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Desayunamos mimosas. Un sábado soleado de marzo de 2020. Glorietas sin pasado ni futuro. Caminamos horas o días. Caminamos media cuadra y yo me inventé el resto. Comimos risotto con salmón y tarta de manzana caliente con helado de vainilla. Durante la función tuve la tentación de besarte, pero no lo hice porque me pareció un cliché. Una película sobre lo falso, sobre largas, hondas historias que se fincan en escrituras que mienten. No acerca de promesas o abrazos o porvenires rotos, sino sobre todo aquello que nunca alcanza a ser. Salimos con sed. Compramos cervezas y aceitunas. En mi casa, una canción de Calle 13 a volumen bajito que me hizo llorar la primera vez que la escuché: yo quiero volver a ser yo, cabeza, rodillas, muslos y cadera. Sentí algo de desilusión al oírla de nuevo. Un globo que se desinfla sin pinchazo, por agotamiento de tensión. Descubrí su pequeño mecanismo de los acontecimientos, el dispositivo articulado en el minuto exacto para provocar esas lágrimas. Cuánto artilugio, me dije. Pero te habías levantado ya de mi sofá naranja y me tendías la mano para enseñarme a bailar. Un ritmo fijo y fácil, dijiste. Un metrónomo de pasos fallidos, pensé. Izquierda y derecha y da igual qué canción fue aquélla en el espacio minúsculo de mi sala. Una escena de baile pasada la medianoche. Qué pudo la torpeza de mi cuerpo. Qué. Qué, de todas las escenas de baile, de todos los fracasos y todas las inminencias, queda para narrar.

Ilustración: Estelí Meza

Nos volvimos a ver en tu ciudad, antes mía. Una noche de tormenta, vino y risas y charla. El vértigo del alcohol me hizo hablar con extraños, librar la escaramuza de la conversación breve. Fuimos las últimas en irnos. Dormimos quizá dos horas. Ese domingo pasamos la tarde en casa de tu madre. Tu habitación y el archivo de escondites de tu infancia. Rumbo a una librería, me mostraste la casa donde vivió mi padre, una que jamás habité. Una coleccionista de llaves invisibles, te pensé entonces. Pasaste tus brazos por mi cuello, la resolana pegaba directo en las flores del jardín interior. Tu boca sobre mi oído. Un brillo rojizo entrecerró nuestros ojos un instante. Lo que sostenemos en las manos se resbala y se precipita.

 

Sara Uribe
Poeta. Su libro más reciente es Un montón de escritura para nada.