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[En mayo de 1871 le prendieron fuego al Ahuehuete de la Noche Triste, conocido así por la noche del 10 de julio de 1521, como un acto contra “Hernán Cortés y los españoles”; los trabajadores del Distrito no podían apagarlo con las bombas contra incendios porque “el fuego había hecho del corazón del árbol un cráter”.] Entonces el ingeniero Vera comprendió que era indispensable arriesgarlo todo para dar el ejemplo, y subió al árbol exhortando a los operarios a seguirlo. Media docena de muchachos atrevidos lo siguió con un valor heroico. Una vez vencido el primer peligro, era preciso tapar algunas grietas enormes por donde el humo se escapaba a torrentes. Subióse lodo y se hizo la operación en un momento; de este modo se pudo respirar con más facilidad. Pero aún quedaba por hacer lo principal, subir la bomba más allá todavía para dirigirla por el interior del árbol de arriba hacia abajo. La ascención a la parte superior del tronco era una empresa terrible. Colocáronse varias escalas allí donde la corteza no presentaba sinuosidades que sirviesen de apoyo al pie o la mano. Los operarios vacilaban, las escalas estaban mal sujetas; como era natural, el humo impedía ver bien, el aire balanceaba los ramajes, la altura causaba vértigos. De repente, un joven indio como de veinte años, pero en cuya mirada fiera podía adivinarse la sangre de los antiguos guerreros de la Noche Triste, de los antiguos soldados de Cuitlahuatzin, arrojando su sombrero de palma y sacudiendo su profusa cabellera negra, empuñó el extremo de la bomba, lo ató a su cinturón y ligero como una ardilla, aprovechándose de la más pequeña oquedad de la corteza del tronco, balanceándose a veces en el vacío y otras agarrándose a la más pequeña rama ennegrecida, logró ascender hasta donde era preciso. Un grito general de aplauso y de asombro saludó su triunfo, pero él no se detuvo a escucharlo y, desde el trono que se había improvisado entre las llamas y el humo, dirigió su bomba con tal acierto que un momento después corría por el interior del árbol un río caudaloso. Después todas las operaciones se facilitaron; las bombas pudieron dirigirse con más acierto, y cuarenta inmensas duchas aplicadas al Ahuehuete fueron mitigando el fuego.

Fuente: Ignacio Manuel Altamirano, Obras completas IX. Crónicas, tomo 3. SEP, 1987.

 

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