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“Con cabal conciencia del anacronismo que significa hablar de religión en los desdichados tiempos que corren, emprendo estas conversaciones”, dice Hugo Hiriart a la entrada de su libro inédito Lo diferente. Iniciación a la mística. Libro que es a un tiempo manual, memoria, ensayo gozoso y gozable, galería de maestros en la vida del autor. Ofrecemos a quien lee tres capítulos de este libro, adaptados como un solo texto para nuestra revista.

El encuentro con Dios

Si quieres alcanzar la perfección, no ladres a Dios.
Maestro Eckhart

Es hora ya de caracterizar la experiencia religiosa. Es hora de hablar del libro de Rudolf Otto (1869-1937) llamado Lo santo, obra maestra de la teología sustentada en la fenomenología de la religión. Se podría haber llamado, a mí me habría parecido mucho mejor, Lo sagrado, porque trata más de sacralidad que de santidad. La santidad tiene un elemento de moral que no tiene la sacralidad. Pero, bueno, como se llame es lo de menos.

El libro de Otto tiene de subtítulo: Lo racional y lo irracional en la idea de Dios. El racionalismo altanero tradicional es el que ha causado los más hondos estragos en la inteligencia de lo sagrado. A exponer la clásica concepción errónea de Dios consagraremos en lo que sigue unas páginas.

Tradicionalmente, los predicados que se atribuyen a Dios corresponden a los predicados personales y racionales que el humano posee de él mismo. Así en palabras que hicieron célebre al filósofo Ludwig Feuerbach: “La religión es la discrepancia del humano consigo mismo: el hombre se pone frente a Dios como una entidad opuesta a él. Dios es la entidad infinita, el humano es la finita; Dios es perfecto, el humano es imperfecto; Dios es eterno, el humano temporal; Dios es omnipotente, el humano impotente; Dios es santo, el humano pecador. Dios y el humano son extremos: Dios, lo puramente positivo, el conjunto de todas las realidades; el humano, lo meramente negativo, el conjunto de todas las nadas… Todas las determinaciones de la entidad divina son determinaciones de la entidad humana”.

Esto es, la idea de Dios es la de un humano potenciado al extremo. La enajenación religiosa operaría así: el humano inventa este ser superior, tan parecido a él, pero desbordado, y luego su invento se vuelve contra él, cobra autoridad y lo esclaviza. Dios se convierte así en algo como el Gólem, es decir, estaríamos ante una variante del viejo tema del aprendiz de brujo.

La concepción de Dios como humano potenciado es concepción muy vieja. Por ejemplo, es la de Tomás de Aquino, quien piensa que: Dios es análogo al humano, sólo que extremado en calidad y perfección. A esto se llamó justamente antropomorfismo (tratar de apreciar a Dios como si fuera humano desaforado). Los jóvenes hegelianos (Marx incluido) siguieron a Feuerbach y estimaron que, al denunciar este antropomorfismo, hacían un diagnóstico que demolía la religión. Pero, como veremos, todo esto se funda en la ilusoria suposición de que disponemos de conceptos para hablar de Dios, cosa por entero errónea.

El libro de Rudolf Otto, libro revelador, obra maestra de la teología del siglo XX, parte de la idea de que toda esa tranquila racionalidad que pretende entender a Dios está por entero fuera de lugar. Dios no es este humano potenciado; Dios es, por el contrario, lo completamente diferente, es lo único por entero incomparable con cuanto existe, lo más heterogéneo, es el Monstruo, es lo Otro. Para llegar a Dios es preciso dejar atrás la suave racionalidad protectora y hacer entrada en la hirsuta irracionalidad.

Sería mejor decir arracionalidad, porque lo meramente irracional con frecuencia no sale de la esfera de la razón, sino nada más contradice cierta racionalidad, pero Dios no contradice nada, sino de plano es lo diferente, lo heterogéneo, lo que no tiene que ver con nada. Dios es lo imposible que, sin embargo, es ante el creyente una clara presencia.

Ahora paso a explicar lo que iba diciendo: no son los predicados que asociamos a Dios, perfecto, omnipotente, los que están errados; el yerro es anterior, es más básico, más profundo, y consiste en que a Dios no puede aplicarse ningún predicado. De Dios no sabemos nada ni nada podemos saber, nada, Él es la otra orilla, lo Otro, el Monstruo, lo perfectamente heterogéneo, Dios no se parece a nada.

Prosigamos, pero antes limpiemos un poco el vocabulario. Vamos a introducir el sustantivo “numen”. Numen es ente sobrenatural sin representación más exacta, esto es, que no dice nada; que, como afirmaba Chuang Tzu del concepto de Tao, es concepto mudo.

