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Este ha sido un año de largos encierros forzosos. Una consecuencia mayor de esas reclusiones es la falta de estímulos externos cotidianos, porque pisar la calle es asomar al mundo de un modo en que no podemos hacerlo mediante nuestras pantallas. Quizá por eso es que la memoria ha tenido que correr a sobremarcha en 2020. Yo he teminado por acomodar mis libros y discos dos veces, a lo largo de las semanas, y he sufrido el maldito revés de que el año de mierda se llevara a dos de mis autores predilectos y mejor representados en mis anaqueles: Rubem Fonseca y Juan Marsé. Pero también se llevó del mueble de la música a un guitarrista, y quizá, el mayor de ellos para la gente de mi generación: Eddie Van Halen.

Ilustración: Estelí Meza

Hay dos primeros discos de vinilo en mi vida. Uno fue comprado y el otro adoptado. El adoptado fue el Combat rock, de The Clash. Lo adquirió mi hermano, recién salida la edición mexicana (sería el año 85), pero resultó poco ruidoso para él, que en aquel entonces andaba escuchando a Motörhead y The Plasmatics, así que yo me dediqué a ponerlo a escondidas, cuando él salía, y acabé fan rendido. El otro fue 1984, de Van Halen. Lo compré en el Gigante de Plaza del Sol con un billete de mil pesos (de aquel entonces) que fue mi único regalo de cumpleaños cuando cumplí diez. Vivíamos en un departamento alquilado por el rumbo de Jardines del Bosque, en Guadalajara. Las ventanas de nuestras recámaras asomaban al patio de una sucursal de El Pollo Loco, una cadena de rosticerías. Los pollos colgaban de un tendedero en un patio que miraba a nuestra casa; aves malditas: en las noches danzaban, porque las ratas se les metían al huacal por el boquete de la cabeza cortada y los devoraban desde dentro, como alienígenas de cinta de horror. No teníamos televisor: el aparato de mi madre se fundió en un apagón y pasaron muchos años antes de que otro llegara a casa. Eran tiempos desalentadores y la frontera entre la melancolía y la cordura siempre fue guardada por la guitarra de Eddie Van Halen. Aún hoy, escuchar 1984 es una forma de la felicidad para mí. Y que Eddie no esté en el mundo me apena tanto como si se me hubieran muerto, a la vez, un padre, un hermano y un amigo. Pero pongo el disco y noto que el funesto 2020 retrocede ante su guitarra como un vampiro ante la cruz.

 

Antonio Ortuño
Escritor. Su novela más reciente es Olinka.

 

Un comentario en “1984 como antídoto para 2020

  1. El Pollo Loco, una cadena de rostizados, sus orígenes son Mazatlecos, de Sinaloa pues. Y sí, los Libros y la Música, cómo bálsamo para el hombre.