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La desjerarquización del pensamiento se ha instalado en la embriaguez de la pereza. En términos intelectuales, tanto la pandemia como la incertidumbre sólo han dado insumos y espacios para cultivar lo que veníamos sembrando desde inicios del milenio. Así, me resisto a ver a la enfermedad y su catástrofe como parteaguas de un periodo reflexivo para las sociedades. Mucho menos es una llamada a algún cambio de comportamiento fuera de las ejecuciones prácticas que nos ha obligado la dispersión del virus con sus olas de muerte. No, no he visto una sola señal de ello en ninguna parte del mundo. En ningún texto, cualidad social ni proyecto político. Las modificaciones a teletrabajos y adecuaciones paralelas no significan nada en términos del pensamiento. He visto, en cambio, ingenuidad, un exceso de buena fe y urgencia de redención en quienes favorecen lo contrario.

Ilustración: Víctor Solís

Tampoco es que los años previos fueran de lumbreras o que el avance tecnológico no alimentara la vocación simplista. Aunque son comunes los textos que han depositado en lo digital algunas de las razones para el reduccionismo contemporáneo, no veo en dichas explicaciones más que un ejemplo de la embriaguez previa. Los mundos análogos siempre han sido expresiones de los reales; entonces, vale la pena detenerse a pensar qué hay en la realidad para no perderse en la analogía.

En medios, sobre todo en columnas, muchos hemos escrito del reduccionismo, acusado de él y ejemplificado, mientras éste se ha ejercido a mansalva. Incluso en algunos otros artículos de opinión. Queda la posibilidad de que no hayamos pensado o se haya explicado suficientemente sus efectos. Su gran riesgo no son sólo las apreciaciones esporádicas o recurrentes, con todo y las consecuencias que pueden tener dichas apreciaciones cuando se admiten desde posiciones de gobierno o de poder. El peligro del reduccionismo en sus últimas consecuencias es su instalación como estructura de pensamiento: la acumulación de apreciaciones reductoras hasta hacerlas indistinguibles del resto: las no reductoras.

Invariablemente, cuando se eliminan o confunden las jerarquías de los costos, beneficios o daños y se emparejan a rajatabla, veremos planteamientos reductores. En política, en educación, en salud, en arte, en comportamientos y límites sociales, etcétera.

Si el reduccionismo inunda prácticamente la totalidad de los temas que se discuten en la arena pública, se imposibilita la adecuación de sus precariedades y conflictos. Las opciones políticas geométricas, las soluciones y opiniones absolutas o las que se dictan en la indiferencia de sus costos, optan por una realidad que complace las posturas a expensas de la realidad. Veo reduccionismo en los procesos lógicos que dan postulados mientras desincorporan matices y elementos que, de nombrarse, desbaratarían esos procesos lógicos o los complicarían. Es el reduccionismo que elude contradicciones, las esquiva. Leo una y otra vez intenciones asépticas que se emplean como si fueran un molde aplicable para la generalidad de condiciones sociales. Distingo una forma de reduccionismo en su vertiente de espejismo ilustrado, el que cita autores y conceptos como si el hacerlo dijera realmente algo cuando no resulta más que una mera renuncia a la argumentación y a la pedagogía. Ante la incapacidad de convencimiento prima el desdén.

La aplicación más burda se encuentra en la geometría política, sobre la que se han escrito centenares de libros para ser ignorados. Todos esos políticos son malos, entonces los otros políticos son buenos. Es tan bueno aquel gobernante, tan popular y apreciado, que sus acciones serán buenas por populares y apreciadas. La lógica deja de ser la de los acuerdos de civilidad, equilibrio y democracia, para situarse en la lógica del gobernante y sus votantes: se desjerarquizan los principios de convivencia pública al privilegiar los del grupo que no busca convivir con sus distintos.

Hay reduccionismo en la equiparación de los daños que provocan las violencias. No es lo mismo el político acusado de violador, ése que usa el sistema a su alcance para ser gobernante, que el cómico que empleó códigos afortunadamente exiguos para hacer reír a costa del grupo que ha sido violentado con esos mismos códigos. La jerarquía se mide en función del daño, y la violencia siempre tiene jerarquías. Los códigos siempre serán tiempo. Se modifican con él y en él deben ser vistos.

