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Cuando cayó, ¿estaba trabajando? ¿Reparaba goteras en el techo? ¿Apilaba paja en el tapanco de un granero? ¿Encendía los candelabros de madam? ¿Buscaba un tarro de manteca en el último estante de la alacena? ¿O acaso un frasco de café para el desayuno de milord? ¿Estaba tocando la campana de la iglesia? ¿Subió cientos de escalones para mirar a Basilea desde el campanario? ¿Fue un ataque de vértigo lo que la hizo caer? ¿O la belleza hostil de la ciudad? ¿Fue que estaba cansada de despertar temprano y dormir tarde para servir a sus patrones? ¿Fue simplemente que la noche anterior había llovido y las piedras enmohecidas aún brillaban?

¿O sucedió en su día de asueto? ¿Caminaba junto al Rin? ¿Se balanceaba sobre el barandal del único puente de la ciudad, silbando una tonada pastoril, con los brazos extendidos para balancearse? ¿Miraba al horizonte desde un balcón, pensando en su madre? ¿O fue que un estudiante de teología la convenció de que subiera con él al techo de la taberna? ¿Fue el beso lo que la hizo tropezar? ¿El rechazo del beso? ¿Resbaló al recogerse el cabello terminado el acto? ¿O subió sola, dispuesta a curar su mal de amores con el único remedio que nunca falla?

No lo sabemos. Lo que sabemos es que cayó. En realidad ni siquiera sabemos eso. Quizá se dejó caer.

En todo caso quedó malherida, esta joven campesina suiza que emigró a la ciudad buscando trabajo en las últimas décadas del siglo XVII. Aterrizó con el sonido sordo que nuestro cuerpo produce cuando cae desde la altura, ese desconcertante recordatorio de lo fácil que resulta reducirnos a objetos inanimados.

Es posible que cayera de espaldas y que abriera los ojos de inmediato, en cuyo caso quizá haya visto una expansión de azul luminoso ininterrumpido por nubes y tal vez surcada por el vuelo de un pájaro. Es posible, también, que fuera invierno, y que la sangre que tal vez fluyó de sus oídos tiñera de rojo la nieve en torno a su frente, dotándola de un halo bermejo. Tal vez llovía, en cuyo caso es posible que la sensación de las gotas cayendo sobre su rostro la haya despertado y detenido el daño neural de la contusión.

Pero quizá la joven no recobró la conciencia sino hasta que la llevaron al hospital, en cuyo caso no sería descabellado suponer que lo primero que vio tras regresar de su breve visita a la tierra de los muertos fue un largo cuarto pintado de blanco y alineado con camas. Cuando sus ojos recuperaron la capacidad de enfocarse, habría descubierto que los rostros de sus vecinos se deformaban de sufrimiento; cuando cesó el zumbido en sus oídos, que el aire estaba lleno de gritos de agonía.

El cuarto habría olido a pus, vómito, mierda: bacinicas desbordantes, amputaciones y venesecciones, sangre saturando las sábanas y los delantales y las vendas. Es casi una certeza que la gente en las camas vecinas expiró frente a sus ojos. Temprano en la mañana y tarde en la noche, la joven habría escuchado el murmullo de la muerte: el gorgojo que las secreciones bronquiales producen cuando se acumulan en lo alto de gargantas que se cierran.

No debería sorprendernos, entonces, que las primeras palabras que la joven pronunció al despertar hayan sido Ich will hiem: quiero irme a casa.

Ilustraciones: Izak Peón

Al principio debió haber sido un susurro, un apunte privado. (¿Se rompió una pierna al caer? ¿La herida quedó infectada? ¿Tenía fiebre? ¿Deliraba?) Con el tiempo, sin embargo, el volumen de su queja creció:

Ich will heim —dijo la joven.

—¿Qué pasa, querida? —habrá preguntado una enfermera.

Ich will heim.

—¿Te duele?

Ich will heim.

—¿Tienes sed?

Ich will heim.

—¿Necesitas un sacerdote?

