A quien nos lee,
si quieres apoyar nuestro trabajo te invitamos a suscribirte a la edición impresa.

SUSCRÍBETE
El mismo polvo (Dharma Books, 2021) es el nuevo libro del escritor mexicano L. M. Oliveira. Colección de relatos que también configura una novela sobre la visión y la revelación mística —que experimenta el narrador en una catedral de Belgrado— bajo los auspicios de Borges y de Blake. Como en las siguientes páginas, los personajes del libro se enfrentan a profundos dilemas que sacan a relucir los abismos, luces y sombras de la condición humana.


Vi las sombras oblicuas de unos helechos en el suelo de un invernáculo y copos de nieve agolpándose sobre su techo traslúcido. Bajo los cristales nevados caminaba el profesor Watanabe, acompañado de Victórico García. Charlaban de la expedición que emprenderían a la selva amazónica peruana el siguiente otoño. El japonés se detuvo frente a una orquídea muy extraña, cuyas flores parecían mantis religiosas con rayas de tigre. Su mente se alejó de la charla y pensó en la manera tan precisa en que la naturaleza repite sus formas en plantas, insectos, estrellas. Señaló la flor:

—Mire, es de su país, una Brassia aurorae, los amazónicos creen que trae buena suerte —dijo Watanabe.

Pero García apenas puso atención, estaba demasiado preocupado con los planes que diseñaban. Ir a buscar en medio de la selva las ruinas de una cultura perdida hacía siglos era emocionante pero, sobre todo, peligroso. Tendrían que lidiar con la naturaleza y, quizá, con traficantes de droga. Así que no había tiempo que perder mirando orquídeas. Y en esas andaba cuando un grillo saltó de una hoja y le pegó tremendo susto.

Después de soltar una carcajada, Watanabe dijo:

—¿Y así quiere viajar a la selva?

—Solo me disgustan algunos insectos.

“Qué pena cómo la vida urbana nos ha alejado de la naturaleza”, pensó el profesor con tristeza, al constatar los temores de su alumno.

Los investigadores querían hallar el sitio arqueológico en plena selva para probar de una vez por todas la hipótesis central del artículo más famoso de Watanabe, donde el notable profesor, después de estudiar los pocos utensilios conocidos de aquel pueblo, sostuvo que parecían tener influencia japonesa. Si lograban corroborar aquello con objetos que sustentaran la idea, cambiarían la manera en la que contábamos la historia: probada la influencia japonesa en la cerámica de esa cultura perdida en la historia, podría plantearse que los japoneses navegaron hasta América antes que Colón. Tanto Watanabe como García sospechaban dónde encontrar las ruinas que buscaban. Esa tarde nevosa siguieron repasando los detalles del plan que habían ideado durante años.

* * *

Todo comenzó cuando vio la luz el mentado artículo de Watanabe en una revista muy reconocida. Victórico, después de leerlo, escribió al profesor para decirle que acababa de doctorarse en Columbia University con una tesis sobre los pueblos de la Amazonia peruana, que era precisamente donde se encontraron los restos a partir de los que Watanabe hizo su investigación, y que le encantaría colaborar con él. Watanabe se sintió lleno de júbilo al recibir la comunicación y pidió a García que le mandara su tesis doctoral.

Después de leer en un sólo fin de semana el trabajo de trescientas páginas, emocionado, Watanabe decidió invitar a García a realizar una estancia posdoctoral en la Universidad de Tokio. La idea era que planearan juntos el protocolo de una futura investigación, esa que estaban a punto de emprender. Victórico, que aún no conseguía una cátedra, aceptó viajar a Japón e instalarse en la capital. Pronto se dieron cuenta de que además de sus intereses académicos compartidos, veían la vida de manera muy similar. Pese a que uno era japonés y el otro peruano, entendían la camaradería y el trabajo de la misma manera. Así que entre ellos no solo floreció el vínculo profesional sino una profunda amistad. García se convirtió en el consentido de la familia Watanabe. Tanto Hanako, la esposa, como Hatsu, la hija, y Arata, el hijo más pequeño, lo apreciaban mucho. Incluso Watanabe y Hanako hablaron con ilusión de la idea de que se enamorara de Hatsu y fuera correspondido. Pero no sucedió jamás, al parecer Victórico sólo tenía interés en el trabajo, pues nunca le conocieron un amor. ¡Qué jamás de jamases su jamás!

