El aserto del historiador E. H. Carr sobre la nación podría extenderse perfectamente al Estado: "El hombre, que tenía derechos, fue lenta e imperceptiblemente transformándose en ciudadano, quien tuvo obligaciones. El hombre ha sido el creador y la razón de ser de la nación; el ciudadano fue su leal y humilde servidor". (1) A esto han contribuido una serie de factores. Uno es, desde luego, el hecho de que "nuestro siglo empezó con la decisiva transformación de las ideas políticas en ideologías"; (2) otro, la masificación de la sociedad. El mundo ha visto la transformación del individualismo humanista y el nacionalismo romántico, las principales corrientes políticas del siglo XIX, con su convencimiento de que los problemas sociales o individuales encontrarían solución en la virtud, la inteligencia y la discusión; de la democracia burguesa y su fe en los valores individuales, de iniciativa personal y libertad comercial, definición de la propiedad y sentido de pertenencia, a la democracia de masas y su sentido globalizador de la política, que impide o por lo menos limita y condiciona sus derechos, los cuales quedan supeditados a los de la colectividad, el nacionalismo con su cauda chovinista y la conversión del Estado en entidad supranacional.
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