El reduccionismo aséptico es patente de manera autodestructiva en los espacios del conocimiento y del arte. Frente a la inequidad preferimos despreciar conceptos a resolver conflictos. El mérito de quien estudia, investiga y crea se anula si su trabajo ha sido facilitado por condiciones de inequidad previas al sujeto que estudia, investiga o crea. De nueva cuenta, una confusión de jerarquías. Nadie con dos dedos de frente negará que la aspiración y trabajo político en cualquier sociedad deberán conducir a que la mayoría tenga condiciones para profesionalizar y refinar conocimientos o aptitudes. Suponer que todos tenemos las mismas habilidades o talentos sólo será lógico en la asepsia que no admite diferencias en dichas cualidades. Ninguna novela es mejor por ser escrita con la pluma de un rico, pero tampoco al ser escrita por quien no lo es. El mérito de uno u otro será distinto de lograr sus objetivos, pero el criterio que juzga lo literario siempre deberá ser literario. Cualquier otro elemento estará decantándose por otra cosa, no la literatura. En la asepsia confundimos arte con artesanía, prescindimos de la especulación teórica sobre los instrumentos de cada disciplina en conjunción con la interpretación de las emociones y el dominio de la técnica. Si toda creación e interpretación son equivalentes, si el mérito es desechable por su origen, las jerarquías desaparecen y el dibujo del niño que aprende a usar crayones puede bien sustituir al Guernica.

Pese a que el fenómeno es visible en una buena parte del planeta, el embiste de lo reductor ha contaminado en exceso la vida pública mexicana. Nuestra vocación gregaria, tan íntimamente ligada a la resistencia por las nociones cívicas, permite la relativización de lo que no contempla pilares jerárquicos para el funcionamiento social y político.

En un país con nociones cívicas firmes, la supervivencia tanto en su sentido más literal como en pos de la cohesión social, habría rechazado de manera generalizada la falta de celeridad que ha imperado en la vacunación de médicos frente al desastre que envuelve a México en la pandemia. Nuestra prioridad no han sido ellos. Es decir, despriorizamos la línea de supervivencia. Es claro que la primera responsabilidad cae sobre el gobierno en turno. El que éste haya podido desplazar a sectores sanitarios sólo es posible con la falta de reacción social. Exactamente lo mismo que ha ocurrido en distintos escenarios públicos.

Por un lado, ya nadie se sorprende con los artículos de opinión que intentan dar un balance positivo de la condición nacional a través de acciones que se intentan colocar por delante de la emergencia. Sin embargo, ante una emergencia, poco tiende a ser más prioritario que ella y aquello que la antecedió debe verse en su contexto. Si a un lector le molesta a estas alturas mi uso del verbo deber, le pido que piense los casos que planteo con sus propias jerarquías. Si en lo literario no debemos juzgar primero lo literario, por ejemplo, ¿qué estamos juzgando? La desjerarquización invade al columnista capaz de describir los favores y retos de las intenciones presidenciales por encima de los saldos de la enfermedad, los cuales son indisociables de su administración. Se diluyen las jerarquías del mal menor y el bien mayor que deben imperar en cualquier acción de gobierno. En contraparte, la misma pereza se hace en el vecindario contiguo con el estridente, normalmente un imberbe gritón de recién ingreso a los territorios de la opinocracia, que nutre sus participaciones acusando de dictadura al gobierno en turno sin tener la menor idea de lo que es una. Se diluyen las jerarquías de pulsiones autoritarias, de autoritarismo, de totalitarismo y de dictadura. Ninguna positiva y todas preocupantes, pero ni iguales ni solucionables con los mismos métodos. Virtudes prodigiosas y conceptos vaciados de significado son de un reduccionismo equivalente a la derrota del pensamiento. Sin embargo, se colocan amablemente en las estructuras del mercado de la descategorización.

En cierta manera, es natural que las explicaciones sencillas a lo complejo tengan más permeabilidad que lo complejo. Quizá, también podamos imaginar que a mayor complejidad mayor simplificación. La aparente paradoja entrará en la necesidad de entender aquello que nos rodea, justo cuando más nos rodea. Con la dificultad que imprimen los matices y jerarquías que rechazan lo reducido, pero simultáneamente lo demandan. Uso la palabra demanda porque puede que en ella se contengan ingredientes del reduccionismo: un mero asunto de mercado. El entendimiento y la reflexión, desde el reduccionismo, obedecen a las lógicas del mercado. Ha ganado terreno la aceptación sobre la confrontación de lo preconcebido. La comodidad de lo banalizable por encima de la incomodidad de lo trágico.

Más elementos que entender exigirán más tiempo y dedicación, ambos reducidos por la amplitud de lo que se busca entender. El resultado: menos explicación, tiempo y dedicación. Lo anterior no es de ninguna forma disculpa o aceptación, como alarma. De ser esto posible, ¿qué hicimos para que una lógica tan ajena se impusiera sobre el pensamiento?

Si los proyectos ideológicos se habían derrumbado, si los esquemas de gobierno dan la impresión de tener grietas demasiado confusas como para priorizar sus virtudes, si el mundo se hace más grande, si una enfermedad nos regresa a los temores olvidados por un siglo, si esos temores amplifican la inequidad con sus mareas; nosotros, los sujetos del entendimiento, reducimos a los objetos del entendimiento. Nada sale bien con eso.

 

Maruan Soto Antaki
Escritor. Ha publicado FatimahCasa DamascoLa carta del verdugoReserva del vacíoClandestinoPensar Medio OrienteEl jardín del honor y Pensar México.

 

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