Viajaron a Perú algunas veces antes de lanzarse a conquistar la Selva Alta. Centraron su investigación en revisar documentos coloniales que dieran fe de la existencia del asentamiento que buscaban. Los vestigios en los que se basó Watanabe para sugerir la posible influencia japonesa en los artilugios de aquel pueblo, eran unas vasijas rotas que aparecieron en Iquitos, a finales del siglo XIX. Los llevaba en su embarcación un explorador holandés que bajaba el Amazonas, y que pereció de malaria apenas alcanzó el puerto. Las vasijas fueron olvidadas en algún lugar de la municipalidad de Iquitos, hasta que un museólogo las rescató, para mostrarlas en el Museo Amazónico de la ciudad.

Por supuesto, Watanabe y García se entrevistaron con el museólogo y buscaron en diversos archivos pistas del holandés. Nunca se encontró su bitácora y, por ello, su identidad jamás pudo ser corroborada: era uno más de los fantasmas de la historia. Sin embargo, el museólogo les habló de algunos papeles que sí sobrevivieron. Siguiendo el rastro de aquellas anotaciones, dieron con un mapa borrado por el tiempo, que al margen decía algo de un tal Jorge Trujillo. Según los expertos de Iquitos, respondió a ese nombre un explorador del siglo XVIII que se dedicó a buscar El Dorado en esa parte del Amazonas peruano; se decía, aunque nadie las había visto, que Trujillo escribió largas cartas describiendo los pormenores de su viaje. Se hizo menester hallarlas. El siguiente paso en la investigación de Watanabe y García fue viajar a España para buscar en el Archivo General de Indias algún documento que diera señas del tal Trujillo.

Alquilaron un piso en Sevilla y pasaron ahí casi un año, revisando meticulosamente el archivo. Acudían todos los días muy temprano, comían en las inmediaciones algo frugal, y volvían a trabajar en los documentos hasta las seis de la tarde. Entonces caminaban al bar que estaba en la esquina de su departamento y departían dos o tres horas, mientras tomaban un par de cañas. Los excesos no eran parte de su idiosincrasia. Hablaban de sus hallazgos como si comentaran libros de aventuras. Y es que buena parte de los documentos del Archivo de Indias eran la crónica de aque- lla gran empresa de descubrimiento y conquista, que dio comienzo a finales del siglo XV. Trabajaron arduamente hasta que, por fin, encontraron lo que buscaban: una referencia a Trujillo. Aquel explorador resultó ser un jesuita que a la vez que buscaba El Dorado intentaba evangelizar pueblos del Amazonas, con poco éxito. Lo más probable era que sus cartas, si aún se conservaban, estuvieran en Roma.

Las credenciales de Watanabe les abrieron los archivos vaticanos. Así que pasaron otros tantos meses cerca de San Pedro. Siguieron una rutina muy similar a la que llevaron en Sevilla: trabajar, comer, trabajar, y al final de la tarde beber dos cervezas y repasar sus hallazgos. Una mañana Watanabe dio con las cartas del jesuita. En efecto, Trujillo hablaba de cómo en su camino se topó con las ruinas de la que, siglos antes, fuera una gran aldea. Se encontraban a dos días de la cuenca de uno de los afluentes del río Marañón, en medio de la selva. El jesuita nunca reportó el nombre del río, quizá porque no lo conocía, o no había sido nombrado por los occidentales, pero indicaba que descendió por sus aguas hacia el Marañón. Vieron los mapas y concluyeron que por las descripciones de Trujillo, aquel afluente sólo podía ser el río Santiago. Era probable que los vestigios de la aldea que buscaban se encontraran en el interior de la que hoy se conocía como “zona reservada Santiago-Comaina”.

