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En la actualidad, ser vacunados es parte de nuestra vida. A las pocas horas de haber nacido, se inicia en cada individuo su programa de vacunación que, conforme pasa el tiempo, va incorporando muy diversas vacunas y refuerzos en todas las edades. Al terminar la educación primaria los infantes han recibido (o deberían haber recibido) casi cincuenta biológicos, entre primeras dosis y refuerzos de una amplia lista de vacunas. Al entrar en la senectud otros biológicos son necesarios, por ejemplo, las vacunas contra herpes zóster, neumococo e influenza en mayores de sesenta años.

Ilustración: Raquel Moreno

Los riesgos de enfermar de todas aquellas infecciones prevenibles por vacunación ahora son menores. Las vacunas han disminuido decenas de millones de episodios de enfermedad y su consecuente cuota de sufrimiento, secuelas y muertes. Hace no muchas décadas la viruela, la poliomielitis, el sarampión, la rubeola congénita, la difteria, incluso la rabia afectaban a millones de infantes y adultos en todo el mundo. Hoy, para fines prácticos, estas enfermedades ocurren esporádicamente y no vemos sus consecuencias.

El descubrimiento de las vacunas y su progreso continuo son una extraordinaria manifestación de la inteligencia humana. Su origen forma parte del desarrollo inicial de la ciencia. Los avances biotecnológicos prometen un extraordinario florecimiento de nuevas vacunas para la prevención o tratamiento de una amplísima variedad de enfermedades. Al principio fueron concebidas para evitar infecciones y hoy se construyen prototipos para cáncer, adicciones, enfermedades metabólicas o mentales y problemas cardiovasculares. En las siguientes dos o tres décadas un amplio catálogo de vacunas estará disponible para la humanidad.

 

La historia inicia en 1796 en Inglaterra, cuando el médico Edward Jenner inoculó a James Phipps con el líquido extraído de unas lesiones en las manos (vesículas) que sufrían las lecheras por contagio al ordeñar y quienes no se enfermaban de viruela, un grave azote de la época. Como consecuencia de la inoculación, el joven James no sufrió viruela; la práctica ganó popularidad en Europa y, al final, en todo el mundo gracias a jornadas heroicas como las promovidas por la Corona española (Carlos IV). El principio es relativamente simple: al inocular el líquido de la lesión de la piel se transmite el virus Vaccinia (que causa la viruela en las vacas) y por su semejanza con el virus de la viruela humana se desarrollan anticuerpos que son protectores contra éste. Dichos detalles eran ajenos a Jenner, ya que en aquella época no se conocían entonces ni virus ni bacterias.

Más de cien años después, Louis Pasteur desarrolló una vacuna contra la rabia; la usó por primera vez en Joseph Meister, un niño mordido por un perro rabioso, y evitó su enfermedad. El espectacular resultado impulsó los trabajos de Pasteur, quien además descubrió la existencia de microbios como causantes de enfermedades específicas y postuló la teoría microbiana de la enfermedad; así estableció, junto con su contemporáneo alemán Robert Koch, las bases de la inmunología y la microbiología.

Han pasado 126 años desde la muerte de Pasteur y el desarrollo científico ha sido intenso. Las vacunas que tenemos hoy contra el covid-19 son el mejor ejemplo. Sobre la base de desarrollos de las últimas dos décadas, en apenas diez meses se logró acelerar los trabajos para poder tener disponibles vacunas seguras, efectivas y de calidad contra el nuevo virus.

Ahora en los avances de esta área interviene Watson, una inteligencia artificial de la empresa IBM; la versión más moderna de la supercomputadora Deep Blue que le ganó un encuentro a Gary Kasparov, entonces el mejor ajedrecista del mundo. Esta tecnología aprende y tiene extraordinarias capacidades para analizar información y elaborar propuestas para el desarrollo de nuevas moléculas. Si bien desde hace varios años ya contábamos con vacunas que previenen el cáncer al evitar las infecciones por los virus de la hepatitis B y virus del papiloma humano, la inteligencia artificial ha contribuido al diseño de vacunas de RNA-mensajero, de DNA y de diversos vectores virales para la prevención y tratamiento de enfermedades no infecciosas como cáncer, hipertensión, ateroesclerosis, artritis, obesidad y otras más. El espectacular desarrollo de las vacunas contra el covid-19 ha establecido las plataformas para el explosivo avance de la vacunología en los próximos años.

