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La figura de la muerte era ya conocida hacía siglos en más de una forma dentro de una representación plástica y literaria: como caballero apocalíptico galopando sobre un montón de hombres yacentes en el suelo, como Megera con alas de murciélago que se precipita, así en el Campo Santo de Pisa, como un esqueleto con una guadaña o con una flecha y un arco, marchando en un carro tirado por bueyes, y, finalmente, cabalgando sobre un buey o sobre una vaca. Pero la fantasía no tenía bastante con la figura personificada de la muerte sola.

En el siglo XIV aparece el notable término de macabre, o como se decía primitivamente: Macabré. Je fis de Macabré la dance, dice en 1376 el poeta Jean Le Fèvre. Es un nombre propio, cualquiera que sea la muy discutida etimología de la palabra. Sólo mucho más tarde se ha abstraído de La Danse macabre el adjetivo, que ha llegado a tener para nosotros un matiz de significado tan preciso y peculiar que podemos designar con el término macabro la visión entera de la muerte que tenía la última Edad Media. En nuestra época [comienzos del siglo XX] puede encontrarse aún el concepto de la muerte en la forma de lo macabro, principalmente en los cementerios de aldea, donde todavía se percibe su eco en versos y figuras. Hacia el final de la Edad Media ha sido esa interpretación un gran pensamiento cultural. Con ella entra en la representación de la muerte un nuevo elemento de fantasía patética, un estremecimiento de horror, que surgía de esa angustiosa esfera de la conciencia en que vive el miedo a los espectros y se producen los escalofríos de terror. La idea religiosa, que lo dominaba todo, lo tradujo enseguida en moral, lo convirtió en un memento mori, haciendo, sin embargo, uso gustoso de toda la sugestión terrorífica que traía consigo el carácter espectral de aquella representación.

Fuente: Johan Huizinga, El otoño de la Edad Media. Versión española de José Gaos. Alianza Universidad, Madrid, 1978/1996.

 

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