El profesor Watanabe se alegró muchísimo con el hallazgo y sugirió comenzar a planear una incursión en la reserva. Por un momento, García sospechó que Watanabe no era consciente de la magnitud de la selva: miles y miles de hectáreas de árboles, plantas y bestias. Pero Watanabe era muy consciente y no pensaba penetrar la jungla sin antes planear a detalle la expedición. Sugirió utilizar unos escáneres que los ingenieros de la universidad de Tokio llevaban años perfeccionando. Se habían empleado por primera vez en México, hacía no más de un semestre, para buscar monumentos mayas en la selva Lacandona. Los aparatos se montaban en una avioneta que sobrevolaba la zona que se quería investigar. Según las consultas del profesor, el resultado había sido sorprendente, pues detectaban con precisión estructuras hechas por humanos. El método se volvió enseguida todo un hito muy reportado en números recientes de varias revistas científicas. Quedó muy satisfecho con las posibilidades que abrían los escáneres.

* * *

Victórico García puso cara de felicidad cuando se subió a la avioneta y se ajustó el cinturón de seguridad. Watanabe le dio una palmada en el hombro y sonrió. Se miraron con complicidad mientras el muchacho que operaría el escáner cerraba la puerta y se acomodaba en su asiento. Cuando despegaron apenas salía el sol, la selva se veía inabarcable por las pequeñas ventanillas de la aeronave: como un océano verde. Lo que en un principio parecía una aventura resultó bastante aburrido, pues la avioneta peinó durante horas la selva, por varios días; después de todo, se trataba de levantar un mapa. Los escáneres guardaban la información hasta que, ya en tierra, el operador la ingresaba en una computadora. Ahí se iba formando el plano, que a los ojos de García y Watanabe era absolutamente ilegible.

Semanas después de que terminaron de mapear la selva, ya de vuelta en Japón, por fin el líder del equipo técnico se acercó para mostrarles varias zonas donde sin duda había restos de viejas civilizaciones, una era especialmente grande y estaba a unos quince kilómetros del río señalado por Trujillo, así que les pareció que aquel era el lugar en el que deberían centrar sus esfuerzos.

La segunda etapa de la planeación consistió en trazar con detalle la ruta que habrían de seguir. Ni Watanabe ni García eran exploradores y la Selva Alta resultaba especialmente complicada. Por ello necesitaban encontrar un camino que les permitiera estar el menor tiempo posible en el interior de la selva. Después de meses de averiguaciones concienzudas decidieron la que les parecía mejor ruta: llegarían a Santa María de Nieva y ahí se embarcarían para seguir el río Marañón hasta Teniente Pinglo, donde remontarían unos cuarenta kilómetros el río Santiago. Los acompañarían tres guías para indicar el norte, abrir camino y ayudar a enfrentar cualquier adversidad que surgiera.

* * *

Por fin viajaron a Lima y trabajaron arduamente en los trámites del viaje. Cuando Watanabe y García tenían casi todos los preparativos y permisos listos, un empleado del Ministerio de Salud del Perú se comunicó con ellos para informarles que en la “zona reservada Santiago-Comaina” se habían avistado, recientemente, cantidades alarmantes de Phyllobates terribilis. Esta especie era mejor conocida como rana dardo dorada: anfibio ponzoñoso, endémico de la costa colombiana del Pacífico. Les explicó que la rana difícilmente pudo migrar desde el océano y cruzar la cordillera. Lo más probable era que los traficantes de coca la introdujeron de manera accidental en alguno de sus viajes entre esa zona del Perú y el Pacífico de Colombia, vía Ecuador. Lo grave, continuó, era que las condiciones climáticas de la reserva resultaron idóneas para el desarrollo de la especie. Por eso se reprodujo de manera tan alarmante. El veneno de toda la familia de ranas dardo dependía de su alimentación. En cautiverio, por ejemplo, dejaban de ser peligrosas. Y sucedió que esta especie sintetizaba de las hormigas y escarabajos que había en la región una ponzoña más potente todavía que la que sintetizaba en Colombia. El puro contacto del anfibio con la piel humana constituía un alto peligro. En unos minutos los químicos de su epidermis producían parálisis y, si no se atacaba con el antídoto adecuado, la muerte. El burócrata quedó de enviarles varias ampolletas que el gobierno peruano acababa de comprarle a una farmacéutica suiza, por si tenían la mala suerte de toparse con uno de estos especímenes. Recibieron el medicamento en una caja de veinte ampolletas oscuras, de unos cinco centímetros de alto.

