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Fue el 15 de julio. Estaba en soledad pero en compañía de G. K. Chesterton. Dos días atrás empezamos a compartir sus Alarmas y digresiones: una serie de ensayos personales publicados, en su mayoría, en el diario británico Daily News, entre 1908 y 1910. De todo el libro conservo buenos recuerdos, pero hay uno en especial que me estremeció.

Ilustración: Estelí Meza

Eran poco antes de las cuatro de la tarde, leía con la luz natural del verano. Bajo el título “La cólera de las rosas”, Chesterton emprendió una cavilación sobre las rosas y los perros que han perdido su naturaleza silvestre o salvaje porque hubo alguien que los llevó a casa. De repente, el autor confesó: “No sé nada de rosas, ni siquiera sus nombres”. Yo, tampoco.

Me precipité al jurar mi ignorancia sobre las rosas. Él mismo me lo confirmó al relatar una escena: “Y el otro día, mientras paseaba por el jardín, hablé con mi jardinero (un oficio que requiere no poco valor) y le pregunté por el nombre de una rosa extraña y oscura que me había llamado la atención. Casi fue como si me recordara algún elemento turbio en la historia y en el alma. El color rojo no sólo era ahumado sino negruzco; había algo congestionado e iracundo en su color; al mismo tiempo hosco y teatral. El jardinero me dijo que se llamaba Victor Hugo”. Detuve la lectura y busqué en internet fotografías de aquella flor. Quería conocerla, pasar de las palabras a la imagen.

En cuanto vi de qué rosa se trataba, me arrastró una ola de nostalgia. La conocía. Ha estado en mi vida desde que tengo memoria.

La rosa Victor Hugo es la rosa de mi madre. Las tiene en su jardín y las cuida con devoción. Al entrar a su casa es lo primero que da la bienvenida. La he visto entristecerse porque las tormentas o el granizo han dañado los rosales. Mi hermano y yo aprendimos a jugar con cuidado cerca de ellos después de varios pinchazos de espinas.

Nunca lo ha dicho, pero quienes hemos vivido con ella, sabemos que prefiere que sus rosas estén en el jardín y no en un florero. Si las corta, significa que quiere compartir la alegría de su cumpleaños o aliviar las lágrimas por nuestros muertos.

Este año descubrí su nombre, pero no vi florecer la rosa Victor Hugo.

 

Kathya Millares
Editora.

 

Un comentario en “Rosa Victor Hugo

  1. Hermosa excursión a la memoria. Y certifico lo que dices. MI abuela paterna, tal vez la autoridad que más veces he citado en mi vida, a veces decía “el excusabaraja”, y todos creíamos que era una invención suya, hasta el día en que leí la comedia “El sí de las niñas”, de Moratín, y allí aparecía el dichoso excusabaraja, que incluso figura en el diccionario y es lo que hoy en día llamaríamos “una cesta para el picnic”.