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A Lincoln

Ilustraciones: Ricardo Figueroa

Y la noche miró en silencio su cuerpo
Como si le perteneciera.
Pero Lincoln amaba las rosas,
a los poemas y a los niños,
amaba la hoja que cae del árbol perdido
amaba las tardes.

Luego vinieron los embajadores
Con ropas planchadas y negras como a una función.
Y los militares con botones de oro y botas de charol,
y los políticos,
y las damas de largos vestidos hechos para la ocasión.
Y todos creían ver al presidente en el cadáver aquel
que llevaba vestido de seda
entre cuatro soldados expuesto
como entre cuatro columnas de hierro.
Pero Lincoln no estaba.
Más atrás estaba el pueblo,
y descalzo, entre ellos, estaba Abraham Lincoln.
Y más atrás estaban los viejos soldados de barbas hirsutas.
En su caballo blanco, entre ellos, estaba Abraham Lincoln.
Y después los negros.
Con sus sombreros de paja y actitud doliente,
entre ellos estaba Abraham Lincoln.

De carruajes con flores
y brillantes espadas como soles de marzo,
de señores de luto y de banderas
el desfile fue largo y silencioso.

Atrás venía el pueblo.
Y puestos de pie, las manos de los campesinos muertos
trataron en vano de besar su planta al bajar a la tumba.

Atrás venía el pueblo
Y el viento repartió su espíritu
a todos los ámbitos de la tierra,
el pueblo no pudo verlo
y los obreros lanzaron al aire sus besos.

Pero esto fue hace mucho tiempo,
y fueron los padres de mis abuelos los que amaron su cuerpo.
Ahora, en el tiempo en que riego mi jardín por las tardes
y escribo poemas de noche,
mis hermanos y yo
amamos su espíritu.
(Nosotros tres, 1959)

 

Sota de espadas

El Rey
solo
sin la Reina
y la Sota de Espadas.
Muerte, por supuesto.
No, no. Con el mazo en alto.
Y el vuelo de las aves agoreras
No es cuestión de risa, jovencito.
Y yo muero de risa: ¡ah, claro! Los huesos siempre me han asustado
debo admitirlo.
Y ella, más calmada:
La Sota de Espadas no te alarme, no habrá muerte
sino un amor frustrado. Y el Rey
(mordaz)
nunca tendrá su reina.
(El otro rostro, 1966)

 

El mediodía del fauno

Vimos a la mujer
meterse en la espesura azul
de la sombra del Telica.

Especialmente yo la viera
—con la lata de agua al hombro—
mojándose los pechos
remojándose y secándose
—¡cómo no!—
bajo el nicaragüense sol
y mi mujer
—asomada a la ventanilla
de un veloz automóvil—
como un animalito husmeando
sin reconocer —reconociendo
el peligro
que el deseo de su señor encierra.

Pero esto que fue fugaz temeridad
es ahora dolorosa permanencia:

cuando el fauno sestea
vuelve a ver aquella mujer
otra vez.
(Vida, el sol, 1976)

 

Oración del disidente

Hurgando entre escombros de la noche
—para identificar mi rostro—
sólo encontré el jade cariado de la risa de Tezcatlipoca,
el que regresa a contemplar a sus muertos:
muchas horas dediqué al meloso mezcal,
con amigos desafiantes, colmando luminosos días
de despreocupación y de canciones.

Dios de los marginados,
el viento de esos días devuélveme.
El sol de esas mañanas, claro y honesto como un espejo,
o la oblicua luz de aquellos atardeceres
donde toda memoria es como un estanque quieto
y el tiempo una breve brasa que se apaga

y no este atropellar de bestias asustadas,
corral de las matazones, antesala del descabello:

el abatido horror
por la sangre de aquellos inocentes
sorprendidos en el sueño por el sismo
—su marchito enigma—
flor de sarro y tierra y hierros retorcidos.

Los despoblados ojos de Raquel Nazour.

Y el siempre constante recuerdo de mi hermana,
toda aurora y naranja picoteada.

La repugnancia
por los espectros de la noche pochteca,
olorosos a lavanda y con pañuelo de seda en el bolsillo,
de blandas y huidizas manos, favoritos de la usura,
pujando y pujando, siempre pujando
hasta la hora del cierre final en el Salón de Remates.