 

Las vacunas son sustancias que contienen un microorganismo o alguno de sus componentes; se administran para estimular el sistema de las defensas (inmune) de una persona para que genere una respuesta en contra de ese microorganismo, de tal forma que cuando se lo encuentre no le cause daño. Las nuevas vacunas contra el covid-19 (Pfizer y Moderna) contienen la información genética para que nuestras células presenten una parte del microrganismo y se desarrolle la inmunidad.

Actualmente existen muchos tipos de vacunas y sus diferencias radican en lo que contienen, el esquema de aplicación y la forma en que se fabrican. Cada vacuna previene sólo la enfermedad contra la que está hecha.

El desarrollo y producción de las vacunas incluye varias etapas en las que se verifica que el producto sea seguro, útil y cumpla con los requisitos establecidos en normas internacionales; son los productos para proteger la salud que tienen la mayor regulación para garantizar su seguridad.

Hasta hace poco, el desarrollo y producción de una nueva vacuna requería de muchos años, desde el momento en el que se identifica la enfermedad que se quiere prevenir hasta que esté disponible y se pueda utilizar en las personas que la necesitan; durante ese tiempo se trabaja probando la vacuna para garantizar su seguridad, su eficacia y su calidad. Hoy el desarrollo de las vacunas contra el covid-19 se realizó en tiempo récord y se marca así una tendencia al corto plazo.

La utilidad de las vacunas puede resumirse en tres puntos: prevenir que una persona se contagie con el microorganismo, evitar que en caso de contagiarse la persona padezca la enfermedad grave o que muera, y que una persona contagiada transmita el microorganismo a otros seres humanos. Desde luego, mientras más individuos reciban vacunas, mayor será el impacto en la comunidad.

En el caso del covid-19, las vacunas disponibles se desarrollaron a partir de plataformas biotecnológicas que ya se habían estudiado para prevenir o tratar otras enfermedades, las cuales se adaptaron para lograr productos que protejan contra el nuevo virus. En poco tiempo se realizaron con máxima velocidad los estudios en animales (preclínicos), los primeros ensayos clínicos en humanos y el escalamiento para la producción a nivel industrial. Cuando las vacunas demostraron ser seguras y efectivas, se efectuaron estudios clínicos en grandes poblaciones para comparar estos parámetros de las nuevas vacunas contra los de vacunas ya existentes o contra productos inocuos (placebo). Una vez que se tuvo toda esta información y que las vacunas demostraron ser seguras y efectivas, se comenzaron a utilizar bajo un esquema de autorización de emergencia que implica continuar recabando información de los estudios clínicos, manteniendo una vigilancia estrecha sobre los eventos adversos que pudieran estar relacionados con el uso de las mismas en población abierta.

Hasta ahora, la finalidad de la vacunación contra el covid-19 es prevenir la enfermedad grave que requiere hospitalización y evitar la muerte. Todas las vacunas disponibles han demostrado ser seguras y útiles.

En estos meses ya se ha observado la utilidad de las vacunas en poblaciones que rápidamente alcanzaron niveles altos de aplicación (cobertura); conforme haya más individuos vacunados en la población se logrará reducir el número de casos que ameriten hospitalización, disminuir el número de muertes y, en consecuencia, que el número de contagios también baje. En marzo del 2021 se han aplicado ya más de 450 millones de dosis globalmente. Todo esto permite controlar la epidemia y evitar que se rebase la capacidad de atención médica.

 

En México actualmente contamos con cinco vacunas contra el covid-19 autorizadas para uso de emergencia. En principio, todas las vacunas funcionan de forma similar: administran por medio de su aplicación (inyección) algún componente del virus o el virus completo inactivado para que nuestro sistema inmune lo conozca y genere anticuerpos y otros elementos de la respuesta contra el virus. De esta forma, cuando la persona vacunada se encuentre con el virus ya tiene elementos para evitar infectarse y enfermar o que le cause daño.