Es conveniente usar un nombre fresco, como Numen, porque la palabra Dios está gastada y conlleva asociaciones inadecuadas como, por ejemplo, que es perfecto. Imagínense ustedes, es una necedad, ¿puede tener algo que ver nuestra modestísima y elementalísima concepción pigmea de lo que es perfecto con el abismal misterio de lo numinoso?

Ahora, numinoso es lo propio o perteneciente al Numen, esto es, a lo sagrado. Conviene a Dios esta palabra porque los conceptos son racionales y la aprehensión de Dios, o mejor, de lo numinoso, es irracional, o mejor, arracional, pero no te decepciones. La aprehensión de muchas cosas es irracional; por ejemplo, la aprehensión de la música o la pintura.

Ilustraciones: Kathia Recio

 

Experiencia religiosa y experiencia estética

Consiste la experiencia religiosa en momentos solitarios de estados espirituales peculiares, y también la experiencia de la música tiene sus momentos y sus estados particulares. Safranski da comienzo a su biografía de Nietzsche diciendo: “El verdadero mundo es música. La música es lo monstruoso. Si uno la escucha se abriga en el ser. Así la experimentó Nietzsche, para quien la música lo era todo, una realidad que no debería terminar nunca”, porque cuando finaliza la música todo pierde sentido. Schopenhauer, maestro de Nietzsche, sostiene que de plano la música no imita nada, la música es el ser mismo. Y así, sigue la aventura metafísico-musical de los pensadores alemanes, que Heine decía que no era más que aire.

¿Qué pasa cuando oyes la sonata para violín y piano de Debussy o cuando miras atentamente un cuadro de Klee? El Angelus Novus de Klee, por ejemplo, que fascinaba tanto a Walter Benjamin que lo adquirió y lo tuvo siempre a su alcance hasta que se vio forzado a dejarlo atrás al escapar de los nazis. No, ¿verdad? No puedes explicar nada. Irracional, en este caso, quiere sólo decir que no puedes dar razón en conceptos de la experiencia. En este sentido la experiencia estética, por común que sea, es también irracional e inexplicable.

Es bien claro que hay mucha gente que, desdichadamente para ella, permanece impávida ante la experiencia de oír música de Debussy o ver un cuadro de Klee. Es patente también que hay mucha gente que, para desdicha de ella, me parece a mí, permanece impávida ante la experiencia religiosa. Ninguna de las dos puede explicarse. La música es perfectamente clara y también perfectamente inexplicable. ¿Por qué te deleita tanto la música? No sabes. La experiencia religiosa es también inexplicable y no puede explayarse en conceptos. Y en esa medida es irracional, o mejor dicho, arracional.

Nietzsche escribió a su amigo Erwin Rohde, el autor del revelador tratado acerca de la religiosidad de los griegos, Psique, “libro que explora el más allá griego”, “todo lo que no se deja aprehender a través de relaciones musicales engendra en mí hastío y náusea…”.

Pero hagamos alto aquí, no podemos seguir; el asunto desarrollado por Nietzsche pronto se ahonda y adensa, como es común en el maestro, y nos arrolla y nos lleva lejos de nuestro asunto.

¿Podemos avanzar? Desde luego, apenas estamos comenzando. Tratemos de caracterizar, de individualizar, la experiencia del contacto con lo numinoso. Religión, una definición, la de Schleiermacher: “Religión es el sencillo sentimiento de una relación de dependencia de algo muy superior a nosotros y el deseo de entablar relaciones con esta misteriosa potencia”.

El correlato de una “potencia muy superior a nosotros” es en nosotros un sentimiento de que somos criaturas, esto es, de seres incapaces, débiles, chiquitos, unas criaturitas extraviadas e impotentes.

Porque aquí se ha establecido una correlación: a mayor debilidad, incapacidad y menester de la criatura, mayor independencia y poder de lo numinoso. En tanto más presente es el poder de lo numinoso, nuestra debilidad y menester está más presente. Llamamos a esta correlación sentimiento de criaturidad.

Un ejemplo cristiano. Simone Weil explica el error de Pedro cuando promete a Jesús que va estar con Él, y Cristo le dice eso famoso, y bien dicho, de “antes de que cante el gallo me habrás negado tres veces”. Para Simone Weil el error de Pedro fue de altanería, de creer “yo puedo solo”, pues debió decir: “Si tú me ayudas, Señor, yo que soy nada, no voy a negarte”. No reconoció con humildad su condición de criatura, prometió lo que prometió, y ya vemos el resultado.

 

Caracterización de la presencia de Dios

El fiel se dispone a rezar, se aísla en recogimiento (con adiestramiento el rezador puede recogerse en cualquier parte, en la cola para entrar a un cine, por ejemplo), y la oración se dirige a una presencia incorpórea, a algo que no se ve ni se toca, pero que él siente que ahí está. ¿Y qué podemos decir de esta presencia?

