Somos, y no hay remedio, cronólatras -o por lo menos cronófilos, como dice Julio Frenk una página adelante-: nos regimos por sexenios, centenarios, lustros, décadas, y ahora, incluso, se avecina la oportunidad de regirnos por "milenio". Entre el tic y el tac, entre la respiración y la expiración, entre el nacimiento y el apocalipsis hay, como se sabe, modos más prosáicos de meterse con el tiempo: la idea de medir nuestras vidas en décadas es uno de ellos. Al parecer de algunos, la década de los ochentas no sería la más digna de celebración retrospectiva o de adiós entrañable por decir algo, en la ciudad de México vivimos dos de las tragedias colectivas más traumáticas en nuestra historia: la explosión de San Juanico y el terremoto de septiembre de 1985-, pero también es un hecho que ninguna década no hará por uno lo que uno mismo no haga por uno mismo: incluso, disfrutar la década.
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