A quien nos lee,
si quieres apoyar nuestro trabajo te invitamos a suscribirte a la edición impresa.

SUSCRÍBETE

Iba caminando con mi mamá por avenida Juárez, y llegando a la esquina de Dolores tuvimos que detenernos ante un espectáculo patético e inquietante. Desparramado junto a un puesto, un borracho jugaba con —o quizás torturaba a— un gatito pardo que no podía tener más de tres semanas. El bicho intentaba huir, pero el hombre lo interceptaba, lo levantaba del pellejo y lo jaloneaba, lo agitaba frente a su cara de ebrio alegre; luego lo aventaba y lo dejaba caer sobre su panza y, antes de que pudiera escapar, lo agarraba otra vez y lo estrujaba hasta inmovilizarlo.

Ilustración: Estelí Meza

—Minino, minino… — le decía, sonriendo— Tú eres mi nino, minino, minino…

Mamá los miraba, y yo sabía lo que estaba pensando. Hacía poco había caído víctima de una estafa intentando conseguir un gato a través de un anuncio particular. Ese gatito del anuncio era demasiado perfecto, yo se lo dije. Ahora estaba viendo cómo rescataba a éste.

Va y se le planta enfrente al don.

—Buenas —le dice—, ¿es su gato?

El tipo medio levanta el brazo y apunta hacia un lugar indistinto.

—Shííí… estaba’y debajo del coshe…

Ella le dice algo como:

—Oiga, ¿y lo piensa cuidar? Porque yo busco uno… ¿no me lo vende?

El tipo escucha la propuesta y sonríe; mira a mi madre, y luego al gatito, dudándolo.

—¿Pus cuánto me da?

Mamá saca trescientos pesos de su cartera.

—¿Trescientos? —pregunta el hombre mirando otra vez al gatito, y luego a mi mamá, que le insiste: “Ay, es que se ve bien simpático, lo vamos a cuidar mucho…”.

—Bueno, ándele —dice por fin, tomando los billetes.

Ella lo duda.

—¿Seguro? Si está muy encariñado, no…

—No, tenga pues —dice el hombre, entregándole al animal a regañadientes. Mi madre lo toma, le da las gracias y se aleja. Se sentía mal, sonaba a que el don luego se iba a reventar los trescientos en Tonayán para olvidar al único ser que habría podido ayudarlo a dejar el vicio.

Al irnos, volteamos y vimos al pobre hombre berreando, desconsolado. Tenía la cara roja, embarrada de lágrimas y moco, parecía que se ahogaba en un tormento agónico, espasmódico.

Y mamá nomás no pudo. Se dio la vuelta y le regresó al gato.

—¡Minino! ¡Señora…! No lo tome a mal, no puedo vender a mi amigo…

Ella ya no supo ni qué contestarle, nomás se alejó a toda prisa mientras el tipo zarandeaba al gato en el aire, y le gritaba:

—¡Es que él es mi nino! Minino, minino… ¡Gracias! Es lo único que tengo… ¡Es mi nino!

CDMX, 2020

 

Mateo García Elizondo
Narrador y guionista. Su primera novela es Una cita con la Lady.