El Islandés pasaba los días con las manos hechas una sopa. Con todo y sus muchos años por acá, las rémoras invernales de Rejkjavic no lo dejaban. Nuestro país le seguía saliendo caluroso, pero así le gustaba. "Un país donde no se suda sin necesidad de trabajar no es país", decía. Por eso vino a principios de los setentas, y por eso se quedó sin pensarlo dos veces. Ni siquiera una. Levó amarras -de por sí muy flojas- con su patria y se quedó, primero en Nayarit y luego en el Valle de Anáhuac -por mentarlo líricamente, como a él le gustaba.
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