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Este año nos hemos confrontado con una pregunta imposible: ¿cómo vivir nuestras vidas individuales cuando las fuerzas inconmensurables de la historia irrumpen en nuestro presente privado? El mundo no se está acabando, al menos no todavía, pero la sensación de apocalipsis —ese permanente estado de pánico que nos susurra en el oído— se ha vuelto casi inescapable.

Ilustración: Estelí Meza

Es por esto que la relectura de Guerra y paz ha resultado un bálsamo para las heridas psíquicas de este annus horribilis: una ventana de escape que es también un antídoto para la desesperación. En un nivel superficial se trata de un distractor inmejorable: la novela de Tolstói está tan llena de batallas, intrigas, amores y desamores como la serie más taquillera de Netflix. La enorme variedad de escenarios que Tolstói aborda hace posible que sea sentarse con su libro por horas sin jamás aburrirse: apenas y uno empieza a cansarse de las conjuras masónicas de Pierre Bezukhov, Tolstói cambia de velocidad para llevarnos al frente de batalla donde Nikolai Rostov se bate contra Napoleón, o a la capilla donde Marya Bolkonsky busca refugio de la furia de su padre en la piedad de los peregrinos ortodoxos.

En un nivel más profundo, sin embargo, Tolstói nos regala algo aún más valioso que el mero escapismo. El lienzo en el que pinta es tan vasto, tan rico en humanidad, que uno no puede leerlo sin reparar en una paradoja maravillosa: los personajes de Guerra y paz son a la vez importantísimos e insignificantes, pues los hados de la historia y el destino exceden siempre a sus decisiones y a sus deseos. Esta insignificancia, sin embargo, no los priva de dignidad ni de importancia: el amor de Natasha por Andrei es invaluable y llena su vida de sentido, incluso si el resultado de la guerra de 1812 no depende en modo alguno de su triunfo o su derrota —e incluso, también, si el resultado de la guerra sí condiciona el destino de su amor.

Así con nosotros en este año lleno de historia. Las cosas se desmoronan, el centro no se sostiene, el halcón desoye al halconero —y sin embargo la vida sigue, llena de alegrías pequeñas y no tan pequeñas, sin perder un ápice de su valor. Tal es el escape que he encontrado en Tolstói: un recordatorio de que mi incapacidad de cambiar las circunstancias que me rodean no empequeñece la fuerza redentora de las relaciones personales —ni tampoco el consuelo de la literatura.

 

Nicolás Medina Mora Pérez
Ensayista y editor.

 

4 comentarios en “Regresar a Tolstói

  1. El mundo no no está por terminar, no he tenido miedo ni pánico frente al azote invisible de la humanidad; encerrados en nuestras cuevas tenemos el recurso a la lectura, a la reflexión, a la música, a la conversación telefónica con familiares y amigos. Todo esto no es poca cosa, cierto hay un antes y un después: no se pueden ignorar la enfermedad y la muerte de miles de personas, ni la infancia rota de millones de niños: las escuelas cerradas y los parques -crecí al aire libre. De momento es difícil volar lo que ha llegado a desquiciarme por no poder abrazar a mis nietos y ver sus progresos. Temo el momento en que se levante el telón y veamos el paisaje después de la batalla. Esta gran crisis no me ha dejado con las manos vacias, tal vez soy un poco mejor, más sensible. Los libros son cosa buena.