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A Kathya Millares y a Paulina Chavira que logran,
no sin esfuerzo, hacer legible esta columna.

Debido a que trabajo durante las noches y duermo en el día, casi no tengo amigos. A raíz de ello comprendo a todos los veladores que he conocido a lo largo de mi vida; al Perico; al Muere Pronto, etcétera. En algún momento de estas noches de trabajo y divagación he recordado una anécdota que casi podría describir mis sentimientos y posición actuales. Creo que fue la única vez en la que me convertí en un verdadero soplón, un despreciable fucking rat. Vivía yo, arrimado, en Plaza Santo Domingo número 1. Un edificio feo, aunque muy caro, producto del “inteligente” desarrollo inmobiliario que ha carcomido las ciudades más hermosas del mundo. Un viernes de cualquier mes, friolento, quizás septiembre, me dirigí al negocio de internet más cercano, según recuerdo ubicado en la calle de San Bernardo. Quería yo escribirle a Yolanda, mi pareja, que esperaba noticias mías desde Madrid a principios del siglo XXI. El dilema es sencillo de describir: la tecnología no es amiga mía y, pese a haber estudiado ingeniería o leído algo de filosofía de la ciencia, soy un palurdo en cuestiones algorítmicas o relativas a la mercadotecnia tecnológica. Entré al lugar señalado y descubrí que había una máquina desocupada, un lugar, así que fui hacia el escritorio o puesto de control con el propósito de pagar una hora de conexión y que se pusiera en funcionamiento la maldita máquina aquella. La encargada del sitio internet, una joven poco más allá de los veinticinco años y de nacionalidad filipina, según me enteré después, me habló en un inglés desbaratado, aunque, me imagino, eficaz para los mecanizados habitantes de la aldea global. En pos del ahorro narrativo, les diré que, una vez instalado ante el ordenador que me concernía, nunca logré entrar a la dirección de mi correo y que, pese a realizar todo esfuerzo lógico para entrar en mi cuenta, fracasé. Como consecuencia del embrollo me vi obligado a consultar, cuatro veces, a la joven filipina que actuaba —nunca me miró directamente a los ojos— como si yo fuera una especie de atrocidad senil, basura radiactiva, fósil no educado. ¿Qué debía hacer yo? Necesitaba comunicarme con Yolanda como ya lo había hecho antes en muchos otros cafés de internet europeos, no sólo de Madrid, pero la joven no se mostraba dispuesta a auxiliarme. Me trastornó el hecho de que mi castellano no le fuera familiar y que sólo se comunicara en un inglés de pordiosera conmigo —solicito perdón por mi lenguaje, mas sólo de acordarme la sangre vuelve a consternarse. Sin embargo, la joven miraba de reojo el color de mi piel, mi edad, mi ineficacia tecnológica y de inmediato me juzgaba de una forma tan ruda, tan ofensiva.

Ilustración: Maricarmen Zapatero

¿Saben lo que hice? Lo lamento y nunca me arrepentiré lo suficiente de aquella acción. Salí airado del lugar; caminé cerca de cincuenta metros y entré a una delegación policiaca (yo, hipócrita anarquista), la cual se encontraba muy tranquila en ese momento; como si en Madrid no hubiera delincuencia. Entonces le informé al encargado de la comisaría que a unos metros había una mujer que no quería servirse del español para atender a sus clientes, y que yo, lector de Cervantes y Machado, no podía soportar que en mero Madrid se me despreciara de esa manera. Debía haber sido muy elocuente pues dos policías, uno de ellos con un alto grado, me acompañaron al café internet para cerciorarse de que no hubiera ningún acto de discriminación. La filipina se sorprendió tanto de que el mexicano entrara acompañado de dos policías que se quedó absolutamente paralizada. No contaré más. Fui un soplón, pero me sentía tan humillado —como hoy en día ante la avanzada tecnológica—, que acudí a los “canes”, a la policía, a la… autoridad. Nunca me arrepentiré lo suficiente.

 

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus libros: El hombre mal vestido, Fandelli, Mis mujeres muertas y Mariana Constrictor.

 

Un comentario en “¡Soplón!

  1. ¿Iniciaste la recta final de las confesiones?
    Esperemos que tengas mucho de que arrepentirte.
    Queremos seguir leyéndote por un rato largo.

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