El ebrio y minino

Iba caminando con mi mamá por avenida Juárez, y llegando a la esquina de Dolores tuvimos que detenernos ante un espectáculo patético e inquietante. Desparramado junto a un puesto, un borracho jugaba con —o quizás torturaba a— un gatito pardo que no podía tener más de tres semanas.

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