ICH WILL HEIM!

Sus gritos se fundieron con la cacofonía general. Leemos en nuestras fuentes que la joven repetía la frase día y noche, a veces con suavidad, otras gritando desde el fondo de sus pulmones. Su voz se volvió ronca y luego débil y al final muda, pero sus labios continuaron formando las palabras. Cuando recuperó el habla, siguió gritando:

ICH WILL HEIM! ICH WILL HEIM! ICH WILL HEIM!

Era su única respuesta, sin importar la pregunta. Esto, por razones obvias, presentaba problemas para su tratamiento médico. De allí, tal vez, que los encargados del hospital hayan juzgado necesario pedirle a Johannes Hofer, entonces uno de los más prometedores estudiantes en la facultad de medicina de la universidad, que ensayara sus mejores oficios en la paciente.

Hofer era muy joven —acababa de cumplir los 19— pero ya estaba versado en las artes curativas. Había leído a Aristóteles, Hipócrates y Avicena; podía dar una explicación elegante de las causas de la melancolía (una acumulación de cólera negra en el bazo) y prescribir un remedio efectivo (sanguijuelas dispuestas estratégicamente para extraer el mal humor), y podía hacerlo en alemán, latín, griego antiguo y francés.

Pero Hofer también había oído hablar de una nueva ciencia, de un nuevo entendimiento de la relación entre el alma y el cuerpo. Es probable que él y sus colegas de la facultad pasaran largas noches debatiendo los méritos de Paracelsus, el polímata faustiano que décadas antes había escandalizado a la Universidad de Basilea al quemar las obras de Galeno en el primer día de clases, argumentando que la verdad sobre el mundo debía de buscarse en la observación de la naturaleza y no en la autoridad de los clásicos. Es probable, también, que Hofer y sus amigos compartieran copias piratas de los libros de Thomas Willis, el hereje británico que propuso la ridícula idea de que las enfermedades de la mente eran producto de lesiones en el cerebro.

Y, sin embargo, la joven campesina era un misterio para Hofer. Sus heridas físicas sanaron tras unos días de descanso, pero su aparente locura no mejoró. De allí, quizá, la decisión del estudiante de retenerla en el hospital. Claramente estaba enferma. ¿Cómo darla de alta en ese estado?

Es razonable conjeturar que el aprendiz de médico echó mano de todos los remedios de su arsenal antes de darse por vencido. Es probable que comenzara por recetar los mismos purgantes que después describiría en su disertación: “píldoras de cephalicum y mercurio” y un “vino medicado” que “debía administrarse con los alimentos”. Cuando aquello falló, Hofer habrá ensayado medidas más agresivas: “una apertura de las grandes venas braquiales”.

(Aquí cabe preguntarse si la joven desfalleció por el desangramiento. ¿Habrá perdido la conciencia? ¿Dejó por lo tanto de quejarse? ¿Consideró Hofer que este silencio representaba un éxito terapéutico?)

Tras el fracaso del sangrado, uno supone que Hofer intentó la administración de “emulsiones hipnóticas internas” y de “bálsamos cefálicos externos” y, cuando aquella terapia tampoco funcionó, de “óleo de Hyosciamus”. Al final es casi seguro que el estudiante de medicina, presa de la desesperación, recurrió a dosis masivas de opio.

(¿Qué habrá soñado la joven cuando la tintura de láudano cerró sus ojos? ¿Vio de nuevo la vista desde las alturas del campanario? ¿Los ojos del estudiante de teología? ¿El pino que crecía junto a la casa de su madre en su aldea a los pies de los Alpes? ¿O soñó acaso con la nada, con el vacío, con la paz?)

Todo fue en vano. Tras despertar de su sueño de loto, la joven siguió repitiendo la frase. Para esas alturas, desangrada y envenenada por los esfuerzos heroicos de su médico, su muerte parecía segura. Tenemos razones para creer que Hofer hizo venir a los padres de la joven del campo a la ciudad para que la atendieran en su agonía.