Según el más estricto protocolo, bajo el que prefería conducirse el profesor, empacaron en el vehículo la caja de antídotos junto con el resto de instrumentos, equipo y viandas. Además, Watanabe llevaba un arma de fuego, en caso de que requirieran defenderse de algún animal o asaltante. Se subieron al jeep y partieron por carretera hacia el Amazonas. Nueve horas después de su salida llegaron a Trujillo, donde pasaron la noche. Hicieron escala en dicha ciudad no sólo por su ubicación a mitad del camino, sino para honrar a Jorge Trujillo y agradecerle simbólicamente por las pistas que dejó en sus cartas, aunque el nombre de la ciudad no se relacionaba con aquel explorador sino por coincidencia. Al día siguiente partieron hacia Bagua. El camino para atravesar la cordillera era lento, lleno de pendientes tortuosas, curvas y puentes estrechos. Tardaron más de doce horas en llegar. Sin embargo, pese al cansancio, estaban animados: la selva amazónica vivía a unos cuantos pasos. Bagua estaba a la vera del río Utcubamba, que era afluente del Marañón, que a su vez lo era del Amazonas. “Así que en algún sentido”, pensó Watanabe mientras trataba de dormir, “el Utcubamba es el Amazonas. Pero, al mismo tiempo, no, así como la infancia es afluente de la vejez y sin embargo infancia y vejez son bien distintas”.

La carretera 5N avanzaba por la orilla del Marañón hasta que de pronto se desviaba para pasar por Chiriaco. Más adelante, después de atravesar el pueblo, buscaba de nuevo el cauce del río y lo acompañaba unos pocos kilómetros. Entonces el camino se alejaba de las aguas para volverse definitivamente selvático, solitario. Río y vereda apenas se hallaban de nuevo en Santa María de Nieva, para no verse nunca más.

Santa María era un pequeño poblado a la orilla del Marañón. Las calles estaban repletas de motos. La tierra era roja, la selva sudaba y rugía. Cuando llegaron, dos trascabos arremetían contra la jungla. Watanabe miró aquella devastación y sintió un hondo penar. La destrucción de la naturaleza lo afectaba porque estaba convencido de que había un hilo de plata que fluía por el espacio y unía a todos los seres vivientes: “Sólo se debe matar en defensa propia y comer es una forma de defensa propia; pero no existe otra razón para terminar con ninguna vida”, solía pensar. Las calles principales eran de cemento y estaban pintadas del polvo rojo de la tierra amazónica, que también coloreaba el río, dejándolo marrón.

Se hospedaron en un hotel que miraba hacia el Marañón. Desde las habitaciones se veía fluir su cauce robusto. Todas las paredes del restaurante eran de vidrio. De noche, río y selva eran una sola sombra. Pero a la mañana siguiente, cuando Watanabe, García y los tres guías se sentaron a desayunar, la vista resultó cautivadora, no por la belleza del paisaje, que desde ese punto no era tan llamativa, sino por la inmensidad del río Amazonas que apenas les enseñaba una de sus lenguas: el Marañón y sus aguas turbias. García se veía inquieto. Watanabe intuyó el motivo: le temía a las ranas dardo.

Después del desayuno acomodaron todo el equipo en una lancha que tenía varias filas de asientos y un toldo de plástico rojo que protegía del sol y la lluvia. Cuando iban a embarcar los antídotos, Watanabe detuvo la operación porque decidió tomar una ampolleta y dársela a García, que sonrió al percatarse de lo bien que lo conocía su Sensei, como le decía de cariño. Se la guardó en una de las bolsas del chaleco.

