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Recuerda el doctor Laguna [humanista segoviano del siglo XVI] que las sirenas apetecían las riberas de los ríos o los sotos frescos del piedemonte serrano. Y sostiene que los frailes de San Pedro de Arlanza aprohijaron una en el siglo XV. Debió de llegar ahí remontando el curso del río Duero y luego el del Arlanza; siempre a contracorriente, como una brava salmona. Por su condición femenina, el prior, urgido por los monjes, solicitó dispensa a Roma para darle cobijo bajo su techo. Se cree que, tras pacientes jornadas, le inculcaron las reglas de la monástica y que vivió como una cartuja recalcitrante, repartiendo sus horas entre el estanque, los claustros umbríos, algún chapuzón en el Arlanza vecino y, en las escasas horas de asueto, se entregó al bisbiseo de los rezos y a su gran pasión: el canto gregoriano. La vida monacal hizo de ella una auténtica virtuosa. Cabe pensar, no obstante, que despertara pasiones lúbricas y secretas entre los frailes. Cuando murió fue enterrada en un sepulcro de la capilla mayor en olor de santidad.

Fuente: Ignacio Sanz, “Genealogía de las sirenas castellanas”. (Carlos García Gual, Sirenas. Seducciones y metamorfosis. Turner Noema, Madrid, 2014.)

 

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