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Estamos ante un libro necesario y oportuno: La democracia no se construyó en un día. Necesario para aquéllos que quieren saber; no imaginar, no especular, no creer. Y oportuno porque en México y el mundo soplan fuertes vientos antiilustrados, que han hecho de la explotación de las supercherías, los miedos y los rencores, su capital político. Pues bien, la vocación de Lorenzo Córdova y Ernesto Núñez navega a contracorriente: quieren describir y explicar como fórmulas para entender. Se escribe fácil, pero ésa es la especificidad del trabajo intelectual.

Describir con detalle, con paciencia, tratando de encontrar el sentido de los acontecimientos; analizar para comprender por qué las “cosas” son como son. Reivindicar mucho de lo que se ha hecho, sin esconder los dilemas y contradicciones que emanan de los sucesos. Se trata de recuperar la memoria, documentar la historia, iluminando pasajes oscuros, trascendiendo el sentido común y muchas de las consejas sin sustento que circulan en nuestro hábitat. En una época en la que por desgracia contemplamos un adelgazamiento de la discusión racional, Córdova y Núñez intentan y logran colocarse por encima del barullo y ofrecen una lectura informada y rigurosa.

Son dos libros en uno. Ernesto Núñez es el cronista, el narrador y recreador de estampas cargadas de sal y pimienta. Es un observador sagaz, profesional, incisivo. Sabe que la crónica devela, ilumina, pone al lector en contacto con hechos y situaciones que normalmente se desarrollan fuera de su campo de visión. Lo hace con destreza, claridad y sentido. Abre el apetito por la lectura, porque sus textos son veraces pero imaginativos, en el sentido de que observa ángulos de los acontecimientos, desde una perspectiva singular, la suya por supuesto. Tienen el sabor y el color de la microhistoria (como la llamaba don Luis González y González). No son textos objetivos, sino cargados de los valores, preocupaciones y de la sensibilidad de un observador bien informado.

Lorenzo Córdova, como suele decirse, no niega la cruz de su parroquia. Es un auténtico profesor. Sus capítulos son lecciones. Hombre formado e informado, sabe que está obligado a ofrecer evidencias, a documentar sus dichos, a justificar sus decisiones. Su formación le ayuda a exponer con rigor, claridad y de forma pedagógica. Tiene una vocación analítica claramente detectable en sus ensayos. Son textos que no tienen desperdicio y para quien quiera comprender lo que es hoy nuestro sistema electoral ésta será una puerta de entrada productiva. ¿Cómo sería el espacio de debate público si cada alto funcionario de nuestras instituciones fuera capaz de exponer con transparencia y fidelidad las tareas que tiene encomendadas, los dilemas que enfrenta y la forma en que se han tomado las más importantes decisiones?

¿Pero qué encontrará el lector en este libro que son dos? Desde una recreación de los sucesos del 1 de julio de 2018 hasta una muy buena recapitulación de nuestra transición democrática, desde una narración informada sobre el nacimiento del INE hasta las primeras pruebas que tuvo que afrontar la institución en 2015, 2016 y 2017. Y, por supuesto, una serie de capítulos que abordan desde la preparación de los comicios de 2018 hasta los resultados de los mismos.

Empecemos por lo elemental que en ocasiones es lo fundamental. Andrés Manuel López Obrador y Morena ganaron en las elecciones de 2018 porque había democracia en nuestro país. Y la misma no fue una aparición, no “llegó” a México, no hubo un momento fundacional. Fue un largo y zigzagueante proceso acicateado por conflictos varios, pero venturoso, dado que a través de reformas sucesivas se logró construir un escenario normativo e institucional en el cual la pluralidad política pudiera expresarse y competir. Y eso es un patrimonio de todos que ojalá logremos preservar y fortalecer. Después de leer el libro me parece que eso —que algunos escamotean— resulta contundente.

Hoy el INE puede y debe entenderse como el remplazo del IFE. Escrutar las razones de su fundación, la mecánica que le dio paso en el marco del Pacto por México y el significado de las nuevas normas y los procesos de elección de sus consejeros, resulta fundamental para comprender los roles actuales de la autoridad administrativa en materia electoral. No estamos tampoco ante un acto fundacional, sino en una desembocadura, con claros puntos de inflexión, en relación con el pasado inmediato, que ha aumentado las facultades y responsabilidades del instituto, que es necesario comprender para saber evaluar sus trabajos.

Y los trabajos del INE no han transcurrido como un día de campo. Todo lo contrario. Desde la intervención ilegal de las conversaciones telefónicas de su presidente hasta los amagos por impedir la celebración de los comicios, pasando por la toma de instalaciones o las tensiones generadas por dramáticas cuestiones ajenas a la institución (como la desaparición y asesinato de los 43 jóvenes normalistas) o el abandono del Consejo General por siete partidos, han gravitado en su historia. Asomarse a esas dimensiones que los autores no ocultan, sino que exhiben y explican quizá sirva para apreciar la labor de infinidad de funcionarios públicos que, con su quehacer cotidiano, honesto y responsable, hacen que muy diversos objetivos se cumplan. En una época en que el descrédito hacia lo público y sus funcionarios parece expandirse sin ton ni son, vale la pena recapacitar, de manera fundada, en lo que significan nuestras instituciones y sus estratégicas tareas.

