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Las experiencias placenteras pueden o no dejar alguna lección, poco importa, porque su sentido radica en el momento vivido. Pero ¿qué sentido pueden tener las experiencias dolorosas, si no se lo damos quienes las hemos vivido? Si ya se tuvo el dolor, por qué no quedarse con algo más que eso y extraer de lo vivido un aprendizaje o incluso un cambio en el sentido de la propia vida. Ésa es la alquimia del poeta, decía Machado: hacer miel de la hiel, labrar el dolor hasta lograr la belleza o, al menos, una forma de vida que no quede deformada por él. Quiero reflexionar aquí si acaso es factible extraer de esta pandemia algún conocimiento o algún saber que nos lleve a ser mejores personas y a crear sociedades más justas.

Ilustración: Raquel Moreno

La primera lección ya la conocíamos: cualquier tragedia es siempre mayor para el que no tiene los medios para paliar el dolor. En otra entrega en esta misma revista, decía que la pandemia tiene clase social y no es la misma para quienes se han podido refugiar en sus casas de campo o para quienes que se han tenido que encerrar en un cuarto con una pareja violenta. Decía Jorge Manrique que ante la muerte “son iguales los que viven por sus manos y los ricos” y que “a papas, emperadores y prelados, así los trata la muerte como a los pobres pastores de ganados”. Ya desde entonces era un poco falsa esa perspectiva, pero la ciencia moderna ha ahondado aún más las diferencias económicas. Los pobres pastores de ganados, al igual que las pobres trabajadoras domésticas, por dar un ejemplo, no pueden acceder de la misma manera a los cuidados que hoy la ciencia ofrece.

Otra lección notable gira en torno a la importancia de la ciencia: en tan sólo un año, en el mundo se desarrollaron más de cinco vacunas para una enfermedad completamente nueva. Esto era impensable; nadie consideró la posibilidad de este récord y helo ahí. Y, por supuesto, la aprobación de estas vacunas se realizó para la situación de emergencia, pero sea como sea se trata de un tiempo mínimo que debería hacernos pensar en las razones para invertir en ciencia y tecnología. Antes México preparaba muchas vacunas: ¿por qué dejó de hacerlo? Éste sería el momento ideal para retomar esa capacidad perdida.

Una lección importante viene de los médicos tratantes: se ha reportado que durante la pandemia se redujeron drásticamente las enfermedades gastrointestinales. Esto es: la población no seguía las normas básicas de higiene, mismas que aprendió durante pandemia y, en caso de conservarlas, la salud del país mejoraría considerablemente. De modo que lo más urgente es realizar campañas de higiene elemental para conservar los hábitos de limpieza recién aprendidos.

No quiero dejar de mencionar una lección, íntima quizá, pero igualmente importante: lo poco preparados que estamos para morir. Morir es la única posibilidad que tenemos asegurada al cien por ciento: vamos a morir. Pero no estamos listos para hacerlo y cuando se remarca esa posibilidad parecemos infantes perdidas en busca de su mamá: ¿por qué no prepararnos para ello? El testamento y la voluntad anticipada son documentos más importantes que la licencia de manejo, y resultan fáciles de hacerse cuando aceptamos que somos una gota que pronto volverá al mar. El verdadero amor es el que acepta al amado tal cual es. ¡Quién tuviera siglos para vivir la vida, para disfrutar sus paisajes, sus aromas, sus sabores, para reírla o pensarla! Pero la vida es mortal: prepararse para morir es lo mejor para vivir.

 

Paulina Rivero Weber
Doctora en Filosofía. Es profesora en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.

 

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