El médico que mide mi miedo
en vasitos de tequila
o el actuario que me amenaza y que me deshereda
aún antes de poseer algún bien.

Y tantos otros neuróticos y angustiados,
estos materiales me diste,
que yo recogí diligentemente y los limpié
y los pulí para que embonaran,
para que tuviera sentido el caos, para hacer la obra

—amores que creí para siempre, las otras caídas,
los pequeños petardos de la alegría—

para armar mi vida astillada.

Pero nada tengo ahora
sino ese poco confiable baúl de los recuerdos
que de estación en estación voy olvidando.

Pasajero de nada, y hacia nada,
quiero ahora girar en seco,
que ya no me guíe tu mano infalible.

Déjame la certeza de la duda
que me empuja y me sostiene,
el orgullo de una vida inútil,
la cenicienta oquedad del desamor
y la rabia:
pocas cosas para el largo exilio.

Media vida de poesía te entrego ahora,
sin un solo minuto de paz a cambio.
(Cegua de la noche, 1990)

 

Las hamacas

¡No quiten las hamacas! ¡No las toquen!
que quede la moldeada curvatura
de la espalda,
que permanezca el murmullo
de la canción,
la tibieza del cuerpo ovillado,
la languidez del brazo que se asoma
de la mujer que sueña.
Conservemos su sueño.

Mantengamos el rumbo
que marcó el pequeño marinero
en el viento;
para su memoria levantemos la proa,
que no la rasguen los restos del naufragio.

Compartamos el descanso
de los fatigados espectros
que por las noches
se mecen en las hamacas.

Respetemos el aire que las atraviesa
y al tiempo que anida en su trama.
Recordemos cómo, ateridos,
desde sus vientres escuchamos
el silbo ya apagado y lejano
de las primeras sirenas.

Dejemos que la lluvia pudra las hamacas,
que las reseque el sol,
que las habilidosas manos de los días
desaten sus nudos.

Una mañana encontraremos
sus pieles de viejas serpientes
arrugadas junto a los postes
que las sostuvieron.

Que vuelva el viento al viento,
el bejuco a la tierra, la oquedad a la nada.
¡No las quiten!
(Orígenes y exilios, 2002)

 

Nada subyace, todo aflora

En el avión, entre hombres de negocios,
voy a cerrar el negocio
más negro de mi vida:
traer las cenizas de mi hijo.

En una soledad sin límites,
sin reclamar algo, pensando en nada.

Un agrio mar dentro de mí
se agita y se extenúa.
Pero nada subyace, todo aflora.
Y lloro.

El que ha amado —como el que ha matado—
se vuelve débil y suspicaz con la muerte.

Ahora desprecio
mi agnosticismo provinciano,
y el estúpido coraje con el que otra estirpe
de adoloridos me educara.
Aferrado a un dios difuso
expío antiguas y oscuras culpas.
Y sólo, tal vez, una leve fe me sostenga.

De esta dolorosa manera
el mundo se ensalza y se redime,
desde la primera aurora
hasta el último de los ocasos,
donde ahora la risa de un niño se apaga
y otro silencio aguarda.
(Orígenes y exilios, 2002)

 

Mirando pintar al pintor

¿A quién miran estas mujeres?
¿Qué esperan? ¿Qué callan?

Miradas de reto y de secreta invitación.
Apenas dibujadas las sonrisas de Giocondas
[tropicales, rebozantes en su propia intimidad.
No hay alarde de cautiva belleza
sino afirmación de vida que se goza,
mujeres frutales,
sirenas de silencioso canto,
canto de amor y de mar.
¿A quién ven?

Miran al pintor que las crea.
Le sugieren, coquetas y alborozadas,
líneas, detalles y colores,
tonalidades nostálgicas que él, feliz,
consigna y plasma.

Ellas, remolonas van surgiendo
de la noche informe,
y asomadas a la ventana del cuadro
inauguran su propio amanecer.
(Estancias y otras consignaciones, 2006)

 

El viaje

Es difícil sostener el aliento en medio del tropel,
en la polvareda, la empujadera
hacia el barranco…

Estarás atento al golpe siseante y sordo de la puerta
del vagón que vomita multitudes,
al pasajero que te espía sobre el hombro,
desconocidos y juntos
en el mismo tren donde viajan indefensos.

