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Vale la pena reflexionar sobre cuatro dimensiones que le ofrecen sentido a la Universidad y que debemos preservar para seguir cumpliendo con su misión. Me refiero al conocimiento, el pluralismo, la autonomía, la cultura y las artes.

1. La Universidad, enuncio lo obvio, está para la generación y transmisión del conocimiento en las más variadas áreas. Es su tarea central y estratégica; indeclinable, porque si no lo hace será cualquier cosa menos un centro de enseñanza superior. ¿Por qué entonces reiterar lo obvio? Porque en el mundo soplan vientos antiilustrados que desprecian el conocimiento especializado o lo equiparan a consejas populares carentes de cualquier sustento científico. El ensueño de la Ilustración que creyó que el avance de la razón, el conocimiento y el humanismo irían derrotando al pensamiento mágico, las supercherías y los dogmas no sólo no se cumplió del todo, sino que parece que el oscurantismo adquiere un nuevo brío en el planeta.

Ilustración: Alberto Caudillo

Por ello, la centralidad de la Universidad crece. Es no sólo uno de los pilares del pensamiento ilustrado, sino escuela de civilidad, espacio en el que de manera natural se trasmiten y socializan los saberes más variados y se investigan temas relevantes en las más distintas disciplinas, lo que hace de la institución no sólo un sitio plagado de destrezas profesionales y conocimiento probado, sino una plataforma que inyecta al espacio público nociones que atajan la potente ola de engaños, pseudoconocimientos y francas engañifas que impiden la comprensión de los problemas y actúan como una especie de sedantes de la conciencia, degradando la conversación y el debate.

2. En nuestra Universidad coexisten de manera armónica —y en momentos no sin tensiones— no sólo diferentes disciplinas, sino distintas corrientes de pensamiento. Y ello también es natural y productivo. La UNAM es el espacio para que el pluralismo se exprese, se reproduzca y conviva. No hay exclusiones artificiales dictadas por la ideología o la política, por los intereses gremiales o la conveniencia inmediata. Se trata de un pluralismo anclado en la ciencia, no caprichoso ni intolerante. Ahí reside parte de la riqueza de la institución. En que las diferentes escuelas pueden dialogar, encontrar zonas de confluencia y reconocer las diferencias connaturales a cualquier quehacer humano.

En ese sentido, es por definición, un espacio antidogmático, abierto a los nuevos tratamientos y descubrimientos, capaz de autocriticarse y conectado al mundo. Porque adjetivar a la ciencia y al conocimiento, como si fueran derivaciones de una determinada ideología ya ha arrojado, en otras latitudes, consecuencias devastadoras.

3. En nuestro caso, la autonomía es otro de los rasgos constitutivos de la UNAM. Autonomía para fijar sus planes y programas de estudio, para trazar las rutas de sus indagaciones, para diseñar sus programas de recreación, experimentación y difusión de las artes y por supuesto para autogobernarse sin interferencias externas.

La autonomía es un valor fundamental por las tareas específicas que cumplen los centros de enseñanza e investigación de nivel superior y que requieren de un ámbito de libertad en relación a los poderes públicos y privados. En los años recientes el proceso democratizador en nuestro país construyó instituciones de Estado autónomas para cumplir con diferentes misiones que al parecer no podían efectuar cabalmente los poderes estatales tradicionales. Para la defensa de los derechos humanos, tener acceso a la información pública, organizar las elecciones, preservar el valor de la moneda y controlar la eventual inflación, distintas instituciones han sido creadas o reformadas con el carácter de autónomas. Son instituciones de Estado, pero no dependientes de ningún poder público y cumplen encargos estratégicos que en teoría no deben estar alineados a ninguna fuerza política. Pues bien, la UNAM puede ser vista como un antecedente virtuoso de estas nuevas experiencias. Y preservar y fortalecer su autonomía es tarea de ayer, de hoy y de mañana.

4. En la UNAM se forman profesionistas. Pero su espacio y sus tareas cotidianas ofrecen algo más. Algo muy poderoso que ayuda a ampliar el marco de visión y la sensibilidad de quien pasa por sus aulas, laboratorios, pasillos y auditorios y concurre a sus salas de conciertos, exposiciones, cine clubes, teatros, salas de danza, espacios abiertos a la creación. Se trata de un haz de actividades artísticas y culturales que ponen a quien las frecuenta ante autores, obras y lenguajes que despiertan y alimentan una visión del mundo rica, variada, estimulante, comprensiva de la dificultad de la existencia, pero también de las posibilidades que se abren para embellecerla o transformarla. Esas actividades culturales cotidianas hacen que la experiencia universitaria sea vivificante y ensanche no sólo el conocimiento, sino también la sensibilidad.

Si no estoy muy equivocado, entonces, para robustecer a nuestra querida UNAM es menester reforzar los circuitos en donde se genera y trasmite el conocimiento, su pluralismo natural, su necesaria autonomía y los espacios de creación y recreación de la cultura.

 

José Woldenberg
Escritor y ensayista. Su más reciente libro es En defensa de la democracia.

Este texto es parte medular de lo que leí en la ceremonia (virtual) de los Premios UNAM el 19 de noviembre de 2020.

 

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