La de 2018 fue una elección inmensa. Un padrón de 89 millones de ciudadanos, 5.6 millones de los cuales votarían por primera vez. Era necesario instalar 156 800 casillas que debían ser operadas por 1.4 millones de personas; 38 700 capacitadores, que fueron revisados por 6200 supervisores, visitaron 3 millones de domicilios. Son frías cifras que hablan del enorme esfuerzo institucional y de la necesidad de cooperación de miles y miles de ciudadanos que de manera generosa aceptan recibir y contar el voto de sus vecinos. Ese “ejército” de hombres y mujeres no sólo hace posible esa monumental jornada cívica, imprimiéndole un candado de seguridad magnífico, sino que, estoy convencido, reciben una cátedra de los valores y principios que hacen posible la coexistencia democrática de la diversidad. En ese terreno, México ha hecho de la necesidad (generar confianza), virtud (incluir y capacitar a cientos de miles de ciudadanos).

El libro además está destinado a convertirse en un libro de consulta. Por ejemplo, si alguien quiere saber —repito, no especular— sobre la ruta de discusión administrativa y jurisdiccional de las tarjetas que están entregando candidatos de muy distintos partidos y coaliciones, en sus páginas encontrará la respuesta. ¿Resultan aceptables o no legalmente hablando? ¿Son mera propaganda o intento de comprar el voto? El libro ofrece un acercamiento al tema informado y aclaratorio de su complejidad.

En esa vertiente resulta muy afortunada la decisión de reproducir en extenso muy diversos documentos. Se trata de la evidencia documental de muy distintas decisiones y debates que permiten al lector no sólo informarse de primera mano, sino de formarse una opinión propia. Porque otra virtud del texto es que no pretende forjar verdades inamovibles, de bronce, propias de los Tira Netas, sino explicar políticas, programas, decisiones, desde su propia necesidad y racionalidad.

Los autores, convencidos de que hay que dar un fuerte y sistemático combate contra la desinformación, no se cansan de explicar, explicar y explicar. Nos relatan la estrategia institucional para atajar consejas estúpidas, intentos de confundir, inventar, distorsionar, y de las alianzas que se realizaron con diversas plataformas (Facebook, Twitter, Google) y de la vocación esclarecedora que obligadamente debe desplegar el INE. Veo al libro como un instrumento más y muy valioso para continuar con esa política. Esclarecer para evitar distorsiones informativas, revelar para combatir la opacidad, exponer para defender lo que se hace. Porque lo público debe ser público y ése es el mejor antídoto contra la desinformación.

Hay capítulos desmoralizantes como el de las trampas con las que algunos candidatos independientes pretendieron demostrar un apoyo ciudadano del que carecían, y los afanes de la autoridad que necesariamente debía desenmascararlos. Pero otros resultan emocionantes, como la narración puntual de cómo se evitó el sabotaje a las elecciones de 2015. Cuando se mezclan los talentos de Córdova y Núñez, es decir, los de la exposición fundada y la crónica viva, da como resultado la combinación de detalles significativos plagados de matices junto a razonamientos de largo alcance. Una retroalimentación no sólo virtuosa, sino sugerente, abierta y hasta provocadora.

Nunca deja de sorprenderme la exactitud con la que los instrumentos utilizados por el IFE-INE para dar a conocer los resultados preliminares la misma noche de los comicios coinciden con posterioridad con los cómputos finales. Y otra vez en 2018 el Programa de Resultados Electorales Preliminares y los conteos rápidos concordaron de manera contundente con los resultados definitivos. No es magia, por supuesto, sino la integración de probados especialistas en sus respectivas disciplinas a algunas de las tareas fundamentales del INE. Ese aprecio por el conocimiento especializado es el que le ha permitido a la institución navegar con certeza en asuntos técnicos delicados y políticamente explosivos.

Estamos ante un libro escrito con pasión y conocimiento, con inteligencia y compromiso. Valores que conjugados lo convierten en un texto ejemplar y obligado. Obligado (y sé que es decir mucho), sobre todo en un ambiente cargado de incomprensión a lo que el país construyó en la materia y que ha permitido un cauce institucional y pacífico para la recreación y convivencia de la pluralidad que modela a México.

Hay que recordar que los procesos electorales son como una cadena en la que todos los eslabones deben estar bien alineados, porque si uno solo falla, toda la cadena se descuadra. Y qué bueno que contemos con una institución estatal autónoma que a lo largo de más de treinta años ha demostrado que puede rendir muy provechosos frutos a la germinal democracia mexicana.

La democracia es un régimen de gobierno. Es una construcción humana. Una construcción que se enfrenta a pulsiones arraigadas en nuestro comportamiento, en nuestros resortes más elementales. Cada uno de nosotros cree tener la razón y en ocasiones toda la razón, y los partidos, agrupaciones civiles, gobiernos, etcétera, fomentan esa misma ilusión. Lo difícil es entender que vivimos con otros que, por supuesto, pueden legítimamente sostener otras convicciones, intereses, diagnóstico y tener otras sensibilidades. La democracia es el único sistema de gobierno que reconoce eso: que esa diversidad merece y reclama un marco normativo e institucional para expresarse y recrearse y también para convivir y competir. Y si eso es así, conocer la pieza electoral es fundamental, porque de ella depende que esa competencia sea pacífica, participativa, incluyente.

 

José Woldenberg
Escritor y ensayista. Su más reciente libro es Contra el autoritarismo.

Este texto fue leído el 25 de mayo de 2021 en la presentación del libro.