A quien nos lee,
si quieres apoyar nuestro trabajo te invitamos a suscribirte a la edición impresa.

SUSCRÍBETE

Mi irremediable glotonería me llevó, al final, a la cocina. Es el destino de cualquiera que profese un genuino amor por la comida. Dejé, entonces, de sólo disfrutar de un buen restaurante y di el salto a ese fascinante reto sensorial que implica traducir las recetas de cocina a un humeante platillo. Mi talento no es proporcional a mis fantasías de fogón. Carezco del toque que define a un verdadero cocinero: imaginación culinaria. Pero sí soy capaz de seguir puntualmente una receta, aun si ésta tiene cierto grado de complejidad.

Ilustración: Estelí Meza

A principios de este año, me hice de un recetario que reúne variopintas propuestas de carne roja al horno. Mi entusiasmo no se hizo esperar, considerando dos grandes ventajas del horno: es generoso con ciertos errores de cocina que uno pueda cometer y ofrece al paladar un sabor elegante y sutil.

Durante los siguientes meses, cada fin de semana, me dediqué a un nuevo platillo, mismo que sometí al escrutinio de dos amorosas catadoras: mi esposa y mi hija. El recorrido incluyó un filete de res a la mantequilla de chilmole yucateco; cabrería a la mediterránea; asado de tira con chichilo oaxaqueño; vacío bañado en salsa de chile ancho y un largo etcétera. Faltaba, sin embargo, un plato que, desde que ojeé el recetario, desató mi apetencia de manera inconmensurable: un solomillo de cuatro kilogramos a la sal.

Necesitaba, por supuesto, más comensales. Se lo planteé a tres queridísimos amigos de tragonería probada. Aceptaron entusiastas. Fijamos fecha y, por supuesto, algunas medidas de salud, como pruebas.

Durante la mañana del día del evento me aboqué a preparar en molcajete el adobo de chile chilhuacle; con éste embadurné la carne; luego, la envolví con hoja santa y la sepulté en siete kilogramos de sal de grano. Por último, la metí al horno y me dediqué a calar su temperatura. Al llegar a 60 ºC el centro de la carne, tal como señala la receta, ésta estaba lista para servirse. Hubo algarabía, carca-jadas y un sinfín de historias durante las siguientes doce horas que duró la tertulia. Y, por supuesto, no faltaron aplausos para el cocinero. Pero lo que desconocen mis queridos amigos es que se trató de apenas un ensayo respecto del menú que planeo una vez que haya vacuna.

 

Saúl López Noriega
Profesor titular de la División de Estudios Jurídicos del CIDE.