A quien nos lee,
si quieres apoyar nuestro trabajo te invitamos a suscribirte a la edición impresa.

SUSCRÍBETE

Thor es pelirrojo fuego,
y al salir el sol lee el periódico conmigo.
Le gusta sentarse en las noticias más calientes.
Su ánimo entonces es de ardor.
Y si alguna noticia, nunca sé por qué,
le gusta o le molesta, la hace pedazos.
Rima entonces con destructor.
Cuando ronronea es dulce tremor,
y si de pronto maúlla asustado
y busca dónde esconderse,
corramos, nos anuncia un temblor.

Ilustración: Estelí Meza

Metido en la maceta se siente flor
pero está al acecho de algún ser volador.
Es, claro está, instintivo cazador,
y llena la casa de plumas, qué horror.
Cuando está de zalamero,
y por complacerme, mentiroso, casi ladra,
se unta a los tobillos, huele suelas,
se pone en la mesa como pastel
y todo el barrio lo llama, ya no gato
sino gatel: es Thor el gato simulador.
Rima entonces, maullando compulsivo
como las ambulancias, todo el día.
Estuvo tan enfermo de comer tanto papel
que con tristeza creímos que de plano se nos iba.
De ser aspirante serio al sueño eterno
pasó en pocas semanas y no pocas medicinas
a ser sano y sanador. ¡Qué alivio!

Aunque nada nunca es lo que parece
ni se ajusta tanto a su rima,
un corazón de tambor
le da todo al gato Thor:
humor, candor, frescor,
olor, rigor, vapor,
y, a veces, algún roedor.

Pero no le da derecho
a lo peor, que es ejercer
y gozar sin pudor
de tanta cacofonía.

Él responde, en sus silencios
que rimar es cosa suya
y que él lo hace en su tiempo,
es su ritmo y segundero,
de sus antojos, alarma,
cronología de sus huesos.

Porque los gatos son como el tiempo,
fluyen y riman a sus anchas
para atrás o hacia delante,
son memoria y vaticinio.
Son caprichosos hasta en eso.
No transcurren como ríos,
ni como caminos.
Y menos como calendarios.

Aunque, lo cierto es que
nadie baña sus ojos
en el mismo gato dos veces.

El gato, como el tiempo, es una ilusión
que a paso de gato tratamos de atrapar,
de medir, de cortarle las rimas y las uñas.
Un engaño que nos ofrece
otra ilusión, la de ser sus amos.
Como lo hacen todos los relojes y los gatos.

Así como se puede vivir
un tiempo más lento
dentro del tiempo de los relojes,
un gato detenido, al acecho,
con frecuencia lleva otro dentro,
más rápido, a punto de saltar.

Un gato dormido es tiempo que vuela quieto,
y cuando maúlla, casi se escucha lejos.
Un gato hambriento es tiempo
que busca cronómetros que devorar.

Un gato en celo es, claramente,
tiempo de gozar, tiempo de cortejo,
tiempo de búsqueda del instante eterno.

Un gato enfermo o perdido
es el tiempo inquietante
del misterio que nos une
a la conciencia de nuestra fugacidad.

 

Alberto Ruy Sánchez
Ensayista y narrador. Su más reciente libro es: Dicen las jacarandas.