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La primavera de 1805, que (Friedrich) Schiller (n. 1759) había contemplado con esperanzas nada comunes de goces y actividad, vino a su tiempo, fría, desapacible y tormentosa, y con ella volvieron las dolencias. El auxilio de los médicos fue inútil; los servicios infatigables del afecto trémulo resultaron vanos. La enfermedad seguía progresando: el 9 de mayo sobrevino una crisis. En las primeras horas de la mañana perdió el conocimiento; a ratos deliraba. Entre sus frases repetía con frecuencia la palabra Lichtenberg; palabra sin ninguna importancia, que aludía, según unos, al escritor de ese nombre, cuyas obras había leído últimamente y, según otros, al castillo de Leuchtenberg, que, unos días antes de caer enfermo, se había propuesto visitar. El poeta y el sabio iban a partir pronto, pero sus amigos no tuvieron la pena de verle marchar loco. La terrible sombra del sufrimiento físico, que había trastornado y cegado sus facultades mentales, fue apartada, y el espíritu de Schiller volvió a contemplar el mundo con su habitual serenidad, una vez más, antes de partir para siempre. Después del mediodía cedió el delirio; hacia las cuatro cayó en un sueño dulce, del que a poco despertó en plena posesión de sus sentidos. Vuelto a la conciencia en esa hora en que el alma está desasistida de toda ayuda humana y en que el hombre tiene que enfrentarse con el Rey de los Terrores con sus propias fuerzas, Schiller no titubeó ni falló en esta última y más dura prueba. Sintiendo que su fin iba a llegar, se propuso afrontarlo como le correspondía, no con una indiferencia simulada o con un temor supersticioso, sino con la serena y sencilla virilidad que había sido la característica de su vida. De sus amigos y familia se despidió de una forma conmovedora, pero serena; dispuso que su entierro fuera íntimo, sin pompa ni aparato. Al preguntarle alguien cómo se encontraba, repuso: “Cada vez más tranquilo”; sencillas pero memorables palabras, indicadoras del sereno heroísmo del hombre. Hacia las seis cayó en un sueño profundo; por un momento miró a su alrededor con un aire animado y dijo: “Muchas cosas iban apareciendo más sencillas y claras”. De nuevo cerró sus ojos; su sueño se fue haciendo cada vez más profundo, hasta que se convirtió en el sueño del que no se despierta, y todo lo que quedaba de Schiller era una forma sin vida, que pronto iba a mezclarse con los terrones del valle.

Fuente: Thomas Carlyle, Vida de Schiller. Traducción de Antonio Dorta. Espasa-Calpe, Buenos Aires, 1952.

 

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