Fue entonces, en la presencia de los padres de su paciente, que Hofer tropezó con la cura.

No sabemos exactamente qué dijo.

Pudo haber dicho: “No puedo hacer nada más por ella y necesitamos la cama”.

Pudo haber dicho: “Llévenla a casa. Así, al menos, estará más cómoda cuando llegue la hora”.

Pudo haber dicho: “Lo siento. Lo siento tanto”.

Los detalles son insignificantes.

(¿Lo son? Hofer sin duda lo creía. Los dos estudios de caso que presenta en su tesis doctoral son escuetos: cada uno ocupa apenas un párrafo. Esto resulta especialmente grosero cuando consideramos que una parte importante de su disertación consiste en una larga serie de poemas escritos por sus amigos en su honor.)

Lo significativo es que la joven no murió cuando sus padres se la llevaron del hospital para traerla de vuelta a su pueblo. Al contrario: se recuperó por completo. (¿Fue la visión del rostro de su madre? ¿El alejarse de los gritos y la sangre coagulada? ¿Fue el prospecto de ya no tener que desvelarse para servir a madam y a milord? ¿La certeza de que no volvería a ver al teólogo? No lo sabemos. Nadie se tomó la molestia de registrar el resto de su historia.)

En todo caso, Hofer se enfrentaba a un nuevo misterio. Nada en sus libros podía explicar la curación espontánea de una paciente que no había respondido a los tratamientos más efectivos de la medicina de la época. Fue entonces, quizá, que el estudiante se dio cuenta de que acababa de descubrir una nueva enfermedad.

Por supuesto, como suele suceder con los fenómenos del alma, la gente común había sabido de la dolencia por generaciones antes de que los estudiosos se molestaran en considerarla. Los suizos la llamaban Heimweh: dolor-de-casa. En francés, el término era maladie du pays: malestar de patria. Los españoles, por su parte, hablaban del mal de corazón y de la añoranza, una palabra que desciende del latín ignorantia, y que originalmente denotaba la peculiar ansiedad que surge cuando no sabemos qué ha pasado en nuestro pueblo en nuestra ausencia. Lo que faltaba, lo que Hofer podía contribuir, era una descripción científica del fenómeno: su etiología y sintomatología, los criterios para su diagnóstico y una propuesta para su tratamiento.

La descripción de un solo caso, sin embargo, no bastaba. Hofer tuvo suerte: pocos meses después de tratar a la joven campesina, recibió reportes de otro paciente. La fuente de este segundo caso era “un hombre de la más excelente confiabilidad”, a quien Hofer sin embargo decidió dejar anónimo. El reporte concernía a un joven estudiante, nacido en la vecina república de Berna, quien había caído enfermo poco después de mudarse a Basilea para asistir a la universidad.

La dolencia del joven estudiante, decía el informante de Hofer, comenzó con un fuerte deseo de volver a Berna y con una profunda melancolía. Con el paso de los meses, este tristem animus se agudizó hasta convertirse en un odio profundo por las costumbres extranjeras de la ciudad. Al empeorar estos síntomas, el estudiante cayó presa de “deseos del corazón” que lo llevaron a descuidar sus estudios. Finalmente, su cuerpo falló: el joven extranjero desarrolló “una fiebre leve, ansiedad y palpitaciones”. Su estómago se volvió incapaz de procesar alimentos; sus pulmones se llenaron de sangre. Al poco tiempo la situación era tan grave que “su muerte parecía inminente y se leyeron plegarias en su nombre en la iglesia”.

Entonces, en el momento crítico, un apotecario sugirió que quizá lo más apropiado sería transportar al estudiante de regreso a Berna, como una suerte de último deseo. Fue así que un grupo de ciudadanos, probablemente sus compañeros universitarios, subieron el cuerpo tremebundo del paciente a una litera y lo sacaron de la ciudad.