El lanchero, por supuesto, iba junto al motor, los guías se sentaron en las filas que le seguían. En cambio, Watanabe y García se acomodaron al frente, para ver pasar la jungla. Muy pronto la neblina, que aún no se levantaba, los devoró y ensombreció su camino. Sentí las ansias de Watanabe. Era imposible permanecer impávido ante ese abismo verde y nebuloso. El espíritu del profesor japonés estaba entregado a lo sublime: ese pasmo que dan el pavor y la atracción ante lo absoluto.

Cuando se esfumó la neblina brotó la selva a cada una de las orillas del Marañón. El motor de la lancha apenas entorpecía el estruendo maravilloso de esa jungla impene trada. Era un zumbido minúsculo que le daba dimensión a la pequeñez de esa embarcación que se entrometía con la gloria absoluta y frágil de la naturaleza indómita. La conciencia de nuestra ínfima proporción, que a Watanabe lo sublimaba, trajo a su mente los trascabos de la tarde anterior, y su corazón se ensombreció.

Después de varias horas de travesía por ese pasillo verde y marrón, vieron al lado izquierdo del cauce la desembocadura y, ahí mismo, sobre la vera, Teniente Pinglo, una pequeña aldea amazónica. El lanchero les avisó que comenzaría la maniobra para remontar el Santiago: pegó la lancha a la ribera opuesta para enfrentar de cara las aguas del afluente, que no se veían poderosas pero, según el conductor, sí lo eran. Acomodó la punta, les pidió que se agarraran bien, y aceleró. Cruzaron el Marañón y penetraron con éxito el Santiago. Unos niños de Teniente Pinglo se acercaron a la orilla y corrieron tras la lancha, saludando a los exploradores que se adentraban en la “zona reservada Santiago-Comaina”.

El río Santiago era más estrecho que el Marañón y por ello la selva se sentía tupida, oscura y peligrosa; primigenia e inhumana; antiparaíso, laberinto en el que por contraste se entendía el desierto, la tundra y el mar: la selva era el infinito contenido. Watanabe recapacitó sobre esa idea contradictoria y comprendió que la selva, en toda su gloria, era bien capaz de contener el infinito.

Por fin el GPS les indicó que estaban en el área en la que debían desembarcar. La orilla se veía francamente inaccesible, cubierta de grandes matas y enredaderas. Además era escarpada. Los guías saltaron de la lancha abrieron brecha a machetazos, hasta que resultó posible bajar el equipo y adentrarse trabajosamente en la espesura. Los árboles ape- nas dejaban entrar la luz que iluminaba de forma tenue el piso, en donde crecían helechos y una gran cantidad de árbo- les tiernos; también enredaderas y matas de hojas inmensas y una cantidad inusitada de orquídeas. A Watanabe le habría gustado mirarlas con calma. Hallaron hormigas inmensas y en la copa de los árboles una familia de monos ardilla.

Abrir camino era laborioso y pronto entendieron que pasarían en la selva más de una noche. Gracias a la minuciosa planificación iban bien preparados para aquel imprevisto. Después de adentrarse unos kilómetros Watanabe vio en un árbol una Brassia aurorae y le pareció señal de que aquel era el sitio adecuado para establecer su campamento. Y la hora también era correcta. El guía más sabio no estaba de acuerdo, pero lo convenció la fuerza del buen augurio que simbolizaba la Brassia aurorae. Primero hicieron un claro a machetazos y luego levantaron tres tiendas de campaña: una para Watanabe y García, otra para los guías y una tercera, muy pequeña, para guardar el equipo y las provisiones.

