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Llevamos más de un año lidiando con una enfermedad nueva que se presentó de manera pandémica y la ciencia ha demostrado su valor (una vez más). Ciencia sin la cual, en este momento, estaríamos aún administrando cloroquina, antiparasitarios de uso veterinario, dióxido de cloro y otros menjurjes inútiles, incluso peligrosos, que antecedieron al manejo más o menos estándar que se utiliza ahora para el covid-19.

Ilustración: Raquel Moreno

Sin ciencia seríamos ignorantes del SARS-CoV-2, estaríamos sin conocer su estructura molecular y su forma de interacción con nosotros; además, estaríamos lejos de estar aplicando vacunas en contra del virus, tal y como se está haciendo hoy mismo, a pesar del desorden, la predominancia administrativa-burocrática y ciertos abusos tanto aquí en nuestro país como en otras partes del mundo.

La saga inicia hace 500 años con la variolización china (inoculación dérmica de costras con viruela hechas polvo), cuyo carácter empírico cambió cuando Edward Jenner inoculó al hijo de su jardinero con secreción tomada de la pústula de una mujer ordeñadora con viruela-vacuna; luego retó su hipótesis de generar protección exponiendo al niño James Phipps con viruela humana. Así nació la vacunación y el resto es ya historia.

Sin ciencia simplemente estaríamos en esta pandemia sin haber desarrollado vacunas totalmente innovadoras que, siguiendo el mismo principio del polvo de costras variolosas de hace medio milenio, han demostrado seguridad, eficacia y efectividad adecuadas.

Educar o culturizar a la sociedad en ciencia es primordial si esperamos la aceptación de tratamientos nuevos y las vacunas, pero también si queremos que dicha sociedad comprenda los límites que existen (los cuales se interpretan como un trabajo mal hecho). Y si somos malos para explicar lo que hacemos y la gente ve al médico-científico como un ser que se jacta de decir cosas como: “¿Sabías que si estirásemos todos los alvéolos de un pulmón humano podríamos forrar una cancha de squash?”, con razón la sociedad ve al científico como alguien que gusta de coleccionar tonterías.

Confundimos la transmisión de datos/hechos (científicamente determinados) como si eso fuera ciencia; nos olvidamos de explicar la importancia de generar ideas, establecer preguntas que se transformen en hipótesis que puedan ser demostradas o desechadas mediante métodos de comprobación que producen conocimientos cuya validez permanecerá en tanto no llegue algo nuevo que sea demostradamente mejor. En medicina, el ensayo clínico controlado es el paradigma a seguir, pero no lo único. Y la incertidumbre siempre acompaña.

La sociedad piensa distinto y el analfabetismo científico ha adquirido un papel preponderante magnificado por la fluidez de los algoritmos guglianos, feisbuqueros y tuiteros que científicamente, de manera paradójica, propagan una serie de mentiras que no ayudan mucho en estos tiempos. Acabamos compitiendo con datos/hechos producto de “otros” conocimientos no científicos, derivados de dogmas, tradiciones, costumbres, formas-de-ser y presuposiciones producto de “-ismos” ideológicos que, desafortunadamente, también incluyen al cientifismo.

Esto se describe como cognicidio, uno de los problemas graves que atañen a la sociedad actual (pensábamos que de nuestro país, pero el trumpismo, el New Age y los antivacunas, nos muestran que el problema es global). Conviene releer a Ruy Pérez Tamayo en su ¿Existe el método científico? y también las ideas que Marcelino Cereijido plasma en Hacia una teoría general sobre los hijos de puta para profundizar sobre eso del cognicidio y otras cosas.

En medicina, el humanismo sin el sustento de la evidencia científica deviene en buenos deseos, hipocresía y fraude. Hay que desarrollar un escepticismo educado en la evaluación científica de lo que se hace para crear conocimiento nuevo o simplemente mejorar e innovar lo conocido. Esto, según yo, es lo que le otorga valor ético a la labor médica-científica. Valor que, con/sin covid, debemos defender si no queremos que, literalmente, nos lleve la chingada, como escribiría acuciosamente Octavio Paz.

 

Patricio Santillán-Doherty
Integrante del Colegio de Bioética A. C.

 

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