Debió ser algo digno de verse, esa escuadra de sombríos bachilleres de las artes liberales, cargando en hombros a su amigo moribundo por las calles estrechas que rodeaban a la iglesia, vestidos con las capas negras de su oficio melancólico, ponderando, quizá, los misterios de la fe calvinista, o quizá las obras más seculares de Robert Burton, o quizá sin ponderar nada, pues el duelo y el luto suelen imposibilitar el pensamiento.

Así, uno tiene que preguntarse qué hicieron estos bachilleres cuando el estado de su amigo mejoró repentinamente apenas llegaron a las afueras de Berna.

(¿Se regocijaron con la resurrección de su compañero? ¿Rieron incrédulos y agradecidos? ¿O se molestaron al descubrir que habían cargado al desgraciado por más de diez millas para nada? ¿Se sintieron engañados, manipulados por una falsa dolencia?)

No importa. O quizá sí importa, pero Hofer no dice nada al respecto. Este silencio, sin embargo, nos obliga a reparar en las similitudes entre esta segunda descripción clínica y lo poco que sabemos sobre la biografía del médico. Hofer nació en Mulhouse, entonces una pequeña ciudad protestante en la frontera entre el Reino de Francia y la Confederación Suiza. Su padre fue un ministro calvinista, lo mismo que su abuelo. Como el joven del estudio de caso, Hofer se mudó a Basilea para estudiar en la universidad. No es descabellado pensar que él, también, se sintió alienado en la ciudad extraña.

No tenemos manera de saberlo. Lo que sí sabemos es que, a lo largo y ancho de su texto, Hofer regresa una y otra vez a la aserción de que “las personas más susceptibles a esta enfermedad son los jóvenes que viven lejos de sus hogares”. Cabe notar, en vista de tal insistencia, que este hijo de un reverendo provinciano decidió abrir su primera contribución a la ciencia médica con la siguiente disculpa: “Espero que la amabilidad del lector recordará que el autor de este ensayo es un hombre muy joven”. Cabe notar, también, que a lo largo de la historia muchos médicos del alma —Freud con su vida de Leonardo da Vinci; Heinz Kohut con su estudio del caso de un narcisista anónimo— han presentado lo que son esencialmente autorretratos como si se trataran de las biografías clínicas de otros.

Pero, de nuevo, nada de esto importa. Lo que importa es que, al margen de la validez o el origen de sus fuentes, Hofer había reunido evidencia bastante como para apaciguar los escrúpulos científicos de la era moderna en su comienzo. Así, cuando llegó la hora de la disertación requerida para todos los candidatos a doctor, Hofer decidió describir el Heimweh en términos clínicos.

Uno se lleva la impresión de que no fue fácil escoger un nombre para la enfermedad. Hofer nos dice que consideró nosomania y philapatrodomania, pero que descartó ambos términos por lo infeliz de su pronunciación. Al final se decidió por una tercera alternativa: “La palabra nostalgia, de origen griego y compuesta de dos sonidos, el primero de los cuales es nostos, regreso a la tierra natal; el otro, algos, sufrimiento o dolor”. Hofer se sentía claramente orgulloso de su neologismo. La “fuerza de su sonido”, escribió en su disertación, era tal que su eufonía por sí sola era capaz de “definir la tristeza que proviene del deseo de volver al país natal”.

Escogido el nombre, Hofer dedicó el grueso de su disertación a describir las causas y los mecanismos de la enfermedad. Con una actitud que ha sorprendido a muchos historiadores por su aire moderno, propuso que esta “enfermedad de la imaginación” existía en el cenit de un círculo vicioso de factores sociales, emotivos y fisiológicos, cada uno tanto la causa como la consecuencia de los otros.

En corto, Hofer creía que la nostalgia emergía cuando a personas vulnerables —ya por su juventud, su tendencia a la melancolía, su posición social subalterna o ya por una enfermedad fisiológica preexistente— se les arrancaba de espacios familiares para lanzarlas hacia ámbitos ajenos y alienantes. El contraste entre un hoy infeliz y un ayer feliz llevaba a que de modo continuo los enfermos regresaran en sus pensamientos a recuerdos cada vez más idealizados de la tierra tal y sus pobladores.

