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Los males de nuestro tiempo son los males de la mente. Plagas psíquicas. Neurosis. El ruido. Pareciera que todo está diseñado para olvidar que existe también, a las orillas de la mercadería y los exabruptos, un sitio donde es posible quedarse callado. Hacerlo es la única forma de estar ahí.

Ilustración: Estelí Meza

Mi capacidad de atención era un guiñapo. Resultaba imposible atender el hilo de una trama, retener las acciones de un personaje, no digamos entrarle al juego de elucubrar giros futuros o interesarme por una historia, un discurso, durante más de algunos escasos segundos. Mi cerebro no daba para más. ¿Lo has sentido? Ese punto en el que no puedes continuar pensamiento porque enseguida te distraes con otro, uno inconexo e inoportuno; el tiempo se vuelve intransitable, irrespirable, confuso.

Cada cabeza es un mundo; en la mía estallaba la tercera guerra. Un recuerdo ingrato bombardeaba ideas destructivas, la angustia por el futuro tomaba por asalto al poblado rural de mis enclenques ganas de descanso. Mi psique, aldea indefensa, se dejaba secuestrar: de madrugada, era incapaz de dormir, de día, de mantenerse firme.
Sin embargo, me empeñaba en funcionar.

El año mediaba. Se me ocurrió retomar la meditación. Según yo, había aprendido a meditar cuando tenía veintitantos años. Solo. Lectura, estudio, práctica. Se puede hacer, incluso, mientras haces otra cosa, pensé, para ir abriendo camino. Decidí retomarlo. Internet quita, pero también da, en el ciclón de las redes encontré un maestro, monje zen que le dio estructura a mi práctica.

Me di cuenta: nunca había sabido meditar.

El espacio que se abre entre dos pensamientos, ese plano mental despejado que somos, la mente que no piensa, sino que escucha los ruidos del pensamiento. “La paz que todos buscamos y que todos merecemos”, dice Kyonin.

“La mejor parte de humanidad dentro de nosotros guarda silencio”, apunta George Steiner.

En La caja de especias de la tierra, Leonard Cohen medita:

Dices que el silencio
está más cerca de la paz que un poema
pero si te regalara
silencio
(y sé lo que es el silencio)
me dirías
Esto no es silencio
esto es otro poema
y me lo devolverías.

Ahora, me siento en el zafu y suspendo el ruido del mundo. El verdadero silencio se hace dentro de la mente. Y es el único antídoto para los males que nos aquejan la mente.

Lo que sigue, a lo que se llega, no es un poema. Es un espacio en blanco para detener el pensamiento. No es silencio si lo digo. Es un poema. Que luego vuelve a ser silencio.

 

Luis Jorge Boone
Poeta. Acaba de publicar Contramilitancia.