Con esta interrogación llegamos a la necesidad de una caracterización de lo que es lo numinoso para nosotros. No podemos entender en conceptos esa presencia, pero en los sentimientos y emociones de la experiencia con lo numinoso captamos algo de lo que esa experiencia es para nosotros. Esta caracterización de lo inimaginable es, en alguna medida, lo que ha hecho famoso el libro de Otto. La presencia de Dios es para nosotros:

Mysterium tremendum et fascinans
(Misterio tremendo y fascinante)

Caracterización de Otto de la experiencia religiosa que ha venido a ser justamente célebre. Vamos examinando cada una de estas notas de presencia de lo numinoso.

Mysterium. Un enigma y un misterio no son lo mismo. En la novela El misterio del cuarto amarillo de Gaston Leroux el misterio no es propiamente misterio, sino un mero enigma, un acertijo, el clásico enigma del cuarto cerrado, y la novela se sigue con avidez porque sabemos que el acertijo va a tener solución, es decir, que va a ser descifrado antes de que terminemos de leerla.

Pero un misterio no es un puzzle. El misterio es algo que, por hipótesis, no puede ser descifrado, es por naturaleza inalcanzable, marca un límite humano, un hasta aquí entiendes, no más allá. Más allá del límite, se alza una presencia irracional, inexplicable mediante conceptos, que, por inexplicable que sea, lo mismo es una presencia, una presencia que como es incorpórea carece de sentido interrogar que dónde está, si está al lado o frente nosotros, preguntas todas ellas relativas a lo espacial.

Se dice que Dios está en todas partes. Para que pueda darse esta, en apariencia imposible, polilocalización de lo numinoso, parece ser indispensable que no ocupe ningún lugar particular, ¿o no?

La existencia de Dios no puede demostrarse. Exponía mi maestro José Gaos: si se demostrara tajantemente y sin lugar a ninguna duda la existencia de Dios, desaparecerían muchas cosas, y la primera de ellas sería la religión, porque la religión sólo prospera en el misterio y la incertidumbre, dado que en lo evidente no puedes creer. No puedes creer que “el todo es mayor que cualquiera de sus partes”, simplemente lo adviertes.

Tremendum. Ante lo inescrutable, no sólo sobreviene la mudez de la criatura, sino algo más: la experiencia de lo tremendo, el tremor. Un sentimiento de temor muy conocido “pero que nos sirve aquí para designar aproximadamente y sólo por analogía, un sentimiento reflejo, de naturaleza peculiarísima”, explica Otto, que se parece al temor y por eso puede aludirse a él con la palabra, pero que es en realidad algo muy distinto. Y más intenso, no es temor, es miedo intenso, es terror, un terror peculiar, un terror de Dios. La expresión figura con frecuencia, por ejemplo, en la Biblia. Dice Job: “Aparta de mí tu mano y no me asombre tu terror” (Job 9, 34).

Este terror no es el tipo de miedo del que por tantos motivos naturales puede sentirse, sino es una inquietud extraña, intensa, un terror vago, indefinible, que marca el carácter religioso de la experiencia.

Y aquí Otto deja ver una teoría relevante y ambiciosa: de esta fuerte e inquietante experiencia de lo tremendo, “de este sentimiento y de sus primeras exploraciones en el ánimo de humano primitivo ha salido toda la evolución histórica de la religión”.

¿“Toda la evolución histórica de la religión”? ¿Qué habría opinado, por ejemplo, sir James Frazer de esta derivación, según la cual el tremendum es el “impulso fundamental específico que no se deriva de otros”? “Todas las explicaciones del origen de la religión por el animismo, la magia o la psicología popular quedan condenadas de antemano al error y dejan escapar la verdadera esencia del problema”.

Es decir, toda religión tuvo su origen primero o más lejano, en el estremecimiento místico de un troglodita. Bien puede ser. ¿Por qué no va a ser, si no la misma experiencia, una semejante, la del refinadísimo Juan de la Cruz y la del cazador recolector que en un claro del bosque siente un extraño e inexplicable temor que lo estremece?

Un punto es que todo esto es especulación y no puede comprobarse. Pero sí tiene sentido y podría ser acertado.

Porque dice: “La religión no nace de un temor natural ni de un hipotético miedo generalizado al mundo. Este horror no es un temor natural, común, sino ya es un primer sobresalto y barrunto de lo misterioso, tremendo y fascinante…”.

Qué problema, la religión de los primitivos, problema exquisito, cómo ha dado en qué pensar; recuerda eso que dijo, si no me acuerdo mal, Paul Valéry: “Un problema insoluble es un tesoro”.

