasis casi evangelizador que ha puesto en estas cuestiones, lo ha conducido a subestimar en sus escritos otros aspectos igualmente importantes. Pienso en el peso que han tenido las barbaridades de Estados Unidos en la vida latinoamericana. Y pienso, sobre todo, en la ausencia casi total, dentro de su perspectiva, de nuestras miserias sociales, inseparables de toda mirada cuidadosa sobre nuestra realidad. Me refiero a la pobreza, la desigualdad, la injusticia social, cuyo apremio moral es muchas veces el resorte genuino de las vocaciones utópicas, igualitaristas o revolucionarias que Paz tanto ha combatido.

Yo espero que Paz siga acertando, por último, en la mayor de sus virtudes públicas: desafiar nuestros juicios y prejuicios con los suyos, sacudir con sus palabras las cuerdas autocomplacientes de nuestra comunidad intelectual, crear esa tensión privilegiada de la polémica y el debate que él ha sabido crear en estos años como ningún otro de nuestros escritores. Espero que siga suscitando pleitos y provocando respuestas de sus críticos. Creo que encontrará en ellas, injustas o desmesuradas que sean, más estímulos verdaderos que en la sincera unanimidad de sus admiradores o en la retórica celebración de su grandeza como gloria nacional.

Espero, en síntesis, que siga siendo el escritor de carne y hueso que habita entre nosotros sin reticencias: vivo, polémico, contradecible, dispuesto a dar pleitos que podría ahorrarse. Ese es el Paz que nos ha desafiado y alimentado estos años y el que subsiste, por fortuna, en esta pequeña crónica de los grandes días que le han devuelto, en parte, el hechizo del mundo.