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El agua se despeña entre los pinos y forma un Velo de Novia sobre las rocas. A solas frente a la cascada pienso que si esta novia pudiera ver lo que le espera tras la boda —la presa Valle de Bravo, llena de algas y mirreyes, las colosales plantas de bombeo del Sistema Cutzamala, los tinacos, las tarjas llenas de platos sucios y los coágulos de basura en el desagüe—, sospecho que saldría huyendo, despavorida, de vuelta a los cerros de Temascaltepec.

Ilustración: Estelí Meza

Este Velo de Novia se encuentra en Avándaro, suburbio mexiquense de chalets alpinos. Hay al menos otros cuatro Velos en el país, me pregunto si les cambiarán el nombre cuando caiga el heteropatriarcado y se extingan estas burkas festivas de Occidente. Lo visité con cinco seres queridos; uno de ellos es cuadrúpedo, otra usa pañal, dos escriben poesía y otro me acababa de vender, intonso, el curioso libro Galope en el Agua. Poema civil de la irrigación mexicana (México, 1948) del olvidado priista Luciano Kubli.

Afuera del parque vendían chicharrones, gomichelas y suvenires. Al cruzar el río nos administraron gel desinfectante a cambio de una propina. Teníamos que usar tapabocas para entrar al bosque. Después de seis meses confinado en un departamento capitalino con vista a un tanque de gas, un muro y una azotea, mis ojos anémicos de paisaje se agasajaron con el banquete de ese paseo. Me dieron ganas de abrazar los pinos y acariciar los helechos.

El parque estaba repleto, pero una vez que superamos la primera desviación hacia el Velo, el sendero se despejó de bebedores de gomichela. Creímos reconocer bajo un arbusto un hongo alucinógeno que resultó ser un pañal deteriorado. Llegamos al pie de la cascada, un pedregal mojado que podría llamarse, forzando la metáfora nupcial, “Escote de novia”. La multitud se tomaba selfis. Me hubiera gustado distraerlos con unos versos de Kubli sobre la irrigación mexicana: “¡Ingenieros, poetas actuales de mi patria, / haced vuestra canción con dinamita!”, pero me quedé en silencio, hipnotizado por la fuerza del agua que luego de caer hecha pedazos se volvía a congregar y hacer un río. Se disolvió mi angustia acumulada, y recordé la cifra de que mi cuerpo es un 70 % de agua. Agua que seguirá cuando me vaya.

De vuelta en la ciudad, lo primero que hice fue lavarme las manos. Cuando abrí la llave, pude escuchar la voz de la cascada.

 

Jorge Comensal
Escritor. Es autor de: Yonquis de las letras y Las mutaciones.