Que el Numen puede ser peligroso, su poder es inmenso, y Él es misterioso, inescrutable. De esa captación del tremendum del Numen proviene esa concepción, que disgustaba a Simone Weil, la de la Cólera de Dios, que aparece en el Viejo y Nuevo Testamento, en el Indostán, o en la religión precortesiana con el dios furioso Tezcatlipoca, cuyo emblema es el jaguar. El dios peligroso, la cólera de Dios está asociada, deriva, del desaforado poder que se siente en el Numen. Y su misterioso equilibrio puede ser, como el de la dinamita, inestable. Tanto poder no deja de ser peligroso.

A partir del tremendum la concepción de la ira y aún la maldad de un dios (porque Dios puede ser tan heterogéneo que la posibilidad de que parezca malvado se hace menos discordante). No hay que olvidar que el Numen es lo único que nos es total y profundamente heterogéneo de cuanto existe. Dios es lo diferente, lo único en verdad y a fondo diferente. Dios es el monstruo.

Fascinans. De esta nota de lo numinoso se van a desprender ya formas familiares y conocidas de practicar la religión, por ejemplo, autoflagelarse, ajustarse silicios o ayunar. La abstinencia de comer ciertos días o, aún más pronunciado, como el mes de Ramadán, son abstenciones propiciatorias. El carácter tremendo da miedo, pero por su majestuosidad, a la vez que asusta “atrae, capta, embarga, fascina. Ambos elementos, atrayente y retrayente, vienen a formar entre sí una extraña armonía de contraste”. Este contraste armónico, este doble carácter de lo numinoso (el objeto divino puede aparecer a la vez como horroroso, espantable, diabólico y se presenta también, como seductor y en extremo atractivo).

“Es el hecho más singular y notable de la historia de la religión”, apunta Otto.

Y aquí, porque queremos acercar al Numen, ganar, si no su aprecio, al menos su misericordia, en la descripción de fascinans, como decía, emergen por fin, tanto en las religiones institucionalizadas como en las prácticas recogidas, “manifestaciones y formas de acción religiosa fácilmente comprensibles que de ordinario ocupan el primer término de la historia de la religión, tales como expiaciones, rezos, sacrificios, acciones de gracia, etcétera. Aquí entra también una serie de cosas o procedimientos extraños, en los cuales se cree reconocer las raíces de la mística”.

Así, por virtud de procedimientos extraños e intervenciones fantásticas, chamanes, hechiceros, brujos, devotos, como el rey David que bailó desnudo ante el Arca de la Alianza, los que han entrado en contacto con el Numen intentan apoderarse de Él, colmarse ahí y hasta identificarse con él. A Bataille le intriga el sacrificio humano y estima que a partir de esta apreciación del Numen la tribu decide darle lo más valioso que tiene; ¿qué es lo más valioso? Pues uno de los miembros de la tribu, y de ahí viene el sacrificio humano. Aquiles mata adolescentes como quien arroja flores sobre la tumba de Patroclo, afirma Simon Weil.

En este camino la posesión del Numen, o ser poseído por él, se convierte en un fin que se busca por sí mismo, mediante aplicaciones de métodos cada vez más refinados y feroces de la askesis (ascética).

Y es en ese momento en el que, dice Otto, da inicio la verdadera vida religiosa.

 

Hugo Hiriart
Escritor, dramaturgo y ensayista. Ganador del Premio Nacional de Ciencias y Artes 2009 y Premio Mazatlán de Literatura 2011. Ha publicado, entre otros títulos: El arte de perdurar, Disertaciones sobre las telarañas y Galaor.

 

2 comentarios en “La posesión del Numen

  1. En el Éxodo 3:14 Dios le confía a Moisés su verdadero nombre que en hebreo antiguo se escribe YHVH, porque e la escritura omitía las vocales que los lectores debían agregar de memoria. Los judíos tenían prohibido pronunciar el verdadero nombre de Dios y lo sustituían por Adonay. Por ese motivo desconocemos su pronunciación original, pero los estudiosos del idioma han determinado que la pronunciación más aproximada de la palabra sería Yahvé que se ha traducido como “Soy el que soy”.
    “Soy” expresa: no quiero recibir un nombre que me iguale a los seres y cosas que habitan el planeta, soy diferente e incomprensible, por eso es innombrable. No obstante, los hebreos lo nombraron Adonay (el Señor) para no pronunciar verdadero nombre, pero al hacerlo lo convirtieron en un ser de este mundo, al hacerlo comprensible, sobre el que construyeron una religión. Parece que en el origen hay una gran sabiduría que se distorsionó al paso del tiempo. Ojalá este libro de Hugo Hiriart pronto deje de ser inédito para disfrutarlo en su totalidad.

    No obstante, la pronunciación original de la palabra no pudo llegar hasta nosotros, pues a los judíos les estaba prohibido pronunciar el verdadero nombre de Dios. De modo que, por respeto, para evitar su enunciación, la gente decía (que significa ‘el Señor’) cuando leía los textos sagrados o se refería a Dios.