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Inicio con lo evidente: a la vida la acompaña la muerte como una sombra, es su desembocadura natural y no hay escape. Pero la muerte está más presente en ciertas situaciones: guerras, zonas controladas por grupos criminales o pandemias. Cuando la existencia transcurre en forma “normal”, intentamos no voltear a verla, no es agradable hablar de ella, se pretende conjurarla, como si no existiera.

Ilustración: Alberto Caudillo

En los tiempos que corren eso resulta imposible. Está instalada en el centro del escenario. Es una presencia cotidiana, rotunda, inescapable en las conversaciones. Todos los días se da cuenta del número creciente de los muertos por la pandemia y hay quienes han rastreado, con razón, los números ocultos.

Hay (creo), sin embargo, un fenómeno peculiar: la muerte en singular puede ser y suele ser más devastadora que las muertes en plural. Mientras la primera tiene nombre, rostro, historia, familia, amigos, las segundas se reducen a un número. La muerte es una tragedia para el círculo más cercano del fallecido y una información fútil para los millones que jamás se enteraron de su existencia.

Escribo esta nota cuando en las pláticas vespertinas del doctor López-Gatell se habla de más de 200 000 muertos, el día en que se publica que las cifras de “exceso de mortalidad” indican que los muertos por la pandemia ya ascienden a 322 000 y cuando especialistas nos dicen que realmente deben de bordear el medio millón. No tengo estómago para intentar discernir quién tiene razón, pero confirma que después de cierta cifra las muertes resultan inasimilables. Todo se reduce a una cantidad, en las antípodas de las tragedias personales, que como decía Vladimir Jankélévitch, “no perjudican de ninguna manera al género humano” (Pensar la muerte). Las desdichas individuales sacuden, deprimen, hunden, nos hacen llorar y desesperarnos, mientras el número obeso parece que nos anestesia, nos acostumbra a una inercia poderosa e impersonal.

La muerte de una persona cercana la sabemos definitiva y por ello su estela no puede ser sino de tristeza. Nos acompañará en la memoria más o menos tiempo, pero no hay solución ni vacuna alguna que pueda reparar la contundente pérdida. Mientras, la danza de las cifras aturde, embota los sentidos, se vuelve etérea e inaprensible. Lo primero genera un sufrimiento íntimo, intransferible; lo segundo produce un ruido ambiente en el que cada desdicha se convierte en un dígito más de una constelación de humo.

No sabemos lidiar con la muerte de nuestros cercanos y los otros, los inidentificables, se encuentran en un tercer o cuarto plano y resultan invisibles. De manera socarrona Julian Barnes escribió: “¿Quién puede enseñarnos a morir? No hay, por definición, veteranos con los que hablar del trance…” (Nada que temer). Y es cierto. Cada experiencia es única y como si fuera la primera, porque la certeza de que la muerte es la conclusión de la vida, como todos sabemos, parece no ser de gran ayuda cuando sucede. Pero su presencia por decenas de miles todos los días en los medios nos inocula insensibilidad. Un espectáculo macabro que doma nuestras emociones.

El propio Barnes narra una “historia didáctica”: la “de un hombre que acompañaba a una serie de amigos hasta la tumba, sintiendo cada vez menos tristeza, hasta que llegaba un momento en que observaba la fosa con ecuanimidad y la veía como si fuera la propia. La moraleja no era que mirar el pozo surte efecto, que filosofar nos enseña a morir; la historia era más bien un lamento por la pérdida de la capacidad de sentir algo, al principio por tus amigos, luego por ti mismo y al final por tu propia extinción”.

 

José Woldenberg
Escritor y ensayista. Su más reciente libro es En defensa de la democracia.

 

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