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Desde hace ocho meses, todas las tardes —salvo dos muy lluviosas— cruzamos Pilares hacia Heriberto Frías y bordeamos el parque Las Arboledas hasta desembocar en Matías Romero, donde damos vuelta a la izquierda para dirigirnos a Aniceto Ortega, en cuya esquina, con otra vuelta a la izquierda, comienza la ceremonia del paseo que nos llevará a San Lorenzo y de ahí a Sánchez Azcona y la puerta de nuestro edificio. En las cuatro cuadras de Aniceto Ortega se concentra nuestra atención de caminantes. La misma calle nunca es la misma calle, aunque hay dos hitos que permiten identificar la ruta: el letrero clavado en el tronco de un árbol con el mensaje: “Los tiempos de Dios son perfectos. Nos vemos pronto”, y un ahuehuete muy chaparro a mitad de la banqueta que podría constituir un obstáculo si no resultara conmovedor: mutilado hasta adquirir la talla de un mero arbusto y con ese follaje en forma de esferita rechoncha que tanto gusta en nuestra colonia. Al rodearlo le rozo la coronilla con la punta de mi dedo índice y A. lo saluda con el apodo que le corresponde:

—Hola, Ahuehuito.

Ilustración: Estelí Meza

Casi siempre nos reímos. Suele haber poca gente. Si vemos que alguien viene sin cubrebocas, marcamos nuestra distancia con grandes pasos y antes de que sea necesario. Miramos el piso en silencio, seguramente con una mueca de disgusto y desaprobación. Una vez librado el peligro, compartimos dos o tres opiniones escuetas, severas, sobre el comportamiento del prójimo. Somos obedientes y nos complacen las reglas que nos mantienen a salvo. Estamos informados. Nuestras estadísticas provienen de medios diversos y respetables. Yo me especializo en comentar las zonas rojas, anaranjadas y amarillas de los mapas del mundo que estudio a diario en los periódicos; A. se demora en los múltiples y complejos porcentajes. A ambos nos perturba la especialidad mexicana que se denomina meseta. Solemos quedarnos pensativos después de pronunciar la palabra. Cada quien tendrá su propia imagen: un declive entre dos colinas, una franja incolora que se topa con una línea ascendente y en fuga. Las mesetas acumuladas han de ser ya una especie singular de montaña. La idiosincrasia de nuestra orografía es un punto a nuestro favor. En la próxima salida voy a sugerir que cotejemos nociones. Diré al cabo, para limar el sarcasmo, que el orgullo del difuso saber es un poco triste.

 

Tedi López Mills
Escritora. Ha publicado: La invención de un diario, Muerte en la rúa Augusta y El libro de las explicaciones, entre otros títulos.