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Las horas de lectura en el sillón rojo me han llevado a reconocer la melodía de una cotidianidad calcada. Empecé por distinguir los tipos de aves con los que comparto el barrio.

Ilustración: Estelí Meza

Una especie de grito, siempre al mediodía, me obsesionó durante semanas. Fantaseé con una cabra de barba blanca atrapada en el patio de una vieja vecindad. Era un perico a dos calles de distancia y con ganas de comer. Reconocí la primavera que se fue en mayo. La tortolita que en ocasiones canta, pero sobre todo camina por los andamios dejando el eco de uñas que arañan la puerta. Son más las veces que la oigo estrellarse contra las ventanas. La comparo con el colibrí, que no cantará, pero al menos distingue entre vías abiertas y cerradas.

A las aves las silencian los helicópteros que despegan y aterrizan con gran pompa en un edificio de gobierno que dibuja el horizonte hacia el oeste. De ahí viene el aire que azota las cortinas contra la albahaca cuyas varas, cada vez más escuetas, rechinan mientras despiden el olor que me disuade de cerrar la ventana.

Después de que M. recordara los sonidos de su infancia, el taladro de una avenida que lleva meses en reparación se volvió el pájaro carpintero de nuestras bromas y de mis distracciones. Yo pensé en los canarios de mi casa de infancia.

En un día con suerte, a estos sonidos los interrumpen risas. Así supe que había una nueva integrante en las rutinas del piso de abajo. A veces el otro vecino nos dedica un chiflido largo desde su terraza; con él anuncia que tiene comida para compartir. Son los días en que las risas de M. se sobreponen al golpeteo del metal que está flojo en la escalera.

Deduje que la bomba de agua se descompuso porque suena cuando nadie ha abierto las llaves. Intento descubrir cuántos segundos pasan antes de que se vuelva a encender; parece no haber un patrón. Entonces pienso que el oído se me ha aguzado demasiado. Lo aprovecho: es hora de rastrear el chirrido que aparece en las noches cuando todo lo demás ha cedido su lugar al silencio.

Al fin doy con el nido de grillos. Está atrás de las cajas que prometimos arreglar este año. Sigue sin haber metáfora.

 

Ana Sofía Rodríguez Everaert
Historiadora. Editora de nexos en línea.