Hasta ahora todas las vacunas aprobadas y disponibles han demostrado ser efectivas para este fin; han cumplido con los parámetros de calidad y seguridad requeridos por las autoridades regulatorias, y pueden (deben) ser utilizadas con tranquilidad y confianza, y con la convicción de que lo que buscan es frenar el grandísimo daño que provoca el covid-19.

La primera vacuna que se autorizó en México, y se usa desde diciembre, fue la producida por los laboratorios Pfizer y BioNTech, la cual contiene RNA-mensajero, un fragmento de la información genética del virus con la que se produce la proteína más importante de éste (llamada spike, espícula o espiga), y contra la cual se dirigen la mayoría de los elementos de la respuesta inmune.

La vacuna producida por los laboratorios AstraZeneca y la Universidad de Oxford (junto con otros socios en varios países —Liomont, en México—); la del Centro Nacional Gamaleya de Epidemiología y Microbiología, llamada Sputnik V, y la de los laboratorios CanSinoBIO (con Drugmex, en México) producen vacunas en una plataforma biotecnológica que utiliza otros virus (adenovirus) como caballo de Troya para transportar la información genética de la proteína spike y estimular con eso al sistema inmune en contra del coronavirus. Estas vacunas fueron aprobadas en México entre enero y febrero de 2021 y se utilizan desde entonces.

La quinta vacuna que fue aprobada para uso de emergencia en nuestro país fue la del laboratorio Sinovac, que contiene el SARS-CoV-2 obtenido en cultivo de laboratorio e inactivado para que no pueda causar enfermedad, pero sí estimular el sistema inmune.

El último año hemos sido testigos de un fenómeno que cambió la forma en la que pensamos y hacemos la ciencia y la biotecnología. Gracias a los avances previos, las vacunas contra el covid-19 hoy son una realidad; son seguras y eficaces. En los siguientes meses escucharemos injustificados rumores, mentiras e inexactitudes sobre las vacunas contra el covid-19. Habrá que buscar información objetiva.

Desde Jenner y Pasteur hasta Watson, la ciencia ha crecido; del principio de la vacunación a la inteligencia artificial y de ahí al vial con la vacuna que nos volverá a salvar. Algunos de los retos ahora son los procesos industriales, los insumos, la distribución y su despliegue supervisados (cadena de frío y preparación) y la aplicación eficiente. En resumen: que haya vacunas disponibles para todos y que la vacunación sea una realidad cuanto antes. La vacuna es real hasta que se aplica. Otro reto es la equidad (que va de la mano con la eficiencia), que debe ser construida en cada región y país, porque no basta con pedirla.

Aun cuando el panorama es muy alentador, las vacunas no van a resolver el problema de esta pandemia y deben de ser implementadas como una más de las estrategias que ya se llevan a cabo para controlarla: usar cubrebocas, evitar acudir a sitios concurridos o lugares cerrados y disminuir el contacto cercano con otras personas; además, es crucial identificar a los enfermos y con quiénes convivió, prevenir contagios y evitar complicaciones.

El siglo XXI iluminará el futuro de la humanidad con el vertiginoso desarrollo de nuevas vacunas, sostenido en el avance de la biotecnología. El reto es —y será— implementar su desarrollo para que el acceso sea equitativo.

 

Samuel Ponce León Rosales
Médico, con especialidad en Medicina Interna e Infectología. Profesor titular y miembro del Sistema Nacional de Investigadores 3. Es coordinador del Programa Universitario de Investigación en Salud (PUIS-UNAM) y coordinador de la Comisión Universitaria ante la Pandemia Covid-19.

Mauricio Rodríguez Álvarez
Médico, maestro en Ciencias. Es profesor del Departamento de Microbiología y Parasitología de la Facultad de Medicina de la UNAM; miembro del Plan Universitario contra la Resistencia Antimicrobiana de la UNAM y conductor de la serie Hipócrates 2.0, una colaboración entre el PUIS y Radio UNAM.

 

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