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Pertenezco a la especie de los que no pueden unir un rostro y un nombre aunque torturen su cerebro hasta hacerlo explotar. Somos víctimas no reconocidas de un sistema que favorece a los memoriosos y no hemos creado un gremio para demandar apoyo del Estado, por lo que cada uno se las arregla como puede.

Ilustración: Estelí Meza

Ante la angustia permanente de hacer el ridículo o de quedar mal con quien nos saluda con abrazos efusivos y alusiones a nuestro último encuentro —mientras nosotros repasamos rápidamente la lista de nombres posibles—, desarrollé algunas estrategias. Una regla importante es nunca saludar primero, pues uno corre el riesgo de que un desconocido se queje de acoso. La segunda es tratar de pasar siempre inadvertido, porque es mejor ser acusado de distraído que de grosero. La tercera aplica cuando alguien nos saluda como si fuera nuestra amiga de toda la vida: se trata de replicar lo que hace la otra persona, ser tan expresiva como ella y no hacer preguntas. Esto lo aprendí una vez que me formé cívicamente en la fila de la alcaldía y el individuo que estaba delante de mí volteó y empezó a hablarme de manera muy familiar. Para no quedar mal, aventuré una pregunta: “¿Sigues trabajando en la universidad?”. La respuesta fue: “Esther, soy tu ginecólogo”.

En algunos espacios lo más conveniente es ser honesto: aviso desde el primer día a los estudiantes que nunca —nunca— me voy a aprender sus nombres y aunque al principio lo toman a broma, con el tiempo se resignan. Por ello, cuando iniciaron las clases por Zoom, todos mis argumentos en contra de la educación a distancia se disolvieron: cada cara tenía un nombre, es decir, podía abarcar ambos de una ojeada. Mi euforia aumentaba a medida que avanzaba la clase, pues por primera vez yo podía preguntar: “Y tú, Érik, ¿qué piensas?”. Fue como entrar al paraíso, por fin se había instaurado la equidad sobre la Tierra.

No duró tanto mi alegría.

 

Esther Charabati
Profesora de carrera en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Animadora de Cafés filosóficos. Su último libro es Guía para desconcertados.