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Cuenta Julian Barnes que entre los recortes de periódicos que guardaba Gustave Flaubert había uno que pensaba utilizar en la segunda parte de Bouvard et Pécuchet que nunca concluyó. Se trataba de una historia singular publicada en 1863 en L’Opinion nationale. Dice Barnes que Flaubert, afecto a las “rarezas, imbecilidades y citas autodescalificadoras”, pensaba utilizar la nota con intención sardónica. (El loro de Flaubert. Traducción: Antonio Mauri, Anagrama, Barcelona, 1986).

Ilustración: Alberto Caudillo

La historia empezaba así: “En Gérouville, cerca de Arlon, vivía un hombre que poseía un loro magnífico. Era su único amor. De joven había sido víctima de una infortunada pasión. La experiencia lo convirtió en un misántropo, y últimamente vivía solo con su loro. Le había enseñado a pronunciar el nombre de la novia que le había abandonado, y el loro lo repetía cientos de veces diariamente. Aunque eso fuese lo único que sabía hacer el pájaro, a los ojos de su propietario, el infortunado Henri K…, esta demostración de talento compensaba sobradamente sus limitaciones. Cada vez que oía el nombre sagrado pronunciado con la extraña voz del animal, Henri se estremecía de júbilo; para él, era como una voz proveniente del más allá, una voz misteriosa y sobrehumana”.

El loro repetía el nombre que Henri quería oír. Era para él una necesidad superior a sus fuerzas y ya sabemos que la auténtica necesidad es precisamente eso, algo que se quiera o no hay que atender. No es un asunto optativo. Una ausencia irreparable que sólo reaparecía ante él en la voz del pájaro. De tal suerte que lo dicho por el animal creaba en Henri una fascinación letárgica. No importaba que fuera su única gracia, le decía exactamente lo que deseaba escuchar. Y ello le producía una inmensa y oceánica satisfacción. Le parecía “una voz misteriosa y sobrehumana”, no sólo reconfortante sino mágica.

Las palabras pueden ser seductoras, envolventes. Utilizadas con destreza suelen atraer como imán. Pueden ser convincentes y establecer entre el que habla y el que escucha una relación de hechizo e incluso de subordinación. Pero el loro sólo repite la misma palabra, lo hace una y otra vez. Y lo asombroso es que esa reiteración cansina ejerce sobre Henri un poder de atracción no sólo invariable sino incremental. Hay algo hipnótico en decir lo mismo de manera incansable. Como si esa manera machacona de invocar a la ausente tuviera una fuerza de persuasión superior a cualquier intento de innovación. Escuchar hasta el infinito lo mismo parece generar un placer sedante. Se trata de la seguridad que ofrece la ausencia de sorpresa, la certeza de saber que ahí estará el loro repitiendo lo añorado.

Sigue la narración: “(…) el loro comenzó a adquirir para él una extraña significación, era como un pájaro sagrado: al tocarlo lo hacía con un profundo respeto, y se pasaba horas contemplándolo con éxtasis. El loro, devolviendo impávidamente la mirada de su amo, murmuraba la palabra cabalística, y el alma de Henri se empapaba del recuerdo de su felicidad perdida”.

El loro da a Henri algo que nadie más puede ofrecerle. Una forma de recuperar su “felicidad perdida” con sólo nombrar a su amor extraviado. Por ello lo sacraliza. No sólo lo quiere y requiere, sino que lo convierte en una especie de Dios que, por supuesto, lo vuelve dependiente y sumiso, pero contento y agradecido. Se invierten los papeles: el amo se convierte en el siervo; el pájaro, en el inicio dependiente de su dueño, ejerce sobre éste un poder que lo somete.

No contaré el final de la historia. Quien quiera saber el desenlace puede asomarse a las páginas del libro antes citado.

 

José Woldenberg
Escritor y ensayista. Su más reciente libro es Contra el autoritarismo.

 

4 comentarios en “Fascinación por un loro

  1. Es de dimensiones antropológicas, por lo menos, la relación que los seres humanos llega a establecer con otras especies, creo recordar que en Mercader de Venecia se menciona a un mono; en fin la mitología está llena de eso, o bien, la muy onteresante historia de Jonás. Pero bueno, de regreso al loro estå el de Crusoe y por lo que sabemos los loros aprenden a hablar por inmersión como loz humanos, por lo cual no aprenden una única palabra, sino más.

  2. En nuestros días, millones de gentes hipnotizadas por lo que dice un loro que ahora vive en un palacio…