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La película Tu hijo debe nacer se estrenó el 15 de enero de 1958 en el cine Alameda. SINOPSIS DEL ARGUMENTO: Corren los años 20. Andrea regresa de Estados Unidos y su cumpleaños es celebrado con una fiesta a la que ocurren sus tres galanes y excompañeros de escuela: Carlos, Rafael y el alegre doctor Antonio, muy amigos entre sí. Ella rechaza cordialmente la declaración amorosa de Antonio y sufre gran desilusión cuando Carlos, que es a quien Andrea quiere, anuncia su decisión de hacerse cura. Andrea se casa con el tímido abogado Rafael y ambos tienen dos hijos, Alicia y Paquito. Años después, en 1937, se celebra otro cumpleaños de Andrea, a quien su marido mima mucho. Ella va a tener otro hijo; el doctor Ragaza le advierte que sufre un soplo en el corazón y que puede morir en el parto. Rafael y Antonio, amigo de la familia, deciden que ella aborte. Andrea no se resigna a ello; consulta el caso con el ya cura Carlos. Éste le dice que no puede matar a su hijo y deja a Andrea muy impresionada y llorosa con un sermón que sobre el tema lanza desde el púlpito. Después de muchas discusiones entre los amigos y ella, Andrea decide serenamente no abortar. En vísperas de Navidad, Andrea se despide conmovida de sus hijos y se dispone a parir al cuidado de Ragaza. Contra lo que era de temer, se salvan tanto la madre como el hijo.

COMENTARIO: Triste cosa fue que (el director) Alejandro Galindo accediera a filmar este melodrama confesional tan hipócrita como cursi. Galindo trató sin mejores resultados de prestar una atención compensatoria a las notaciones de época. Marga López bailaba one-step y charleston, después iba con Baena a ver una película de Valentino en una sala con clásico ambiente de cine mudo (la pareja se besaba y un policía la detenía por “faltas a la moral”…). Curiosamente, fue más fácil para Galindo recrear la atmósfera de los años 20 que la de 1937, en virtud de que a mayor proximidad corresponde menor perspectiva. Después, toda suerte de recursos melodramáticos de mala ley —una india embarazada cargando amorosamente a sus tres hijos, una pobre madre atropellada por un coche y preocupada sobre todo por su hijo, una muñeca rota, etcétera— trataban de convencer a las mujeres humildes del público de la conveniencia de una barbaridad que a nin-guna señora de clase media o alta, por muy católica que fuera, se le ocurriría cometer. Al final, la cruz de los barrotes de una ventana se proyectaba sobre la escena para celebrar el inusitado y cobardito happy end de la película.

El mejor Alejandro Galindo sólo se advertía en una escena de juicio, muy dentro de su línea. El abogado Carlos Baena hacía en ella la denuncia de un crimen por aborto (otra abusiva recurrencia melodramática), pero sobre su torpe alegato privaban las observaciones de unos personajes populacheros: uno de ellos enunciaba el título verdadero que debió tener la película: “¡Te hundieron, mamacita!”.

Fuente: Emilio García Riera, Historia documental del cine mexicano. Tomo VI. Ediciones ERA, México, 1974.

 

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