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Hay momentos incómodos para un agnóstico. Los más extraños son los que ocurren fuera del radar de la vigilia. Por ejemplo, en esta cuarentena de más de año y medio, o sea como de 550 días, a veces he tenido sueños inquietantes. No llegan a ser pesadillas metafísicas, porque en el universo onírico no existe esa coherencia racional que lleva a los ateos a convertirse y a los creyentes a renegar de Dios. No, se trata de una cosa más liviana y más cáustica. En uno de esos sueños una persona entrañable me mira a los ojos —no recuerdo exactamente el contexto— y después dice con voz grave: “Tengo que decirle algo a Dios”. En la vigilia, esta afirmación mueve a risa, pero en el sueño había una gravedad, un peso, que no tenía nada de gracioso. Era una protesta inconmensurable contra el destino. Ahora puedo pensar en varios chistes a propósito de esa pretendida interlocución con la divinidad, pero el sueño capturaba una fatalidad o, mejor dicho, una revuelta contra la fatalidad, que me hizo despertar súbitamente, los ojos bien abiertos y una palpitación en el pecho. Alguien en ese mundo de los manes se rebelaba contra el orden inamovible de las cosas, contra el mundo como es.

Ilustración: Belén García Monroy

Esa misma sensación de asedio de lo metafísico me sorprendió de nueva cuenta una mañana como cualquier otra. Salí a comprar champiñones. No me gustan particularmente los champiñones, pero confieso que salteados con mantequilla y con filetes de huachinango, vieiras, camarones y nata son sublimes. Decía que no había champiñones para la receta de lenguados del chef. Es la misma receta que preparé para mi padre la última vez que comí con él, pero ésa es otra historia que no viene a cuento ahora. Se requerían champiñones, así que salí a comprarlos a la recaudería del pueblo que está a un kilómetro de mi casa. Verdulería Rick, se llama el estanquillo. La caminata es un buen ejercicio y yo lo necesito. Así que caminé con paso apresurado —para qué perder tiempo— y llegué al changarro con apenas una gota de sudor en la frente. Tomé un puñado de hongos y comencé el camino de vuelta, que tiene la ventaja de ser cuesta abajo y muy descansado. Cuando descendía por la última calle empedrada, de la nada salió una diminuta niña de unos ocho años enfundada en una gruesa chamarra morada. Era muy delgada, morena y de pelo lacio. Comenzó, para mi sorpresa, a caminar a mi lado sin decir palabra. De pronto se detuvo, se volvió a mirarme y me preguntó: “¿Vas con don Poli?”. No sabía quién era don Poli, así que respondí: “No, voy más abajo”. Ella sin detenerse soltó: “Oye, ¿y tú crees en Dios?”. Se me resbaló la bolsa de champiñones y me detuve en seco. A diferencia de lo que uno habría podido hacer frente a un inquisidor alevoso, ahí no había escapatoria alguna. Ni tiempo de pensar. Tal vez, porque ni siquiera se trataba de una pregunta teológica o existencial. Era algo más que eso. Respondí sin saber por qué: “Sí”. Fue un relámpago de sinceridad; una respuesta arrancada por una inocencia alevosa. No satisfecha, ella contraatacó: “¿Y los otros?”. “No todos”, repliqué. Carajo, dije para mis adentros, me he topado con la Principita. “¿Y eso, pues?”. Me quedé sin palabras. Sólo atiné a echar mano de un acervo absolutamente inapropiado. Mis palabras sonaron ridículas al momento mismo de pronunciarlas: “No todas las personas piensan igual”. Levantó la mano sin convencimiento, se dio la media vuelta y se metió a su casa. Apreté la bolsa de los champiñones y proseguí mi camino. Tenía una cita con el destino, es decir, con los lenguados del chef.

 

José Antonio Aguilar Rivera
Investigador del CIDE y autor de La geometría y el mito. Un ensayo sobre la libertad y el liberalismo en México, 1821-1970 y Cartas mexicanas de Alexis de Tocqueville, entre otros títulos