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a. Para crear a Adán, Dios no utilizó la tierra al azar, sino que eligió polvo puro para que el hombre pudiera llegar a ser la cima de la Creación. Actuó en verdad como una mujer que mezcla harina con agua y reserva parte de la masa como una ofrenda halla (la parte que le correspondía al sacerdote en “la primicia de la masa”): pues hizo que una niebla humedeciese la tierra y luego utilizó un puñado de ella para crear al Hombre, que se convirtió en la primera halla del mundo. Como era hijo de Adama (“Tierra”), el hombre se llamó a sí mismo “Adán” en reconocimiento de su origen; o tal vez a la Tierra se le llamó Adama en honor a su hijo. Pero algunos derivan su nombre de adom (“rojo”), constatando que fue formado con arcilla roja encontrada en Hebrón, en el Campo Damasceno, cerca de la cueva de Macpela. b. Es improbable, no obstante, que Dios empleara tierra de Hebrón, pues éste era un lugar menos sagrado que la cumbre del monte Moriá. c. Algunos dicen que Dios utilizó dos clases de polvo para la creación de Adán: uno recogido en el monte Moriá, y el otro una mezcla escogida en los cuatro rincones del mundo y humedecida en agua tomada de todos los ríos y mares existentes. d. Que para asegurar la salud de Adán empleó polvo masculino y tierra femenina. Que el nombre de Adán revela los elementos formativos de su creación: sus tres letras hebreas son sus iniciales: epher (“polvo”), dam (“sangre”) y marah (“hiel”), pues si los tres no están presentes en la misma medida el hombre cae enfermo y muere. e. Algunos insisten en que el polvo para el cuerpo de Adán fue llevado de Babilonia, el destinado a su cabeza de Israel, el destinado a sus nalgas de la fortaleza babilónica de Agma, y el destinado a sus miembros de otras regiones. f. los diversos colores que tiene el nombre son un recuerdo de esas diferentes clases de polvo: el rojo formó la carne y la sangre de Adán, el negro sus entrañas, el blanco sus huesos y tendones, y el verde oliva su piel. (Los antiguos hebreos consideraban a la que llamamos verde oliva como la tez ideal. Así se dice de Ester, en elogio de su belleza, que “su piel era verdosa como la corteza de un mirto”.) g. Empleando polvo de todos los rincones del mundo, Dios aseguró que, cualquiera que sea la región en que mueran los descendientes de Adán, la Tierra los recibirá de vuelta. De otro modo, si un oriental viaja al Occidente o un occidental al Oriente, y le llegase la hora de la muerte, la tierra de esa región podría exclamar: “Ese polvo no es mío, no voy a aceptarlo. Regrese, señor, a su lugar de origen”.

Fuente: Robert Graves / Raphael Patai, Los mitos hebreos. Versión española de Luis Echávarri, revisión de Lucía Graves. Alianza editorial, Madrid, 1986.