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Carlos Perezalonso, poeta nicaragüense, que vivió sus años de estudiante universitario en México, murió en agosto del año pasado a los 77 años en León, Nicaragua, la ciudad de su madre y sus abuelos maternos, donde terminó recalando después de una vida azarosa que lo trajo y lo llevó por distintos caminos, pero conservando siempre una fidelidad absoluta con su oficio literario, que se impuso sobre los de abogado o economista, profesiones en las que se formó.

Ilustración: Ricardo Figueroa

Nacido en 1943, fue parte de la generación de escritores surgidos en Nicaragua en los años sesenta del siglo pasado, a la que yo pertenezco, y desde sus poemas primerizos de entonces podía advertirse ya en él una voz singular, para no decir solitaria, dentro del desafío que la poesía nicaragüense ha tenido en cada generación, bajo el peso ejemplar de Darío, que es huir del estancamiento y la repetición: no repetir, no repetirse, alterar el paisaje, aportar novedades, no quedarse atrás. Un gran contraste que la modernidad la ganen las palabras, en un país donde la historia se estanca para quedarse siempre en lo arcaico y las revoluciones sociales resultan experiencias fallidas.

Tras el modernismo de Darío los posmodernistas, Salomón de la Selva, Alfonso Cortés, Azarías Pallais, después de ellos los vanguardistas, José Coronel Urtecho, Pablo Antonio Cuadra, Joaquín Pasos, luego los posvanguardistas con Ernesto Cardenal, Carlos Martínez Rivas y Ernesto Mejía Sánchez, hasta esa generación de los sesenta, que es capaz de recoger la herencia verbal, hacerla propia, transformarla, y darle un nuevo brillo. Es cuando surgen por primera vez, numerosas, las voces de las escritoras, Michele Najlis, Ana Ilse Gómez y luego Gioconda Belli, Daisy Zamora, entre muchas.

El trabajo con las palabras es siempre mental, aunque se trate de la sagrada poesía, la vaga libélula de los modernistas, y Carlos fue siempre consciente del paso que media entre las percepciones, emociones, sensaciones y sentimientos, y las palabras precisas, para que así lo que llega por lo sentidos deje impresa su huella. Atrapar lo que se halla suspenso entre el violín y el arco, volviendo a Darío. Para que el agua del momento no se escape entre los dedos, esa agua que seguirá siempre corriendo y nunca será ya la misma, como la del río de Heráclito, que va a desembocar siempre, si no queda atrapada por el acto de la poesía, en el Leteo, donde todo es ya olvido y desmemoria.

La inspiración sería una banalidad si no exis-tiera esa reflexión sobre la palabra justa, ese ajuste de cuentas entre los imaginario y lo verbal, que es lo que Carlos logra articular, sin desperdicio, en sus poemas, versiones de visiones, apropiación de paisajes, recreación del pasado y de la memoria, y también del instante, todo eso que llega a arder en una sola hoguera para iluminar rostros y lejanías. Una poesía que madura con los años y los daños, el aprendizaje de vivir, las muertes y los desconsuelos, los desengaños y las ausencias. La soledad.

Los libros de Carlos, plaquettes que tienen una vida orgánica, y donde los poemas se comunican entre ellos, son fruto de esa meditación frente a las palabras, su propia marca, lejos de toda verbosidad. Íntimos y acerados.

Entre esos libros están: Nosotros tres, publicado más tarde con el título Variaciones del estupor; El otro rostro; Vida, el sol; Cegua de la noche; Orígenes y exilios, 1992-1998; Estancias y otras consignaciones; Ocaso en El Tránsito; El jardín de la cuchilla y Cancionero del tiempo. También es autor de un libro de cuentos, La muerte de El Niño Dios.

Esta selección que presenta nexos fue hecha por su esposa, la escritora Celia María Sandino Baus.

 

Sergio Ramírez