Antes de que se pusiera el sol, todos estaban resguardados en sus tiendas. Watanabe y García sentían un terrible agotamiento. Aún así, como fue su costumbre en Sevilla y en Roma, charlaron un poco sobre las vivencias del día, mientras cenaban comida enlatada. Watanabe habló de la infinitud contenida, de la inmensidad interconectada, de la fuerza de la vida toda junta. Al escucharlo, García sintió un orgullo muy patriotero, como si tuviera motivo para enorgullecerse de la Amazonia. Watanabe lo percibió y dijo que era más acciden- tal un país que una selva. Sonrieron, pero por más que les hubiera gustado seguir su conversación, se encontraban aturdidos. Resultaba difícil acomodar la selva en la conciencia, así que decidieron guardar silencio y descansar. Pronto cayeron en un sueño profundo.

Y entonces sucedió lo imprevisto: cuando se hallaban en las honduras del sueño, un terrible estruendo y un cimbrarse de la tierra los despertó. García se levantó de un salto, tomó una de las linternas y salió para averiguar qué pasaba: descubrió que un árbol inmenso se había derrumbado sobre las otras tiendas de campaña. Su tronco tendría fácilmente dos metros de diámetro. La carpa de los guías quedó bajo el árbol, la de las viandas y equipos apenas asomaba una esquina. García se acercó y encontró en el piso, cerca del árbol caído, una rana dardo dorada. En ese momento Watanabe salió de la tienda y quedó boquiabierto ante la tragedia. Sentí su espíritu herido por los guías muertos, por el inminente fracaso de la expedición y, sobre todo, porque fue él quien propuso acampar en ese sitio contra la opinión del guía más sabio; su culpa era inmensa. Cuando Victórico alumbró a Watanabe vio que estaban parados en un mar de ranas que saltaban del árbol caído. Se palpó el bolsillo del chaleco y sintió la ampolleta que le había dado el profesor antes de subirse a la lancha. Y entonces entendió que era la única que quedaba. Varias ranas saltaron sobre ellos en su huida y tocaron sus manos desnudas, sus caras; y en menos de un minuto desaparecieron en la oscuridad de la noche y de la selva. El primero sacó la ampolleta al mismo tiempo que el segundo desenfundó la pistola. Los dos eran conscientes de que sólo podía salvarse uno de ellos.

—Ni se te ocurra abrirla, que te disparo —dijo Watanabe, que si bien quería a García casi como a un hijo, no iba a dejarse morir para salvarlo. Mientras le apuntaba comenzó a sentir que el veneno paralizaba sus dedos. Entonces movió la pistola de forma amenazante—. Siéntate y déjame pensar —ordenó.

—No tenemos mucho tiempo, Sensei, se me están paralizando las manos —dijo García.

Watanabe se preguntó, como pocos harían, sobre la forma en la que debía proceder: ¿darle un balazo a su alumno y tomar la ampolleta o meterse la pistola en la boca y disparar? No apreciaba bien la solución de aquel dilema. Si mataba a Victórico tendría que cargar con la culpa de asesinarlo; si no lo hacía, pronto el veneno de la rana consumiría su vida.

Después de recapacitar brevemente, el profesor tomó la decisión de suicidarse, le parecía lo más honorable, ¿qué derecho tenía de arrebatarle la ampolleta a García? Así que, con una fuerza de voluntad tremenda, luchó contra la tristeza para llevar la pistola a su boca. Antes de tirar del gatillo, una ráfaga de recuerdos se apoderó de su conciencia: lo vi cargar a Hatsu, cambiarle los pañales, besarle la mejilla, enseñarle trazos para mejorar los esbozos de flores que hacía. Lo vi planear juegos con Arata, su chiquito; llevarlo a la escuela en un carro de madera y también vi la primera vez que charlaron, con cervezas en mano, del corazón roto del muchacho adolescente, en un juego de beisbol. Ante esas imágenes, Watanabe cambió de parecer, empuñó la pistola, apuntó a la sien de su alumno y disparó. El estruendo de aquel tiro colmó la noche. La justicia no existe o no es humana.

 

• L. M. Oliveira, El mismo polvo, México, Dharma Books, 2021, 126 p.

 

L. M. Oliveira
Novelista y ensayista. Es autor de: Las buenas costumbres y Árboles de largo invierno, entre otros libros.

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.