Peor aún, creyéndote a salvo,
en el mullido sofá de la antesala
del funcionario, aferrado al texto
de un disparatado proyecto.

Viajando aunque estés quieto,
en la cabina de aire acondicionado y
música ambiental,
viajando,
siempre viajando desde el Principio.
Pero el verdadero refugio está en el tránsito
del tiempo suspendido
entre el ir y el venir:
un tiempo sin nadie, sin amor
y sin odio,
y triste tiempo
donde días y noches se suceden en sombra.

No hay espera ni promesas en ese tiempo.
Y la casa es un vagón de tercera clase
desordenado por todos los que entran
y salen sin decir adiós.
(Ocaso en El Tránsito, 2009)

 

Midas

Pónganle la tapa al pomo,
sellen la cueva.
No quiero otra vez
impetuosa y feroz a la minotaura.
No podría vivir
con esa dualidad de amor
y desamor.
No es vergüenza. Sólo
no puedo consentir al monstruo.
No sé en qué oscuros lechos
engendró otro engendro.
Yo, Midas, muero de soledad
y pesada misericordia.
Pónganle la tapa al pomo,
sellen la cueva,
por favor.
(A mano limpia, 2013)

 

Inoportunos

Vino la muerte a ver
si se sentaba en el jardín.
Vino el olvido. La nostalgia
arrastrando sus harapos de lino
y no encontraron lugar. No aquí,
entre estas risas, entre estas rosas.
(El jardín de “La Cuchilla”, 2014)

 

Solsticio de verano

Libélulas rasantes
helicópteras,
ateridas mariposas,
lluvia intermitente
bajo el sol temprano
fragmentado en charcos
adonde llegan breves güises a beber
y minúsculas ranas
se asoman a la vida
brincando
desorientadas.

Esto no lo olvidarán mis ojos.
Llevaré estos momentos conmigo
en el más adentro de los conmigo.
Oiré para siempre
el parloteo de los chocoyos,
los desafiantes gritos de los zanates,
el murmullo doloroso de las palomas,
el reclamo de los cenzontles.

En este día largo para la memoria
y corto para los sueños,
en este único día no inventado
vértice del tiempo
juntos esperamos
el atardecer.
(El jardín de “La Cuchilla”, 2014)

 

Canto de reclamo al olvido

I
Mujeres que se sumergieron en el tiempo
y no se salvaron. No sé sus nombres,
pero sé leer el mapa claro de sus cuerpos.
¿Por qué recuerdo eso?
Ahora creo que sí
reino sobre fantasmas.

Lepra de la razón,
me has estado engañando, Olvido.
Simulador siniestro, socio servil
de la Memoria.

II
La corbata azul de puntos blancos
que tanto me gustaba,
más lazo de horca que corbata,
la camisa abierta, retadora,
confuso rapsoda recostado en la barra,
esperando a la iniciada de turno,
adivinando el misterio, iluminado paisaje
donde no aparece siquiera la normalidad que jodió el destino.
Y de nuevo la pistola en la sien:
el amor, ya devaluado,
sucia servilleta que rueda
por los pasillos hediondos a orín.

No esperes a la iniciada.
No existe.

Estás aguardando, ahí arrinconado,
a Leucothea, la Diosa Blanca,
Diosa de la Muerte en Vida,
a la Triple Diosa Musa,
que está en la luna y en el mar
y en los árboles, Creatix Rhea.
Fragmentada Coatlicue;
alegre, fresca y mañanera Cipactonal
reina del maíz y la vida.
¿Cuántos nombres tiene
la que no nos manda sino a sus sirvientes?

III
Olvido, modesta sombra, devuélveme el silencio,
su música interior,
las dos mil voces profundas del coro
para derribar los muros del tiempo.

(Aclaración del maestro de coro:
así como lo negro no es ausencia de color,
el Olvido no es ausencia de recuerdos,
es memoria primigenia,
es substancia original que fluye, crece;
no es un álbum estático de fotos amarillentas
como la Memoria,
es un colaborador del Tiempo,
que lija, pule con dedicación las cosas
hasta desaparecerlas.)

IV
Autodedicatoria:
quiero ser el forastero de estas canciones;
cantarlas solitario frente al mar coral
sin recordar quién las compuso.
(Cancionero del tiempo, 2019)

 

Carlos Perezalonso (1943-2020)
Poeta y narrador.