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La pandemia de covid-19 ha cambiado la vida humana a nivel planetario. Su aparición imprevista, su alta contagiosidad y sus significativas morbilidad y mortalidad han hecho evidente que los seres humanos somos mucho más frágiles de lo que suponíamos. Además, para los países más prósperos ha sido una seria advertencia de que el control y la erradicación de las enfermedades infecciosas están lejos de ser una realidad.

Ilustración: Raquel Moreno

Como hasta ahora no existe un tratamiento probadamente eficaz y más allá de las medidas generales de prevención que todos conocemos, la vacunación es la única posibilidad disponible para frenar la expansión significativa de la pandemia y lograr en el futuro cercano un control adecuado que permita el retorno a las actividades normales.

La oposición a la vacunación no es un fenómeno reciente. Existe desde su puesta en práctica por Edward Jenner a finales del siglo XVIII para prevenir la viruela. En cierta forma, es comprensible el temor que despertaba un médico rural como Jenner empuñando una aguja de zurcir con pus de la viruela de las vacas para inocularla rasgando la piel de un niño sano.

El año 1998 fue uno de los momentos históricos del desarrollo del movimiento antivacunas. El médico británico Andrew Wakefield publicó en la prestigiosa revista médica The Lancet un estudio en el que aseguraba que la vacuna triple viral (para prevenir el sarampión, la rubeola y las paperas) provocaba autismo y ciertas enfermedades del colon. La investigación para verificar esta aparente asociación se prolongó diez años. Tras su conclusión, el Colegio de Médicos Británico demostró que el estudio de Wakefield había sido fraudulento, por lo que su autor fue expulsado del colegio y se le retiró la licencia para ejercer la medicina. La revista se retractó del artículo como si nunca se hubiese publicado. Sin embargo, para entonces se había difundido ampliamente y los estudios posteriores que demostraron sus fallidos argumentos no captaron la misma atención, por lo que el daño en la opinión pública ya estaba hecho e incluso todavía hoy no se ha podido revertir por completo.

Los argumentos de los grupos antivacunas son varios. Están, en primer lugar, los argumentos religiosos que incluyen la creencia de que las vacunas alteran el orden natural dictado por la divinidad, o bien que sus componentes contienen derivados de animales considerados impuros.

En segundo lugar, los motivos ideológicos y de conciencia, entre los que destaca la suposición de un contubernio en contra de la salud pública entre la poderosa industria farmacéutica, los políticos, el gremio médico y la comunidad científica. En esta misma línea están los que hoy aducen que mediante las vacunas contra el covid se pretende controlar la sobrepoblación mundial o introducir dispositivos electrónicos para el control mental de los ciudadanos.

Hay quienes creen que el efecto benéfico de las vacunas se debe más bien a la mejora en las condiciones socioeconómicas de la población y no a la inmunización que se dice que las vacunas confieren, y llegan a recomendar que, en todo caso, la protección es mucho más robusta y duradera si se adquiere la infección natural. Otros temen que la vacunación sea la causa de otras enfermedades, como lo que afirmó Andrew Wakefield.

De todos los argumentos expuestos, lo que más preocupa es que se esgriman a través de “estudios” carentes del rigor metodológico y los filtros de control y verificación que tienen los verdaderos estudios científicos, con el agravante de que se presentan ante la opinión pública como “evidencia científica”.

Por todo lo anterior, podemos afirmar que los grupos antivacunas son una verdadera amenaza para la salud pública. Está bien demostrado.

 

Luis Muñoz Fernández
Integrante del Colegio de Bioética A. C.

 

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