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[Venus] da un paso y se revela diosa…
—Virgilio, La Eneida1

“El término medio del andar ordinario” de un onagro, leemos en La piel de zapa, “es de siete mil pasos geométricos por hora”, unos 5 km/h, más o menos igual a la velocidad promedio de una persona al caminar. Los andares del arquitecto de La comedia humana por caminos propios de asnos salvajes y otros cuadrúpedos no merecerían mayor atención de la ciencia de no ser porque rasgos como la velocidad, la asimetría y el peso de cada paso dado por la galería de personajes balzaquianos al andar no pocas veces tuvieron una huella tan notoria como el rostro, la personalidad y otras características de cada uno de ellos. Esto no es tan sorpresivo una vez que tomamos en cuenta que Balzac creía que “el caminar es la fisionomía (pseudociencia, muy popular en esa época, según la cual basta con vernos la cara para saber cómo somos2) del cuerpo”.

Ilustración: Oldemar González

Así, en El cura de Tours, una solterona “andaba como si fuese […] de una sola pieza, y a cada paso parecía surgir como la estatua del Comendador”. En Las ilusiones perdidas, vemos a Lucien “caminando con ese paso arrastrado y desacompasado de los desgraciados”. En Una hija de Eva, la manera de andar de Raúl Nathan “desafiaba todas las ideas de orden a causa de los zigzags entusiastas y las detenciones inesperadas”. En Honorina, los pequeños pies de la homónima “producían un leve rumor sobre la grava, un rumor que les era propio y que armonizaba con el susurro de sus ropas”. El “andar algo brusco” del señor de Espard, de La interdicción, “estaba en perfecta consonancia con su modo de hablar”. Y, mientras que “ese modo de mover el pie hacia adelante” de la mujer parisiense, en Otro estudio de mujer, “excita en el transeúnte una admiración mezclada de placer, pero reprimido por un profundo respeto”, la mujer inglesa “cuando […] trata de caminar así, parece un granadero que avanza para atacar un reducto”.

Dado que, para Balzac, la hipotética asociación entre marcha y personalidad humanas era “la ciencia más nueva y, por consiguiente, la más curiosa que cabe tratar”, el escritor decidió sentarse en una silla del boulevard de Gand “con el fin de estudiar la forma de andar de todos los parisinos que tuvieran la mala pata de pasar” ante él durante el día. Armado con esta muestra de 254 personas y media (“ya que cuento a un señor sin piernas como fracción”), más que una nota breve en las Memoires de l’Académie des Sciences, lo que resultó fue un tratado entero: Teoría del andar.

“¿No es realmente extraordinario —apunta Balzac— ver que desde el tiempo en que el hombre camina nadie se haya preguntado por qué camina, cómo camina, si camina, si puede caminar mejor, lo que hace al caminar…?”. A pesar de este asombro y de que Teoría del andar es la primera obra dedicada exclusivamente al análisis de la marcha humana, desde hace más de 4000 años ya había quienes se hacían ésa y otras preguntas sobre el tema, como se lee (para quien sepa descifrarlos) en los jeroglíficos del papiro Edwin Smith. Uno de los 48 casos clínicos descritos en este documento por un cirujano egipcio es el de un paciente que “camina arrastrando la planta del pie, del lado en el que tiene una lesión [una protuberancia debida a un golpe] en su cráneo”, lo que hace suponer a los especialistas actuales que la causa de su mal andar era neurológica.

No hay otro animal que camine como nosotros. El nuestro es un bipedalismo obligado, en el sentido de que no tenemos otra opción y a diferencia del bipedalismo facultativo de otras especies que, cuando quieren, pueden caminar en dos patas, pero prefieren no hacerlo, como chimpancés y otros primates (al exhibir su dominancia), canguros y otros macrópodos (que se desplazan hasta en cinco extremidades), gerenucs y otros ungulados (para alcanzar ramas altas al comer), suricatas (en modo centinela), osos (al pescar salmón) y, por supuesto, las aves (salvo emús, kiwis, avestruces y otros paleognatos, bípedos, más que obligados, condenados a no volar; los pingüinos, que son aves marinas, se cuecen aparte).

Si, como hace notar Balzac, nadie piensa en caminar al caminar, no menos cierto es que no hay estudioso de nuestro medio de locomoción que haya dejado de pensar en cuál de las más de treinta hipótesis que intentan explicar su origen y evolución es la correcta. Para cada una de estas teorías hay evidencias a favor y en contra que impiden aceptarlas o descartarlas por completo y, puesto que la mayoría no son mutuamente excluyentes, es probable que dos o más hayan intervenido en lo que nos llevó a abandonar nuestras andanzas por el mundo a cuatro patas (salvo, claro está, al gatear siendo bebés). Evidencia inequívoca de un ancestro bípedo es el niño de Nariokotome (Homo erectus), con una antigüedad de 1.6 millones de años, pero fósiles de huellas de Laetoli, Tanzania, indican que hace 3.7 millones de años una pareja de caminantes hundió sus pies, y sólo sus pies, en el fango.

Balzac aventura también doce aforismos —un poco desencaminados algunos— sobre las peculiaridades del bipedismo humano. Que “el movimiento lento es esencialmente majestuoso” o que “cuando el cuerpo está en movimiento, el rostro debe permanecer inmóvil” no son precisamente la razón de que la neuróloga Susana Collado Vázquez y el psicólogo Jesús María Carrillo se anduviesen por las miles de páginas de La comedia humana.3 Sucede que, como señalan estos científicos, nadie antes que él había acometido —sin ayuda de cámaras infrarrojas, electromiografías, técnicas posturográficas ni ninguna otra tecnología— la tarea de observar y registrar repetidamente las muy distintas formas que tenemos de poner un pie después de otro al desplazarnos; si es un traspié de Balzac el considerarlas indicadores confiables de la personalidad, no lo es consignar en sus retratos literarios las consecuencias de ellas, como el peso, la altura, la clase social y la ocupación de los andantes.

Que, por ejemplo, “un obeso se ve necesariamente forzado a abandonarse al movimiento torpe introducido en su ahorro por el vientre que lo domina”, es una alteración que ha sido validada por la ciencia, ya que el exceso de peso suele limitar la rotación horizontal de la cadera al andar.

Una pequeña muestra de que, a pesar de uno que otro tropezón, Balzac era en verdad un experto en la naturaleza humana y sus andanzas.

 

Luis Javier Plata Rosas
Doctor en Oceanografía por la Universidad de Guadalajara. Sus más recientes libros son: La ciencia y los monstruos. Todo lo que la ciencia tiene para decir sobre zombis, vampiros, brujas y otros seres horripilantesEl océano tiene onda. Una obra de ciencia ficción.


1 En la traducción de Aurelio Espinosa Pólit.

2 Y que, por lo visto, sigue viéndonos la cara: en octubre de 2019, El Universal publicó que, según una especialista en lectura de rostro, la línea de la ceja, el entrecejo, la mandíbula ancha, las orejas chicas y la forma en que le crece la barba a Ovidio Guzmán indicaban que “es una persona con mucha energía”, un líder (“porque no es mandón ni impositivo”), “un hombre con valores y principios dentro de su familia”, alguien “precavido”. En definitiva, “un ser con un poderío nato”.

3 Collado-Vázquez, S., y Carrillo, J. M. “Balzac and human gait analysis”, Neurología, 30(4), 2015.

 

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