El problema, según la explicación de Hofer, era que este recordar obsesivo provocaba efectos desastrosos en el cerebro. Para el joven doctor y sus contemporáneos, atorados entre el humorismo de los antiguos y el vitalismo de los modernos, el alma no residía en el corazón, sino en un sistema presurizado de tubos hidráulicos en el cerebro. A través de estos tubos fluían los “espíritus animales” o la “salvia nerviosa”, una sustancia imaginaria, en cierto sentido análoga a la sangre, que controlaba desde los movimientos de los intestinos hasta la memoria y la imaginación.

En una persona sana, estos espíritus cumplían tanto las funciones “involuntarias” de la respiración y la digestión como las “voluntarias” del pensamiento y la conciencia. En una persona con una “imaginación enferma”, por otro lado, los espíritus regresaban una y otra vez a los tubos cerebrales que contenían los recuerdos de la tierra natal, ensanchándolos en el proceso. Al ensancharse estos tubos, el flujo de los espíritus a través de ellos se volvía cada vez más fácil. Dado que la salvia nerviosa no era infinita y que los tubos estaban presurizados, cada vez quedaban menos espíritus disponibles para regular las funciones involuntarias. De esta forma, lo que comenzaba como una leve tristeza fácilmente podía convertirse en una obsesión peligrosa, que a su vez podía provocar serios problemas fisiológicos y que, de no tratarse, podían matar al paciente.

Hofer dividió el curso de la enfermedad en tres etapas. En la primera, el paciente “vagabundeaba con tristeza”, “desdeñaba las costumbres extranjeras” y hablaba sin parar sobre su patria. En la segunda, presentaba “melancolía constante”, “sueño excesivo o insomnio”, “disminución general de la fuerza”, “pérdida del apetito”, “disminución de los sentidos”, “palpitaciones del corazón”, “suspiros frecuentes”, “estupidez de la mente” e “incapacidad de concentrarse en otra cosa que la idea del país natal”. En la tercera y última etapa, “surge una languidez generalizada”. La sangre del paciente “se vuelve más densa y por lo tanto se coagula más fácilmente”, y esto empobrece la circulación. El corazón, “al moverse cada vez con más lentitud, provoca ansiedades y acelera la llegada de la muerte”.

En cuanto al tratamiento, la propuesta de Hofer era sencilla. Tras enumerar los remedios ya descritos, la disertación sugiere que sólo existe una cura efectiva: “El paciente debe ser llevado de regreso a casa, sin demora y sin importar lo débil que esté, ya sea en carruaje o en litera”.

Los profesores del joven provinciano quedaron impresionados por su ambicioso intento de describir una nueva enfermedad. Fue así que, el 22 de junio de 1688, Ioannes Hoferus, como aparece su nombre en el frontispicio barroco de su Dissertatio Medica De ΝΟΣΤΑLΓΙΑOder HEIMMWEHE, recibió el título de doctor por parte de la Muy Honorable Facultad de Medicina de la Universidad de Basilea.

Sabemos muy poco de lo que le sucedió a Hofer después de la publicación de su tesis. El joven doctor regresó a Mulhouse, donde practicó la medicina y fue electo Burgmeister, puesto en el que sirvió durante 30 años antes de morir de viejo en 1752. Su categoría diagnóstica, por otro lado, tuvo una vida longeva. Para dar sólo un ejemplo: los minuciosos archivos del Ejército de la Unión nos dicen que, en el primer año de la Guerra Civil estadunidense, 5213 soldados norteños cayeron enfermos con casos mortales de nostalgia. Es casi una certeza que Walt Whitman, quien por entonces trabajaba como enfermero en un hospital militar en Virginia, haya consolado a más de un hermoso adolescente que titiritaba en un catre con una herida gangrenosa en la pierna, susurrando, en un acento neoyorquino:

I want to go home. I want to go home. I want to go home.

 

Nicolás Medina Mora Pérez
Ensayista y editor.